Nacional

El Coronavirus y su crisis

Quirino Velazquez

Toda mi vida la he pasado y pensado en las crisis. Pertenezco a una generación de mexicanos que hemos vivo en recurrentes crisis: la 1968, 1971, 1976, 1982, 1995, 2001, 2008 y 2016 (a lo mejor se me escapa alguna). Eso nos ha formado y nos ha forzado.

Y, sin embargo, muy poco sabemos del tratamiento de la información de las crisis. Quizá, por eso, los jóvenes de hoy no nos creen que antes vivimos años en los que nuestra economía decreció al -6% (menos seis por cientos), con inflación del 160% (ciento sesenta por ciento), lo cual es pavoroso y, por eso, les asusta mucho que podamos tener un crecimiento cero, con inflación del 4%. Que creen que el dólar a 25 pesos es un récord histórico, aunque, en 1982, estuvo a $70 (setenta) peso por dólar y, en 1993, … a $3,000 (tres mil) pesos por dólar.

Así es que mi generación sigue preguntándose sobre las crisis. A mí, una de las dudas que me han acosado en los días recientes, aunque no es un acoso de nuevo cuño, es la siguiente: ¿por qué una crisis de naturaleza diversa se convierte en una crisis de gobierno? Hasta hoy, no hay respuestas en las bibliotecas y no hay respuestas en palacio nacional. No obstante, puede haber una somera explicación:

Nadie con un poco de seriedad, puede darse licencia para regocijarse con la difícil circunstancia por la que transita el país. Sin embargo, lamentablemente muchos (neoliberales, derecha reaccionaria, fifís, etc.) dejan ver su bajeza y se relamen los bigotes por cómo la está pasando el gobierno (no la gente) por la crisis (sanitaria y económica) provocada por el coronavirus.

En efecto, se ha visto, como consecuencia de esta crisis, de manera clara y contundente un proyecto derechista protagonizado por una amalgama de personajes directamente entroncados por los lazos de privilegios políticos que recoge y transfigura el viejo proyecto político derechista del prian, que en este marco de la pandemia, atizan el odio y la desconfianza entre la ciudadanía, porque, según ellos es rentable para la oposición de la llamada 4ta transformación.

No se trata de que no puedan existir diferencias de visiones, recelos e incluso motivos de contrariedad entre políticos por la crisis económica y de salud que vivimos. Pero es obvio que lo deseable es que, los políticos, de un lado y de otro, ante un enemigo común (el Covid-19) al pueblo se le recubra, y se ponga en pausa sus rencillas cotidianas y marchen juntos a la guerra contra ese terrible enemigo común y establezcan mecanismos con los cuales puedan dirimirse las diferencias dentro de un marco y un estilo de convivencia constructiva, y colocar los problemas en un plano de racionalidad y veracidad informativa.

Cosa que hasta hoy eso no está sucediendo México frente a la tragedia sanitaria y económica que ha desencadenado el Covid-19. Lejos de fortalecerse el acuerdo político, la crisis ha provocado una aceleración del acostumbrado canibalismo en la esfera política y en las redes sociales.

Lo que hacen muchos de esa derecha reaccionario es exactamente eso: expulsar toda racionalidad, toda información veraz, y atizar el odio irracional entre el pueblo, con la insensata esperanza de capitalizar ese odio para su propio reforzamiento electoral, aun a costa del deterioro de la harmonía y de la propia guerra contra la pandemia.

Así es, parece que todo lo que hace o deje de hacer el gobierno del AMLO está mal, a los ojos de esa derecha reaccionaria. Si no lo hace, porque se está tardando?, y si lo hace está mal hecho. No hay explicación técnica que valga, así venga de un experto calificado. Para esa derecha neoliberal, la tragedia que se avecina ya tiene nombre y apellido (AMLO-Morena). Es tal la animadversión, que se advierte el festín embozado de todos aquellos que fueron desplazados de sus privilegios y que celebran, por anticipado el cumplimiento, por fin, de la negra profecía que habían adelantado con respecto al presidente.

Por otra parte, los pintorescos rasgos de AMLO, su rijosidad incomprensible, sus fatigosas mañaneras y su actitud frente a la crisis tampoco es que esté ayudando mucho a calmar los ánimos. Frente a la pandemia y lo que se viene con ella, él ha tratado de aferrarse a sus bitácoras de toda la vida: la noción de que la prioridad son los pobres y la confianza ilimitada en las virtudes del pueblo mexicano. Bitácoras que sin duda servirán para que las calamidades por venir no se engruesen en los más desprotegidos, como siempre ha sido el caso. Pero a muchos les parece que es un horizonte de visibilidad que se queda corto frente al momento inédito que vivimos y los complejos efectos que la crisis provocará a lo largo y ancho de la sociedad y la economía del país.

Así, estamos ante una guerra que parece imposible de ganar porque no se identifica bien al enemigo, porque no hay parque suficiente y porque se atacan los que deben ser aliados. Es imposible de ganar cuando los mariscales de campo están distraídos, cuando nadie sabe a ciencia cierta cómo evoluciona la batalla ni cuántas armas hay. Y menos aun cuando el general que la dirige está reconcentrado en la búsqueda del camino que lo eternizará; y cuando los que debería solidarizarse y apoyar celebra el caos como una oportunidad para minar a quien se opuso a sus privilegios.

Y para colmo de esta grotesca guerra, en lugar de proteger al cuerpo médico de manera prioritaria y ofrecer a cada uno de ellos los mejores medios y las más completas garantías para que desplieguen sus habilidades con seguridad, se les escatima los suministros más elementales, se les oculta información y se los somete al riesgo de contagio en los mismos hospitales donde actúan. Y encima, hay gente estúpida (por no decir hija de la chingada) que los agrede por la calle, los discrimina y les arroja cloro con desprecio.

Sin duda, el coronavirus nos tiene en crisis: “Situación grave y decisiva que pone en peligro el desarrollo de un asunto o un proceso”.

Espejito, espejito…

Alfonso García Sevilla

Bien dicen que las crisis sacan lo mejor o lo peor de los individuos, nos desnudan y exhiben nuestra realidad, el ser individual que suma a una colectividad y define una marca, una esencia, una identidad.

Esta crisis del coronavirus ha mostrado una sociedad mexicana apática, abúlica, valemadrista y poco confiada de la ciencia y de sus autoridades, privilegiando las múltiples teorías conspiratorias por encima de la realidad que ha puesto de rodillas a países de primer mundo en Europa, así como a los Estados Unidos, “nos quieren engañar con algo que no existe y que es un invento de…. Para romper la economía de lo países y endeudar a México”, entre muchos de los “argumentos” que analistas de redes sociales que no cuenta con ningún tipo de preparación académica o profesional en el tema, sostienen como una verdad absoluta.

Esto se ve reflejado en el estudio de movilidad de Google, México está en el sótano en cuanto a la reducción de la movilidad en espacios públicos, ya que, en promedio, los mexicanos redujeron 35.4% sus movimientos en espacios públicos como centros comerciales, restaurantes, cines, tiendas, farmacias, parques, playas, transporte y lugares de trabajo; mientras que solamente aumentó un 11% la estadía en los hogares.

Asimismo, el inicio de semana santa sigue poniendo las vacaciones y los viajes por encima del encierro en aras de mantener la salud. Impresionante la cantidad de viajeros que pretenden alcanzar los destinos turísticos ante la necesidad de quedarse en casa y evitar un contagio masivo que desencadene una crisis nunca vista en el sistema de salud mexicano, que, dicho sea de paso, no está en condiciones de hacerle frente.

Ante este escenario, solo queda que el pensamiento mágico que privilegia el mexicano, de rezos y encomiendas, nos pueda evitar un trance mayor, de enfermos, muertos y, sobre todo, una crisis social de repercusiones más allá de las manos de las autoridades de cualquier ámbito.

Ante ello, resulta preocupante, pero no extraño, que el jefe del ejecutivo federal, ante la tormenta que cruzamos, mantenga el discurso político intacto, y que no vire acorde a la realidad que enfrentamos. No cabe duda que la necedad y las credos de la sociedad, están bien reflejadas en el mandatario federal, solo nos queda esperar las consecuencias en el corto plazo y el juicio histórico que como país enfrentaremos por nuestras omisiones y creencias, por encima de la ciencia y el sentido común.

Nos salvamos juntos o nos hundimos por separado

Esta colaboración parte de una definición: si no nos aislamos, drásticamente, no controlaremos la pandemia, la muerte. Es más: la habremos prolongado estúpidamente.

Hoy estamos amenazados, por la ruleta rusa, del contagio masivo del Covid-19 (70% pasará por ese juego macabro: ¿seré asintomático, leve o grave?) todos padeceremos después los efectos inevitables de la pandemia que golpeará con crueldad a los más débiles y a los más pobres. Una brutal selección darwinista está recorriendo a la humanidad: están muriendo los más viejos, los hipertensos, los diabéticos, los portadores de VIH, los que tienen padecimientos renales y sobrevivirán los más fuertes, los más jóvenes, los más sanos. Cuando la convulsión haya concluido se sobrepondrán a la devastación económica quienes tengan casa, quienes tengan dinero, capital cultural, trabajo seguro y redes de protección y seguramente sucumbirán, como siempre, los que no tengan nada más que la vida. La desigualdad social se volverá todavía más profunda.

Parece que los gobiernos siguen sin admitir que los problemas económicos y sociales que se nos vienen encima rebasarán con creces los planes que se había hecho y que no servirán las piscachas que va repartiendo: no alcanzarán por la combinación entre recesión, devaluación e inflación; porque el dinero valdrá menos, los programas públicos no podrán sufragarse y la informalidad aumentará tanto como las necesidades de ingreso. El confinamiento obligado por el coronavirus ya está castigando a quienes viven al día y sobreviven de lo que puedan sacar de la calle y, por esa razón, no podrán resistir cinco semanas (caso de Jalisco) en casas que no tienen o donde conviven hacinados y en condiciones insoportables.

Tenemos que actuar ya, porque decenas de miles de personas se están quedando sin ingresos, sin forma de obtenerlos y sin esperanza de salir adelante; no tienen cómo cuidarse ni cómo proteger a los suyos. ¿Qué estamos esperando para formar centros de acopio y construir cadenas de apoyo? Es ridículo suponer que los programas sociales (federales, estatales y municipales) podrán suplir las carencias que se acumularán hora tras hora y es despiadado sugerir que los pobres deben seguir trabajando, inmunes al virus.

Pero será la realidad, no la previsión ni el talento de los gobiernos, la fuerza que produzca un plan. Necesidad, no virtud, que obligará a presentar (ante los ojos de todos, adentro y afuera) un programa excepcional para escapar de la recesión, la más profunda que los mexicanos hayamos conocido.

No se necesita ser profeta para reconocer los eventos que vendrán (y ya están aquí): bajan fuertemente las ventas, no hay nuevos pedidos, despidos todos los días, capitales moviéndose hacia EU (hacia lo seguro), inversiones en caída, desplome de la recaudación y del precio del petróleo, devaluación sin control, en medio de pilas de muertos, anomia (estado de desorganización social o aislamiento del individuo como consecuencia de la falta o la incongruencia de las normas sociales) y suspensión obligada de la actividad diaria de millones. Y esto lo vivirá, lamentable y simultáneamente, casi todo el mundo.

En las últimas dos semanas la situación económica mundial cambió de forma drástica y para mal. Todos los países del mundo están resintiendo las repercusiones del coronavirus. Es demasiado temprano para dar números, pero es una certeza que habrá una recesión mundial, más profunda que la observada en 2008-2009. Lo mismo ocurrirá en México. Debemos prepararnos para una recesión severa y de duración incierta.

Cabe recordar que a medio fuego cruzado de la II Guerra Mundial, un economista publicó un informe que definiría el nuevo Estado de bienestar británico y, por extensión, occidental. A William Beveridge, miembro del Partido Liberal, le encargaron el informe tres años antes de que se apagasen los cañones de guerra anticipando lo que se venía sobre las sociedades de los países en contienda. De la misma manera, hoy, cientos de economistas claman por medidas urgentes, profundas, de protección a la ciudadanía ante el shock que nos ha traído la pandemia.

El centro de gravedad del debate ideológico se va a mover (¡se está moviendo ya!) hacia las posiciones que favorezcan la protección de los más vulnerables. No será algo temporal, acotado a la duración de la epidemia. Se trata de un cambio estructural, porque sus causas también lo son. El nuevo coronavirus ha hecho evidente que cualquier golpe inesperado sobre la actividad económica somete a millones de hogares a un coste humano inaceptable. Y deja en evidencia la debilidad de la llamada macroeconomía. Pero bueno eso es tema de otra colaboración.  

Por lo pronto, si queremos sobrevivir como sociedad y no solo como individuos aislados, debemos sobreponernos a nuestros temores y tejer de inmediato las redes de salvaguarda y de respaldo social necesarias para contrapesar los efectos brutales de esta tragedia entre los más pobres y los más débiles.

Sin duda, en esta aguda crisis aplica la famosa frase del escritor, guionista y fotógrafo mexicano Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, conocido como Juan Rulfo: “NOS SALVAMOS JUNTOS O NOS HUNDIMOS POR SEPARADOS”.

Hermanos de Cristo

Alfonso García Sevilla

Una de las obligaciones que la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos le otorga al presidente de la república es la de preservar la seguridad nacional en términos de la ley, así pues, La Seguridad Nacional tiene como objetivo la conservación, la estabilidad y la continuidad de cualquier sociedad, así como la protección a la vida y bienestar de sus ciudadanos. Cada día surgen nuevos riesgos y amenazas que afectan a la Seguridad Nacional, algunos procedentes de la naturaleza y muchos otros de la mente humana. Aunque se suelen mencionar riesgos y amenazas como el terrorismo, los ciberataques o el crimen organizado, y el que actualmente enfrentamos: el coronavirus.

México actualmente padece una crisis en materia de seguridad, cuya amenaza primordial es la delincuencia organizada, siendo los cárteles del narcotráfico, los más poderosos y cuya fortaleza día a día, lejos de ser un blanco de combate de nuestras autoridades, se les percibe como un imperio bien cimentado, sin la capacidad del Estado mexicano de debilitarlo, o quizás sin la más mínima intención de hacerlo.

Este cáncer genera ganancias anuales, según estimaciones de expertos, del nivel de los 600 mil millones de dólares, derivadas, además del narco, por el tráfico y trata de personas, huachicoleo, secuestro, cobro de plaza, entre otros y que cobra la vida de miles de mexicanos al año, tanto en la disputa por los mercados, como por los daños colaterales y a las víctimas de estos ilícitos.

Un estadista que se ocupa de los mandatos de la soberanía actúa en consecuencia del problema. La delincuencia organizada debe ser vista como lo que es: un enemigo a la seguridad nacional.

¿Puede el estado mexicano hacer cualquier gestión para que “por razones humanitarias” ayudar a la madre del “Chapo” Guzmán a tramitar una visa y que lo pueda visitar en Estados Unidos, donde se encuentra preso?

¿Tendrán derecho a ellas a sabiendas de cuántas vidas ha cobrado el “negocio” de su vástago? ¿No resulta increíble el video donde el jefe del ejecutivo nacional, de manera muy casual, como si realmente fuera cualquier ciudadano, saluda a la madre del “Chapo”? en un entorno de criminales y la comitiva presidencial.

A un año de gestión de la 4T, no se perciben acciones contundentes en materia de seguridad que permitan tener la certeza de que podemos revertirlo y minimizarlo, por lo pronto, 2019 y 2020 ya son años perdidos contra la delincuencia, sin una política pública de largo plazo que permee en este sexenio.

¿Quiere ser un ilustre mexicano?

Quirino Velazquéz

El presidente Andrés Manuel López Obrador insiste en que su triunfo en la elección de 2018 fue una ruptura con el pasado y que estamos en una nueva etapa en la historia de México. La primera señal de esa nueva época, dice, es el liderazgo político diferente que él encarna.

Fue el cambio verdadero: los nuevos tiempos de la justicia y del progreso para todos, “por el bien de todos primero los pobres”. ¿Cómo culpar a quien votó ante tal promesa? La narrativa era poderosa por simple: el país ha sido capturado por una élite rapaz que debe ser sometida por un hombre que represente un cambio radical y sin tibiezas: que recupere el gobierno para la gente. El problema a radicado en hacer de los símbolos de esa narrativa electoral políticas de gobierno.

El presidente AMLO llegó al cargo con la promesa principal de generar una transformación histórica comparable a la gesta de la Independencia (el movimiento armado para liberarse de los 300 años de dominio español y que tuvo lugar de 1810 a 1821), a la de la Reforma (la guerra entre liberales y conservadores de 1858 a 1861. Tras este conflicto surgieron las «Leyes de Reforma», entre las que destaca la separación de la Iglesia y el Estado. Benito Juárez, el personaje que más admira López Obrador, fue el protagonista central de este momento) y a la de la Revolución (conflicto armado contra el régimen de Porfirio Díaz entre 1910 y 1917. Al final de la Revolución se promulgó la Constitución que rige actualmente en México). Le puso nombre a la proeza: la Cuarta Transformación de la República. La cuarta, dijo, porque tenía que ser genuinamente heroica para llevar a su líder a las mismas páginas donde se escriben los nombres de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Josefa Ortiz de Domínguez, José María Morelos, Vicente Guerrero, Agustín de Iturbide; Benito Juárez, Mariano Escobedo, Juan Álvarez, Miguel Lerdo de Tejada, Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Ignacio Zaragoza; Francisco I. Madero, Emiliano Zapata, Francisco Villa, Venustiano Carranza, Felipe Ángeles y José María Pino Suárez, Enrique, Ricardo y Jesús Flores Magón (por mencionar algunos).

Sin embargo, se sabe que ninguno de los ilustres mexicanos, que mencioné, eligió sus circunstancias ni diseñó los escenarios donde actuaron: Ninguno de ellos se propuso ser ícono de la historia nacional, sino que lo fueron por la firmeza de sus convicciones y por las decisiones que fueron tomando sobre la marcha. La historia no es nunca el producto de una sola voluntad sino una combinación fortuita de situaciones y personas: nadie elige el tiempo en que ha de vivir ni tampoco los retos que ha de enfrentar.

Por eso, la diferencia entre el personaje heroico y el personaje intrascendente es el sentido de oportunidad y la reacción inequívoca ante los retos que deben enfrentarse. Los grandes constructores de la historia fueron, primero, grandes lectores de su entorno: entendieron los momentos que vivían y se adaptaron a ellos. Nunca quisieron someter la realidad a golpe de palabras sino afrontarla con hechos, inteligencia y decisión.

Así, a la Cuarta Trasformación le llegó el tiempo de enfrentar la realidad. La crisis que se avecina, producto de la pandemia global del coronavirus y de la caída de los precios del petróleo, hace inviable la aventura histórica del presidente López Obrador.

Por nuestra parte, tenemos que cobrar conciencia de que, al volver de la pandemia del ya mundialmente famoso Covid-19 ya no seremos los mismos. Ni la situación que viviremos será igual. Se observan razones para hacer esta aseveración: la economía estará en crisis. No sólo habrá dejado de crecer, sino que se habrá producido una devaluación y, muy probablemente, habrá una secuela inflacionaria. Dicen los que saben de economía que este escenario ya es inevitable. Como resultado de esa crisis habrá menos recurso$ para invertir y redistribuir: se habrán perdido empleos y habrá que remontar un nuevo período de pobreza para quienes tienen menos y una mayor desigualdad social. Ninguno de esos efectos podrá mitigarse por completo regalando dinero del erario público, no sólo porque el presupuesto tendrá que ser ajustado, sino porque esa nueva tendencia de pobreza y desigualdad vendrá de la caída del empleo, de la pérdida del poder adquisitivo, del cierre de empresas y el desplome del consumo.

Lo anterior no son profecías apocalípticas: describo los hechos que, aunque no quisiéramos, vamos a tener que afrontar al volver del aislamiento obligado por el fatal coronavirus. Además, es de imaginar que dadas esas circunstancias tendremos que lidiar con la combinación de la desesperanza y la desesperación (esas gemelas abandonadas por la misma madre) que, como ya estamos empezando a ver, alimentarán el resentimiento social, los reclamos iracundos y las muchas violencias que, ya de suyo, nos han venido agobiando desde hace muchos años a causa de la conocida guerra fallida de Felipe Calderón. Y el gobierno de la Cuarta Trasformación no podrá hacer frente a esos desafíos repitiendo lo mismo que ha venido haciendo, porque los enemigos han cambiado y esta vez son globales y muy poderosos.

Ahora sí, señor presidente Andrés Manuel López Obrador, es hora de sacar la casta. Usted no está sólo cuenta con el apoyo de una formidable cantidad de intelectuales y cuadros técnicos de primer nivel, con el aparato de su partido Morena (una agrupación heterogénea de líderes propios y dirigentes reciclados de la ex partidocracia gobernante) y, sobre todo, de una ciudadanía esperanzada. Nunca fue más cierto que “por el bien de todos, primero los pobres”. Pero nunca fue más importante reaccionar con flexibilidad ante los hechos que nos desafían y no confundir el coraje con la ira, ni la prudencia con la cobardía, ni la tenacidad con la necedad. ¿QUIERE SER UN ILUSTRE MEXICANO? Pues ahí tiene la oportunidad: es ahora cuando necesitamos que la Cuarta Trasformación se haga realidad.

Aves de Tempestad

Alfonso García Sevilla

Una definición básica de la política la podemos entender cómo ponerse de acuerdo los habitantes de una comunidad para tomar las mejores decisiones que incidan en su beneficio. Cada tres años nos encontramos a personas que nos dan a conocer sus propuestas para mejorar nuestro entorno y que son la mejor opción para tomar las riendas del municipio, estado y país, aunque la experiencia nos dice que, a la fecha, los que han tenido esa responsabilidad nos han fallado sistemáticamente.

Hoy, a unos días de iniciar con las medidas necesarias para establecer cercos a la pandemia mundial del coronavirus, que tantas afectaciones ha dejado en varios países del mundo, algunos actores quieren sacar raja política y ventaja en tiempos donde es necesaria la unidad, la prudencia y acatar las medidas decretadas por las autoridades.

Primeramente, la senadora emecista Verónica Delgadillo, a quien le urge un asesor en materia de comunicación política, circula en sus redes un cuadro comparativo entre las medidas tomadas por el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro y las del gobierno federal, con el fin de ganar simpatías más allá de sus boots en redes, efecto que en consecuencia fue desastroso para ella, al cuestionarle que lejos de atacar, se ponga a trabajar. No es la primera vez que la senadora naranja tiene desatinos en sus mensajes, es bien reconocida por ello.

Segundo caso, el presidente López Obrador, insiste que la crisis por el coronavirus, no lo es, incita a la gente a no tomar medidas y en un abierto reto a la inteligencia del ciudadano, declara que en solidaridad al pueblo ha decidido la baja de la gasolina. En el mismo sentido debería decir que también él hizo bajar los precios del petróleo o que gracias a él, el dólar rebasa hoy los 25 pesos.

Ricardo Anaya al aprovechar la polarización que genera AMLO en su comunicación, sale en un video en redes sociales, a pedir la unidad nacional y a dejar en claro que sale de las sombras después de su estrepitosa derrota electoral de 2018. Sin ser especialista en temas de salud, poco o nada ayuda a la crisis ante la pandemia que vivimos y las mismas redes se lo han echado en cara.

Y así otros ocurrentes, como el diputado panista de Guanajuato que salió a regalar gel antibacterial con su nombre y logo de su partido, que no entienden que ante realidades como las que estamos viviendo, mucho ayuda el que bien informa y además, no estorba.

Politólogo, profesor universitario y miembro del Claustro Académico del ITEI

Privilegiados, Necesitados y los irresponsables.

Sino nos mata el virus, nos mata el hambre o la indiferencia.

Fabiola Serratos


A casi dos semanas que iniciará esta pandemia, muchas han sido las noticias y las alarmas, gobernantes oportunistas que disfrazan sus intereses con precauciones y falsa voluntad, hasta un presidente del que a veces cuestionamos su cordura.

Pero los de abajo, los que estamos en la parte más vulnerable del país, quienes hemos sido bombardeados con noticias falsas, restricciones, etc. Somos quienes realmente han vivido una crisis e incertidumbre bastante severa.

Las redes sociales nos han dejado en evidencia tres grupos de personas que surgieron en estos días.

Los privilegiados.
Los que tiene oportunidad de hacer cuarentena, resguardarse y hasta dirigir campañas de cuidado “quédate en tu casa”

La clase media baja.
Entre comerciantes y obreros, son quienes con temor o incertidumbre continúan sus actividades rutinarias pues de ellas dependen el día a día y el sustento que puedan ofrecerles a sus familias, para ellos aun no existe el quédate en tu casa y es más alarmante la idea de no poder alimentar a sus familias que contraer un virus. “Sino me mata el virus me mata el hambre”

Los irresponsables.
Ante una pandemia mundial, muchos podemos hacer crítica y reflexión en cualquiera de sus ámbitos, lo que si no es válido es ignorarlo, evidenciar nuestra mediocridad e indiferencia en actos que ante tan contra la salud no sólo de ello sino de los millones que somos en este país.

Pareciera una burla que mientras madres solteras, padres de familias e incluso personas de la de la tercera edad tienen que dejar su resguardo para alimentar a sus familias, un sector de la población aún asiste a bares, fiestas, convivencias o peor aún, han visto la cuarentena como un periodo de vacaciones en el cual no han tenido ni la más mínima precaución.

Quizá de entre todo lo que podemos analizar es el desabasto que tenemos en el sector salud y qué si es verdad o no una pandemia. Lo cierto es que nuestro sistema de salud no podría con algo así.

Tenemos en nuestras manos la responsabilidad más grande y no la hemos comprendido porque no sabemos ser responsables de nosotros mismos. Siempre en espera de ser obligados a tomar desiciones y siempre culpando a otros de lo que no tenemos iniciativa ni deseos de solucionar desde nuestra persona.

Así como surgen manos voluntarias y buenas acciones, las crisis también dejan salir lo peor de las personas y esperamos que al paso de las semanas logremos ver más conciencia y menos indiferencia.

Coronavirus (COVID-19)

“Los estados son demasiado chicos para afrontar los grandes problemas de la humanidad y demasiado grandes para resolver los problemas de cada individuo” -Daniel Bell-

Quirino Velázquez

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha informado que los coronavirus son una extensa familia de virus que pueden causar enfermedades tanto en animales como en humanos. En los humanos, se sabe que varios coronavirus causan infecciones respiratorias que pueden ir desde el resfriado común hasta enfermedades más graves como el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) y el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS).

También, ha expresado que la COVID-19 es la enfermedad infecciosa causada por el coronavirus que se ha descubierto más recientemente. Tanto el nuevo virus como la enfermedad eran desconocidos antes de que estallara el brote en Wuhan (China) en diciembre del año pasado (2019).

Además, ha comunicado que los síntomas más comunes de la COVID-19 son fiebre, cansancio y tos seca. Algunos pacientes pueden presentar dolores, congestión nasal, dolor de garganta o diarrea. Y que estos síntomas suelen ser leves y aparecen de forma gradual.

Asimismo, la OMS dice que algunas personas se infectan, pero no desarrollan ningún síntoma y no se encuentran mal. Que la mayoría de las personas (alrededor del 80%) se recupera de la enfermedad sin necesidad de realizar ningún tratamiento especial. Que alrededor de 1 de cada 6 personas que contraen la COVID-19 desarrolla una enfermedad grave y tiene dificultad para respirar. Que las personas mayores y las que padecen afecciones médicas subyacentes, como hipertensión arterial, problemas cardiacos o diabetes, tienen más probabilidades de desarrollar una enfermedad grave. Que en torno al 2% de las personas que han contraído la enfermedad han muerto. Y recomienda que las personas que tengan fiebre, tos y dificultad para respirar deben buscar atención médica.

También, en días pasados la OMS declaró a la COVID-19 como una pandemia (enfermedad contagiosa que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región). A decir de la misma OMS, se trata de la primera pandemia causada por un coronavirus.

La anterior información otorgada por la OMS nos lleva a revelar que estamos viviendo tiempos muy amenazadores. Nadie había imaginado que el nuevo siglo irrumpiría montado en un caballo del apocalipsis. Nos habíamos prometido lo contrario: un siglo en el que la comunicación global y la evolución de la tecnología nos permitiría cumplir los objetivos de desarrollo sostenible, soñando con un año 2030 mucho más igualitario, más justo, más limpio, más pacífico. Un mundo sin guerras, sin hambre, sin ignorancia, sin discriminación, sin desigualdad, sin violencia. Uno en el que todos los excesos, los abusos y los despropósitos del siglo XX quedarían definitivamente eliminados.

Sin embargo, estamos asimilando la fuerza de la comunicación global por el ya famosísimo coronavirus COVID-19: nunca habíamos estado tan cerca como ahora, ni más informados de lo que sucede en cada rincón del mundo, ni más conscientes de nuestra vulnerabilidad común. China ya no queda lejos, pues nos anuncia su presencia con el virus que nos amenaza a todos; Europa está a la vuelta de la esquina; los Estados Unidos vuelven a quedarnos demasiado cerca y todos vamos devorando los mensajes que nos envían de todas partes.

No creo que se haya renunciado a los ideales ni que se hayan roto las promesas formuladas. Sin embargo, estamos reconociendo nuestros límites de una forma completamente inesperada: ya habíamos entendido, aun a duras penas, el peligro que entraña la destrucción sistemática del medio ambiente y la amenaza que eso significa para el presente de la humanidad. Pero no habíamos imaginado que la mutación viral sería mucho más potente que nuestra capacidad para enfrentarla, hasta el punto de poner en jaque a todo el mundo. El contagio ha revelado nuestra cercanía, pero también ha mostrado nuestras debilidades: Una buena pregunta ¿De qué servirán ahora los misiles y las armas acumuladas durante décadas por los países más violentos?

La crisis que está viviendo el mundo nos revela que el sistema económico mundial tampoco está preparado para derrotar a este enemigo compartido. De hecho, los contagios son más peligrosos porque la economía de la salud no está diseñada para cuidar a todos y en consecuencia puede desbordarse en cualquier momento: no se teme tanto a la COVID-19 cuanto a la presión masiva sobre el sistema de salud. Y, por otra parte, el indefectible egoísmo del sistema financiero puede acarrear muchas más tragedias por la caída de la producción, de las inversiones y de las expectativas de negocio. La desesperación fiscal y financiera que ya asoma tras la enfermedad viral no sólo nos anuncia otra faceta de este mismo drama, sino que nos confirma que nadie estará completamente a salvo.

En efecto, las consecuencias económicas serán muy duras y significativas. La pandemia ha paralizado amplios sectores de la economía mundial, se reducirá el comercio y el tránsito de personas dentro y fuera de cada país. Recursos valiosos de cada hogar tendrán que ser redirigidos a precauciones o atención médica. El mundo será más pobre al final del año. La distribución relativa de los costos sociales será tan desigual o quizás más que las ganancias en tiempos del neoliberalismo.

Incluso, si este nuevo virus desapareciera de nuestro país en este mismo momento, el impacto económico sería evidente. Así lo sugieren la caída en los precios del petróleo, el alza del tipo de cambio del dólar y los indicadores bursátiles que están gravemente a la baja. Una pandemia pone a todo gobierno frente a un dilema trágico: ¿cuántas vidas deben estar en riesgo antes de parar una economía? ¿Qué vidas deben procurar salvarse antes que otras? ¿Qué paliativos deben ofrecerse a quienes sufran más por la recesión que por la enfermedad?

Hay otra víctima de esta crisis: el desplome de la cooperación entre personas y gobiernos. Muchas personas ya incurren en compras de pánico dejando sin abasto a otras más pobres. Habrá productores y comerciantes que acaparen bienes esperando explotar alzas de precios. Gobiernos que opten por cerrar fronteras y aeropuertos para tener un chivo expiatorio ante una enfermedad que ya se transmite de manera local.

Lo irremediable es que cuando esta pesadilla haya terminado, porque de todos modos habrá de terminar, nada en el mundo será igual. Y por supuesto, tampoco en México. De buena fe, quizás hayamos aprendido a ser más solidarios, menos arrogantes y más sensatos para impedir que otras tragedias nos arrollen, para escuchar más a los expertos y para dejar atrás la candidez que todavía nos hace creer que todos los problemas, de cualquier naturaleza, se pueden remontar por la pura voluntad política de los dueños del poder. Será una lección brutal, pero quizás le ayude al mundo observar la debilidad de nuestros gobernantes ante la potencia destructiva de un bicho microscópico. Pero las virtudes de esa lección vendrán después, cuando despertemos a una nueva realidad cuyos efectos quizás durarán por décadas.

Lo que se nota es que nunca fue más evidente la debilidad de los gobiernos ni más cierto lo que advertía el sociólogo y profesor emérito de la Universidad de Harvard, miembro residente de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, Daniel Bell: “Los Estados son demasiado chicos para afrontar los grandes problemas de la humanidad y demasiado grandes para resolver los problemas de cada individuo”.

Coronavirus, mapa en tiempo real

Víctor Hugo Ornelas

Luego de que la Organización Mundial de la Saludo (OMS) decretara al Covid-19 como pandemia, una serie de universidades, organizaciones y grupos activistas se han encargado de documentar los casos alrededor del mundo y agruparlos en una sola fuente de consulta.

de esta manera, desde cualquier parte del mundo se puede tener un panorama en tiempo real del avance del Coronavirus alrededor del planeta.

Una de las opciones es una transmisión en vivo en Youtube, que se actualiza de manera continua y su consulta es abierta al público. Para acceder al conteo, solamente da play en la siguiente imagen.

Al momento, México no se encuentra entre los países con mayor numero de casos confirmados, puesto que al día de hoy, 16 de marzo, se tiene un reporte oficial de 53 casos, no obstante, dicho numero se incrementó alrededor de las 11:00 horas con 8 nuevos casos en Nuevo León, que deberán ser documentados por las instancias de salud correspondientes.

Redes de pánico, violencia y mentiras.

“Cualquiera con tiempo y redes puede generar crisis”

Fabiola Serratos
Esta semana pasamos del pánico feminista al pánico del Coronavirus y es que hemos llegado a la conclusión que cualquiera que sepa manejar redes sociales y tenga demasiado tiempo libre es capaz de generar los contenidos más alarmantes.

Esta semana renuncié a mi participación en grupos de WhatsApp y Facebook al notar la gran cantidad de alarmas, falsedades y violencia que se generan ahí.

En particular la semana se vio dividía en dos temas relevantes y agresivos.
Los primeros días circularon infinidad de videos viejos, fotografías de otros países y noticias que desacreditaron en gran parte el trabajo de muchas mujeres de lucha. En una experiencia personal al reportar a los administradores de un grupo donde además de burlas se hablaba con lenguaje agresivo y donde la violencia con los temas era realmente clara la respuesta fue.

“Todos tenemos derecho a la expresión”
Quizá lo que como ciudadanos NO comprendemos es que la intolerancia y la violencia jamás serán un derecho.

Los grupos se han convertido en canales de ignorancia, brutalidad y fuentes que desinforman y generan pánico. Los administradores no han asumido la responsabilidad de lo que implica administrar fuentes de información y es que la gran desventaja de las redes sociales es que sin conciencia alguna cualquiera puede llenar de contenidos falsos y lastimosos jugando el rol de un periodista.

Con las redes sociales se ha ido deteriorando o minimizando el verdadero valor del periodismo. Basta sólo con ver las verdaderas noticias en medios de comunicación y las notas con intensidad y pánico con respecto al tema que surgieron días después de las marchas.

Hoy hemos despertado sumergidos en la intriga y el pánico del coronavirus.
Nuevamente los grupos evidencian su falta de conocimiento y se reparten por montones noticias y videos de dudosa procedencia.
Como si todo lo anterior no fuera poco, viene la forma en la que se politizan todos los temas, que si de tal partido que sí derecha o izquierda.

Esta semana sin duda vinieron a mi mente mis años en la universidad y la forma en la que nuestro maestro de psicóloga no recalcaba
que mientras no comprendamos que absolutamente todos los temas sociales llegan a nosotros configurados para pensar de manera colectiva. El pánico, la angustia, la desesperación todo lo vivimos y pensamos en conjunto tanto que nos es casi imposible meditar qué tan ciertas o no llegan a ser los casos de forma individual. La desventaja de pensar en conjunto es sin duda es la repartición de males sociales.

Mis problemas son tuyos y tienes obligación de atenderlos.
La solidaridad pasa de ser una armoniosa construcción social a un círculo de dependencia y obligación asfixiante que sí permite ver con claridad que en casos particulares los terrores sociales son usados en beneficio de unos cuantos. Mientras no ordenemos y dignifiquemos nuestros medios y nuestra participación social. Temas irán y vendrán y siempre serán los mismos resultados. Pánico, angustia y una ola de violencia que muy pocas veces traen una nueva construcción social.
¿Qué parte nos toca a nosotros como sociedad para evitar la desinformación ?

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