Nacional

Avión presidencial, a escena

Alfonso García Sevilla

La distracción como una forma de manipulación mediática, según Nahom Chomsky, se basa en entretener la atención del público de la información verdaderamente importante como pueden ser las decisiones políticas y económicas que afectan al conjunto de la ciudadanía. Esto se consigue desviando la atención de la gente con un montón de informaciones que no son relevantes con las que diariamente bombardean los medios de comunicación.
Un distractor muy efectivo que ha utilizado exitosamente la 4T es el avión presidencial. Ante un escenario adverso, como lo enfrentamos en este 2020 con más de 43 mil muertes por Covid-19 y los casi 60 mil homicidios violentos, la pérdida del empleo de 12.5 millones de mexicanos y la economía cayendo estrepitosamente sin un plan de reactivación inmediato, se agrava con los daños que sufren estados del norte del país por los efectos que ha dejado el huracán “Hanna”.
Sin embargo, para AMLO estos hechos no ameritan su atención. En la mañanera de este lunes, realizada en el ex hangar presidencial, teniendo como fondo el avión “José María Morelos”, del que refirió ser una representación de “cómo se mal gobernaba en el país durante todo el periodo neoliberal. Es un ejemplo de los excesos que se cometieron. Es ostentación”, afirmó.
“Para que no haya duda o malas interpretaciones, el propósito de hacer esta conferencia con el avión de fondo, es para dar a conocer al pueblo de México cómo se mal gobernaba al país, de cómo había lujos en el gobierno durante todo el periodo neoliberal. Se le daba la espalda al pueblo, sobre todo a la gente humilde, y los altos funcionarios vivían colmados de privilegios de atenciones. Era un gobierno de ricos, para ricos con un pueblo pobre”. Remató el presidente.

Hace alrededor de dos años, más de 30 millones de votantes le otorgaron a Andrés Manuel el aplastante triunfo en las urnas, hace dos años la gente harta de los excesos generados en el sexenio de Peña Nieto, tales como Odebretch, la Estafa Maestra, la Casa Blanca, el poco efectivo combate a la corrupción, a la inseguridad, al crimen organizado, al poco crecimiento económico, y un largo etcétera, optaron por un cambio radical, no votaron para que sistemáticamente les recordarán los malos gobiernos pasados, eso de sobra lo sabía la gente, votaron porque en AMLO veían la esperanza de un cambio verdadero, con soluciones a todo lo que los gobiernos “neoliberales”, habían hecho mal en el país, sin embargo, a dos años de distancia, la 4T está más ocupada en la rifa de un avión y seguir con la cantaleta de los anteriores corruptos neoliberales enemigos del pueblo, con lo que demuestran que aún no encuentran soluciones de fondo para los grandes temas que aquejan al país.

Morena ¿En crisis?

Este jueves pasado (16 de julio 2020) visitó Jalisco el presidente Andrés Manuel López Obrador y contrario a lo que muchos auguraban no hubo “choque de trenes”, es decir, no paso nada. Ambos mandatarios (AMLO y Enrique Alfaro) asumieron una actitud que pudiera resumirse en: hay problemas en el país que los necesita juntos y coordinados. En lo personal me gustó el discurso del gobernador Alfaro que se oyó sin estridencias, con respeto y firmeza. Y si acaso yo destacaría (de la visita de AMLO), que de alguna manera ambos mandatarios dieron el arranque a la carrera hacia el 2021 que apunta para convertirse en la elección intermedia más intensa y trascendente de los últimos tiempos.

Pero, no niego que la presencia del mandatario federal en tierras tapatías me hizo voltear a ver a su partido. Por ello el tema de hoy. 

Inicio con esta interrogante: ¿Qué es Morena? La pregunta parece ociosa, pero no lo es. La verdad es que no se sabe, a ciencia cierta, qué hay ahí adentro. De entrada, podemos decir que Morena es un movimiento que fundó López Obrador para servirle como vehículo partidista en las elecciones de 2018. Pero, a propósito, lo dejó como un movimiento/partido de los llamados “atrapa todo” que busca integrar individuos y grupos con todo tipo de ideologías e intereses (ahí cupieron desde antiguos miembros del partido comunista hasta célebres integrantes del ala más derechista del PAN y el Yunque y dese luego muchos de los corruptos priistas). Fue sin duda, una erupción de ideas que tenían un solo interés: ganar, con López Obrador al frente, el poder en 2018. Y vaya que lo lograron con una victoria sobrada y contundente.

Dos años después, ¿en qué se ha convertido Morena? Mucho se ha dicho, que es una especie de PRD. A lo largo de su historia, los perredistas se caracterizaron por una impresionante división de distintos grupos, las llamadas “tribus”, que se la pasaban peleando por conseguir candidaturas, puestos directivos y el dinero de las prerrogativas públicas del partido.

Hoy, en este sentido, Morena se parece mucho al PRD en una versión más extrema por una razón: es el partido dominante de México, con mucho más poder y dinero del que alguna vez tuvo el sol azteca. Hay más pastel que repartir y más facciones que se lo disputan. Grupos de izquierda, centro y derecha (de chile, mole y picadillo). Idealistas y oportunistas. Lopezobradoristas de hueso colorado y lopezobradoristas por conveniencia. Un partido tutti frutti, cuyo único cemento sigue siendo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador.

Nada dibuja mejor a Morena, en este momento, que la imposibilidad de elegir a una nueva dirigencia nacional. En su papel como secretaria general del partido, Yeidckol Polevnsky se quedó como presidenta provisional cuando AMLO renunció a este puesto para irse como candidato presidencial. Posteriormente, trataron de organizar una elección para nombrar a un nuevo dirigente, pero, como los perredistas, no pudieron. Hasta violencia física hubo en algunos comités (igual que lo que pasaba en el PRD, ya no pasa por que ya no tienen militantes). Fue entonces que entró Alfonso Ramírez Cuéllar como dirigente de transición. Inmediatamente, Polevnsky y Ramírez se pelearon. Ahora hay un escándalo de más de 395 millones de pesos en la compra de bienes inmuebles por parte de Yeidckol Polevnsky que la tiene cerca de la cárcel ya que fue denunciada ante la FGR (Fiscalía General de la República) por el propio comité nacional.

Por otra parte, Morena, según las cuentas más recientes del INE, tiene 278 mil militantes. Los rumbos del partido, sin embargo, se grillan entre un centenar de personas, ya exagerando, pero principalmente entre unos cuantos “machuchones” (término utilizados por el presidente AMLO para calificar a políticos y empresarios de dudosa reputación). Es trágico por donde se le mire: el partido triunfante, que recibió 30 millones de votos que llevaron al poder a López Obrador, está entrampado en una lucha de facciones que tienen jefas o jefes que se agarran a “tribunalazos” y judicializan sus diferencias a la menor provocación; aunque hay que decir que no es la dinámica de grupos y camarillas el único factor de la crisis y parálisis de Morena. Se debe también a que muchos de sus mejores cuadros, comenzando por su jefe político, se fueron al gobierno, y desde ahí el presidente ha sido muy claro en que no deben mezclarse el servicio público y la búsqueda del poder (sic).

Así las cosas, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación no sólo avaló la dirigencia de Alfonso Ramírez Cuéllar, sino que instruyó a que Morena eligiera su próximo dirigente por medio de encuesta. Se trata de un fallo que ha sido polémico pero que, acaso por hartazgo, todos o casi todos, han sido de la idea de acatar pues, además, coincide con la única sugerencia que López Obrador ha dado a Morena (que se hagan encuestas, pero que al parecer se prefirió ignorar). Muchos consideran que el método de encuesta es una alternativa correcta porque, además de evitar trampas electorales como las que se presentaron en no pocas asambleas distritales del año pasado, evita que haya suspicacia en el control del padrón, y obliga a los aspirantes a hacer una campaña visible para el público general, mucho más amplia y democrática que la que bastaría para las y los personajes que defiende para sí la exclusividad del uso de la marca Morena.

No obstante, el pasado 13 de julio en entrevista para el periódico El Universal, Alfonso Ramírez Cuéllar dijo que no había condiciones (por el Covid-19) para la renovación de la dirigencia nacional y que no era posible hacer encuesta para ese fin. Con eso se confirma lo que ya expresé líneas arriba (nada dibuja mejor a Morena, en este momento, que la imposibilidad de elegir a una nueva dirigencia nacional).  

Lo que, también es cierto, es que el panorama para Morena se pondrá todavía peor conforme se acerquen las elecciones. Naturalmente, las distintas y variopintas facciones van a presionar y desde luego a pelear para quedarse con las miles de candidaturas que estarán en juego en 2021. Y, al día de hoy, no existe un mecanismo institucional para seleccionar a los afortunados (creo que ya no tienen tiempo para armar ese mecanismo), salvo lo sugerido por AMLO (encuestas).

En efecto, se acerca la elección del 2021 (la elección más grande, más compleja
y probablemente con la mayor cantidad de partidos disputándose 17 gubernaturas, la Cámara de Diputados, numerosos congresos locales  y centenares de municipios
) y, como ya quedó evidenciado, Morena parece que tiene una crisis funcional grave. No son capaces ni de organizar una elección interna porque, en realidad, solamente se siente que son una enorme masa de voluntades que se nutre de la autoridad moral y política que tiene el presidente AMLO.

Llama mucho la atención que un partido joven, que ha alcanzado tales cotos de poder, esté enzarzado en una lucha interna tan virulenta, tan dura, con posiciones tan antagónicas en donde, incluso, lo que parece ser la única razón de ser del movimiento reconvertido en partido, la convergencia en torno a Andrés Manuel López Obrador, esté por momentos siendo ignorada.

Es verdad que Morena corre hasta hoy con la suerte de tener una oposición diluida y sin personalidad: el PRI se debate entre ser oposición o buscar una alianza con el poder para sobrevivir, el PAN se basa en la fuerza de sus gobernadores y de alguna parte de la elite empresarial, pero con la dirigencia nacional más débil que ha tenido en décadas; el PRD, o lo que queda de él, intenta desesperadamente reinventarse o sobrevivir, aún no sabemos si con éxito (yo creo que está en etapa terminal); Movimiento Ciudadano tiene apuestas muy concretas en algunos estados del país, como Jalisco, Nuevo León y Colima, pero no le alcanza aún como para ser una alternativa nacional, excepto la creciente figura del gobernador Enrique Alfaro Ramírez que gradualmente asciende. Y los nuevos partidos, por ley, tendrán que ir solos a estos comicios para tratar de refrendar sus registros, lo que pulveriza aún más el posible voto opositor.

De cara a la elección de 2021, cuyo proceso federal comienza en poco más de dos meses, Morena no está organizándose a tambor batiente, sino todo lo contrario. “Tenemos ante nosotros desafíos y retos formidables de ganar la mayoría en la elección popular de 2021. Es una vocación democrática legítima y una tarea que ahora nos resultará más pesada porque no estará en las boletas el nombre de Andrés Manuel López Obrador“, reconoció el Senador Ricardo Monreal en un mitin virtual el pasado 5 de julio ante miembros del Morena, en el que también destacó: “Debemos reconocer que uno de los puntos débiles que tenemos es la ausencia de una estructura de representación real y eficaz”.

Así, Morena se ve cómo un partido que, de acuerdo con analistas políticos, se encuentra en crisis, sin poder siquiera renovar su dirigencia y con unos comicios en puerta que amenazan con quitarle la mayoría. “Tenemos un partido en crisis que a dos años del triunfo de 2018 no ha logrado ni siquiera renovar su dirigencia, que se ha dividido en facciones irreconciliables y que ha desarrollado una élite burocrática en la Ciudad de México que lo inmoviliza”, destacó en entrevista el politólogo y miembro de Morena Gibrán Ramírez Reyes.

Por lo pronto, Ramírez Cuellar se queda en la dirigencia nacional y por otra parte se rumora con mucha insistencia en los corrillos políticos del Estado que el expresidente de Tlajomulco Alberto Uribe Camacho llega, en próximos días, a la dirigencia estatal de Morena y sino a él le corresponderá decir candidaturas en varios de los municipios de la ZMG (entre ellos, Guadalajara, Tlajomulco y Tonalá). De ser cierto, como dicen los cocineros, “le va poner sabor al caldo”

Sicarios mediáticos

Alfonso García Sevilla

México es un país con una sociedad polarizada entre el bien y el mal, no busca puntos medios, para el mexicano o estás con él o estás en su contra, no existen medias tintas ni la capacidad de análisis, o eres o no eres.
Derivado de un bajo nivel de escolaridad -el mexicano promedio según el Inegi tiene apenas el primer semestre de bachillerato- nuestra nación basa sus conocimientos en un sistema bien establecido de creencias, no de saberes. Creemos en lo que nos dicen los líderes políticos, de opinión, religiosos y hasta aquel conocido que presume relaciones con gente “importante” y que le da información de primera mano.

Esto es aprovechado por nuestros políticos para polarizar a la sociedad, generar un ambiente de encono hacia sus contrincantes y fortalecer su imagen con sus seguidores, bajo la máxima de “divide y vencerás”.
Para esto hacen uso de todo lo que esté a su alcance, medios, redes sociales, “boots”, “trolls” y sobre todo, de “líderes de opinión”, que, aún en contra de toda ética profesional y sin miramientos del ambiente hostil que para el ejercicio del periodismo se vive en México, se prestan al descredito y al insulto de aquellos que se atrevan a cuestionar al gobierno en turno. Cabe recordar que en nuestro país del año 2000 a la fecha suman 159 periodistas asesinados por el desempeño de su labor.

Esta “Cuarta Transformación” no es la excepción de reclutar plumas para defender su causa de las criticas que se le tienen que hacer a cualquier gobierno. El caso reciente de Jhon Ackerman, académico de la UNAM, señalado por la posesión de inmuebles incapaces de ser adquiridos con el sueldo que percibe, ha desencadenado una respuesta virulenta y fuera de toda ética del gremio al qué según él, se dice pertenecer, al grado de llamar “sicarios mediáticos” a los periodistas que, en sus palabras “buscan desestabilizar a toda costa” refiriéndose al gobierno de López Obrador. Por cierto, Ackerman está casado con la secretaria de la Función Pública, Irma Erendira Sandoval.
Hay que recordarle a Ackerman, al igual que a muchas plumas compradas, lo que la Unesco destaca como una cualidad ética del periodista:
“Adhesión del periodista a la realidad objetiva: La tarea primordial del periodista es la de servir el derecho a una información verídica y auténtica por la adhesión honesta a la realidad objetiva, situando conscientemente los hechos en su contexto adecuado.”
Sin duda, Ackerman nos ha demostrado que bien vale la pena sucumbir ante las tentaciones del poder, y poner en entredicho su grado de doctor en derecho, como su autonombrado título de periodista.

Viejas tentaciones

Alfonso García Sevilla

Los órganos autónomos fueron creados a partir de la década de los 90 ante la perdida de legitimidad de las instituciones del Estado, basta recordar que el aquel entonces Instituto Federal Electoral (IFE) nace después de la controvertida “caída del sistema” de la elección de 1988, donde los comicios eran sancionados por la Secretaría de Gobernación, en ese entonces dirigida por Manuel Barttlet Díaz, actual director de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y que le dio el triunfo al candidato del PRI, Carlos Salinas de Gortari, sobre el aspirante del Frente Democrático Nacional, Cuauhtémoc Cárdenas, en lo que se refiere a uno de los procesos más desaseados y oscuros de la historia contemporánea del país.

Actualmente, el presidente López Obrador ha dejado de manifiesto su desdén hacia el INE, al señalarlo de que es el aparato de organización de elecciones más caro del mundo y, además, no es capaz de garantizar elecciones limpias.

Cierto, el INE perdió autonomía cuando quedaron a merced de otros poderes, me explico, su conformación pasa por el Congreso Federal (y los congresos locales en los estados) mismos que en los últimos años los han tomado como un botín para reparto de “cuotas a cuates”, son conformados por los intereses de los partidos políticos y obviamente los consejeros, presidentes y autoridades de este, están sujetos a lo que les ordenen los que les dieron la chamba, que por cierto es muy bien remunerada.

Asimismo, su presupuesto anual depende aun del proyecto que el ejecutivo envíe al congreso para su aprobación, por lo que en la realidad NO se garantiza su “autonomía”.

La visión del actual presidente sobre el INE aún pasa por la cuestionada elección del 2006, donde perdió ante Felipe Calderón por una nariz, de donde se desprendió la toma de Paseo de la Reforma durante meses y hoy pareciera ser que con sus recurrentes declaraciones en contra de organismos autónomos, pretende volver a los viejos tiempos de control total de las actividades del Estado, lejos de buscar su eficiencia y autonomía, ante su amago de que más adelante presentará la estructura del INE y el salario total que perciben, y buscar reajustar las estructuras para evitar las duplicidades,

Creo que lo que hace falta es una reforma que realmente garantice su autonomía y haga eficiente su funcionamiento, que sea garante de la limpieza y transparencia en los procesos electorales y que en realidad su conformación no pase por los partidos representados en los congresos. No se vale regresar al pasado y menos en una institución de las características del Instituto Nacional electoral.

Come frutas y verduras

Alfonso García Sevilla


El artículo 4° de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece a la letra “Toda persona tiene derecho a la protección de la salud. La ley definirá las bases y modalidades para el acceso a los servicios de salud y establecerá la concurrencia de la Federación y las entidades federativas en materia de salubridad general, conforme a lo que dispone la fracción XVI del artículo 73 de esta Constitución.”

Bajo esta premisa, el Estado mexicano tiene la obligación de salvaguardar este derecho humano sobre todo hoy en día, ante la emergencia sanitaria que enfrentamos por el Covid-19. Sin embargo, a pesar de estar en lo que en los últimos tres meses es, por los números de contagios y defunciones, la etapa más álgida de la pandemia, El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, dijo este domingo en un video que ya pasó lo más complicado de la epidemia en el país, y que ahora los ciudadanos, en la llamada ‘nueva normalidad’, deben actuar con criterio y cuidarse a sí mismos.

“No es echar al vuelo las campanas, no es cantar victoria, pero consideró que ya pasó lo más difícil, lo más riesgoso”, señaló. Un día antes el presidente dio a conocer a través de las redes sociales, su “Decálogo” para enfrentar el coronavirus y la nueva normalidad. Un catálogo insulso de consejos al ciudadano, carentes de un plan de acción gubernamental integral tendiente a que la 4T garantice el bienestar del mexicano post pandemia.

Mientras tanto, en la tierra del Tequila no cantamos mal las rancheras, el gobernador Alfaro anunció, el jueves 11 de junio, que “Ha llegado el momento de poner en marcha una nueva etapa del Plan Jalisco Covid-19: la de la Responsabilidad Individual, hoy cada ciudadano tendrá que vigilar su comportamiento, ser consciente y hacerse responsable de su salud y la de sus familias”.

Ambos gobiernos contrajeron, con pretexto de combatir la pandemia, deudas históricas que, ante la evidente omisión a la obligación constitucional de cuidar la salud de sus gobernados en pleno aumento del contagio, habrá que ponerle lupa a cómo ejercerán esos recursos, porque hoy exhiben su fracaso; tanto en la forma de diseñar acciones encaminadas a la contención social así como de generar canales de comunicación y mensajes tendientes a generar conciencia y solidaridad para que la gente se quedara en casa.

La economía no sirve si no es para generar bienestar en el individuo, lamentablemente en nuestro país, nuestros políticos supeditan la salud de la gente a la reactivación económica y, dicho sea de paso, al protagonismo mediático que dan los pleitos estériles entre gobernantes, que de seguir la tendencia como va, seguramente dejará en sus administraciones muchas vidas que lamentar.

Manifestaciones callejeras

Quirino Velázquez

De inicio habrá que decir que expertos en administrar conflictos, el presidente Andrés Manuel López Obrador y el gobernador de Jalisco Enrique Alfaro Ramírez han encontrado, en las manifestaciones callejeras, el campo perfecto de su confrontación, para enviarse recíprocamente, fuertes mensaje: el primero para tratar de someter o por lo menos tener un gobernador a modo y en el carril de la cooperación sumisa y silenciosa; y el segundo en rebeldía y de abierta oposición a la 4ta trasformación (a decir de los de Morena), por el simple hecho de haber demandado de manera recurrente la revisión del sistema federal, en particular del pacto fiscal.

Así, en este contexto de ruptura política, acusaciones y advertencias entre el presidente (AMLO) y el gobernador (Alfaro), quiero contarles que las manifestaciones callejeras, en México (obvio en Jalisco) y en diversos países, nos anuncian que el problema real es de gobernabilidad, no de vialidad. Es de política, no de policía. Es de bloqueo de poder, no de bloqueo de avenidas. Es de hombres de Estado, no de agentes de tránsito.

Se trata de un reto provocador a la autoridad política y de un astuto tanteo para medir la firmeza de un gobierno. En realidad, se busca el conflicto por sí mismo, no la solución del conflicto. El desorden, la anarquía y la ingobernabilidad son tan sólo meros síntomas de enfermedades degenerativas de los sistemas políticos, muchas de ellas incurables y progresivas. Son la parte visible de la enfermedad, pero no son la enfermedad.

No me corresponde conocer si los funcionarios federales de México (de Jalisco) o de cada país han hecho lo correcto y lo oportuno ni quién ganará, al final de cuentas, en este juego de vencidas. Quisiera que ganaran la ley, la razón, la política y el gobierno. Espero que así suceda no obstante que, hasta ahora, han ganado la ilicitud, la sinrazón, la barbarie y los vándalos.

Las dos peores derrotas de un sistema político contemporáneo son el fracaso de su autoridad y el fracaso de su libertad. El triunfo de ambas no es sencillo sino complejo. Sobre todo, porque además de la dificultad para consolidarlas por sí mismas, resulta que tienden a excluirse y a deteriorarse con inversa reciprocidad. En muchas ocasiones, el triunfo de la autoridad se paga con cargo a la libertad, así como, en muchos eventos, la victoria de la libertad se paga con cargo a la autoridad.

Luis Muñoz Marín (escritor, senador y primer gobernador de Puerto Rico) decía que, a diferencia de los sajones, los pueblos latinos tenemos dificultades temperamentales para ensamblar equilibradamente a la autoridad con libertad. Por eso hemos vivido largas épocas de mucha autoridad y poca libertad, así como otras de mucha libertad y poca autoridad. Por el contrario, un buen “maridaje” entre autoridad y libertad se da donde han logrado tener gobiernos con mucha autoridad y ciudadanos con mucha libertad.

Dicen los juristas y tienen razón, que las constituciones determinan y delimitan hasta dónde llega nuestra autoridad y hasta cuánto mide nuestra libertad. El verdadero constitucionalismo es una forma de vida, donde lo que más cuenta es que eso se convierta en una realidad cotidiana. El anticonstitucionalismo es una actitud donde el gobernado hace desmanes con su libertad y el gobernante deslava su autoridad.

A los obsesivos de la teoría y del ejercicio del poder les atormenta, desde hace décadas, una incógnita encriptada que llega al grado de enigma misterioso. ¿La autoridad proviene del orden o el orden proviene de la autoridad? ¿Se requiere orden previo para que haya autoridad o se requiere autoridad previa para que haya orden?

Creo que lo primero es el pensamiento de casi todos los pueblos occidentales modernos. Estados Unidos, Canadá y casi toda Europa han instalado su autoridad a partir de la previa presencia del orden, así como en Italia y en América Latina hay poca autoridad porque hay poco orden.

Por el contrario, lo segundo es el pensamiento de casi todos los pueblos orientales contemporáneos. Desde Rusia hasta Japón, pasando por China, India y los países árabes, piensan que sólo con una recia autoridad se puede instalar un orden confiable y duradero.

Una grave complicación adicional es que la autoridad y la libertad pueden cambiar en una sola generación o hasta en media generación. Por eso, en todos los pueblos, son muchos los hombres que han visto que son distintas las de cuando nacieron a las de cuando murieron. Tan sólo pensemos en la libertad y la autoridad de 1960 en México, las de 1990 y las de ahora, 2020.

Ahora bien, ¿sirvieron de algo las manifestaciones callejeras que se realizaron para protestar contra AMLO o las que se realizaron contra Alfaro? ¿Renunciará el presidente o el gobernador porqué así se lo exigieron algunos de los marchistas? Yo creo que no sirvieron para nada y never (de limón la never) renunciarán a sus cargos.

En efecto, a juzgar por numerosos estudios que se han realizado para medir la efectividad de las marchas callejeras para promover un cambio político, social o económico, la respuesta es no (aunque ciertamente ha habido excepciones, como las que contribuyeron a derrocar a los gobernantes de Egipto en el 2011, y de Ucrania en el 2014). Dicen los expertos que las marchas y manifestaciones perdieron su efectividad porque quienes en ellas participan no tienen una relación formal entre sí. Tampoco existe una jerarquía clara ni líderes identificables.

Antes, eran organizadas por activistas que la gente conocía y que seguían actuando políticamente después de cada manifestación (cómo son los casos de los activistas políticos de nombre Andrés Manuel López Obrador y Enrique Alfaro Ramírez).

Hoy, las invitaciones a las manifestaciones se hacen a través de las redes sociales y provienen de grupos desconocidos cuyos líderes son igualmente desconocidos. Las redes sociales viralizan las convocatorias, pero terminada la marcha, la mayoría de los participantes se regresa a su casa creyendo que gracias a su caminata, gritos, lemas y pancartas lograrán provocar el cambio deseado.

Finalmente yo me quedo con lo dicho por Moisés Naím (escritor y columnista venezolano de origen judío) en su artículo titulado “Why Street Protests Don’t Work” (Por qué las Protestas Callejeras no Funcionan) que se publicó el 7 de abril del 2014 en la revista estadounidense The Atlantic,: “Lo que hemos presenciado en los últimos años es la popularización de las marchas callejeras sin un plan para lo que sucederá a continuación y para mantener a los manifestantes comprometidos e integrados en el proceso político (cómo lo hacían AMLO y Alfaro). Es sólo la última manifestación de la peligrosa ilusión de que es posible tener democracia sin partidos políticos, y que las protestas callejeras basadas más en las redes sociales que en la organización política sostenida es la manera de cambiar la sociedad”.

Y el presidente lo sabe, lo sabe

Quirino Velazquéz

Parece que el presidente de la República no pude vivir sin enfrentar complots. Desde que empezó abiertamente a buscar la presidencia, Andrés Manuel López Obrador ha denunciado ser víctima de confabulaciones organizados para cerrarle el paso, para evitar que se pueda convertir en el paladín de la justicia que imagina es, al grado de que su manera de pronunciar la palabra, sin la t final, ha sido uno de los caballitos de batallan de quienes se mofan de su manera de hablar.

Así, entiende AMLO al mundo y esa forma de razonar, con rasgos paranoides, ha sido una de sus ventajas competitivas en su carrera política. La historia está llena de ejemplos que nutren la teoría planteada en ciernes por el gran Elías Canetti (pensador búlgaro y escritor en lengua alemana, Premio Nobel de Literatura en 1981) y desarrollada después, entre otros, por el politólogo Robert S. Robins (autor del libro: Paranoia política: la psicopolítica del odio) de que las personalidades paranoides suelen ser especialmente exitosas en la política.

De ahí que los demagogos paranoides suenen convincentes a la gente y logran muchos seguidores, creyentes en el mundo binario del bien y el mal. Solo las formas encolerizadas de paranoia son patológicas, y en algunos casos pasan inadvertidas cuando las poseen los políticos, lo que explica la elevación de tiranos atroces, asesinos compulsivos. Pero nunca, ni los casos menos graves, resultan en gobiernos virtuosos y con frecuencia son muy poco eficaces para reducir la violencia; incluso, al contrario, la suelen agravar.

Lo anterior viene a cuento porque explica, lo que para muchos, es la farsa del pasado martes, cuando el presidente AMLO presentó (en la “mañanera”) la prueba de un supuesto complot opositor: un “documento confidencial” (hágame usted el cabrón favor) en el que se planteaba la estrategia para unir fuerzas de todos los partidos contrarios a su Gobierno (Bloque Opositor Amplio), con el apoyo de los intelectuales, empresarios y medios de comunicación que se han mostrado más críticos respecto al Gobierno, para “desplazar a Morena de la mayoría de la Cámara de Diputados en 2021 y revocar el mandato presidencial en 2022”. Yo creo que desplazar al partido del gobierno y del control de la Cámara baja por la vía democrática es legal y valido pensarlo y planearlo, cual complot. Revocar el mandato de AMLO a través del mecanismo propuesto por él y legalmente aprobado para tal efecto también es legal y valido cavilarlo. Cual pinche complot.

Pero la fabricación resultó tan burda que fracasó en la cuna y ni las tropas vociferantes de los fanáticos del gobierno insistieron en su malevolencia en las redes después de unos minutos. El documento “confidencial” más bien parece un burdo artificio de los que hacía la tristemente célebre Dirección Federal de Seguridad (DFS) de los tiempos priistas. Imagino que algún genio de la oficina de comunicación de la Presidencia de la República vendió la idea de que era un buen momento para cambiar el foco de atención del público del desastre en el que está entrando México. Aunque el presidente alardea de un supuesto éxito en el control de la epidemia que es envidia del mundo, los datos muestran que la curva no se aplana y la reactivación parcial prematura que ha incitado con la irresponsabilidad de su gira de la semana pasada (en medio de una pandemia y una tormenta tropical, para hacer el ridículo al darle el banderazo de salida a una locomotora chatarra en representación del supuestamente futurista tren maya que, después supimos, va a usar motores de diésel, a la vanguardia de la tecnología mundial) solo ha contribuido a agravar la situación.

Así, la farsa de la conjura imaginaria ha dejado como unos necios no a los supuestos conspiradores, sino a quienes urdieron la falsificación al estilo de los Protocolos de los Sabios de Sion (es un libelo antisemita​​​ publicado por primera vez en 1902 cuyo objetivo era justificar ideológicamente los saqueo y matanza que sufrían los judíos en la Rusia zarista) pero sin talento. Mientras tanto, el desempleo crece de manera aterradora, como lo explicó Jonathan Heath, subgobernador del Banco de México en un artículo muy comprensible esta misma semana, según el cual el desempleo real supera ya los 25 puntos porcentuales, tasa nunca antes alcanzada en México, mientras que la brecha laboral superaría el 50 por ciento, cuando en marzo andaba por el 20. Una crisis laboral escalofriante, como bien dice el subgobernador del Banco de México.

La farsa sería cómica si no mostrara signos funestos. El tono con el que comenzaron a difundirla era amenazante: ahí estaban las pruebas de la traición a la patria, del delito de lesa majestad. Se subrayaron las aviesas intenciones de cabildear en Washington e involucrar al INE y al TEPJ. El gran poder podría con ese pretexto enderezar las baterías contra los traidores, los cangrejos, los vende patria conservadores, y justificaría su andanada contra el órgano electoral que tanto molesta. Además de desviar la atención de los temas que muestran la ineptitud gubernamental para lidiar con la crisis, el chisme podría usarse como espada de Damocles (frase popular que debemos a un historiador griego y que hasta hoy se utiliza para referirse a un peligro inminente, aludiendo a una espada que pende sobre nuestra cabeza y que en cualquier momento caerán sobre nosotros) contra la oposición. Por fortuna, la chapuza acusa y fue tan grande, desde el nombre del supuesto “Bloque Opositor Amplio”, que todo quedó en una rítmica canción de la famosa Sonora Santanera “La boa”.

Ya en otros momentos AMLO ha hablado de conjuras y listas “negras” de opositores entre las cúpulas empresariales, medios y periodistas que, ante el nuevo embate, se apresuraron a saltar del patíbulo que se construye hacia la elección de 2021. Algún gobernador y dirigentes políticos esta vez no picaron el anzuelo y encontraron la sátira como vacuna contra la polarización con la parodia de la clásica canción de La boa a sus supuestas aspiraciones de derribar al gobierno.

La verdad poco debería extrañar que los partidos hagan alianzas para disputar el poder como norma de su actividad política dentro de la ley, como es buscar ganar el Congreso o el revocatorio de mandato que denunció el presidente AMLO. Lo que, en todo caso, debía preocupar es la decisión del mandatario de meterse de lleno en la contienda electoral del 2021, cuando el país no ha logrado “domar” la pandemia ni conoce la profundidad del túnel de la crisis económica en camino; o quizá eso explique que con tanta anticipación haya optado por velar armas y mostrarse en campaña, aunque no salga en la boleta.

Si la revelación del plan desestabilizador del BOA generó memes y la burla a través del tema musical cantado de la Sonora Santanera, la decisión del presidente AMLO de implicarse personalmente refleja su preocupación por el impacto de la crisis en la intención de voto a Morena y en la aprobación presidencial, que difícilmente podrá sustraerse de la crítica al manejo de la pandemia y la depresión económica. Ningún complot podrá desviar la atención de los datos que arrojen esas realidades en 2021 y el presidente lo sabe, lo sabe…como dice la Santanera.

Babel Mexicano

Alfonso García Sevilla

Recientemente me hicieron llegar una encuesta que señalaba la credibilidad de tres actores durante la actual crisis sanitaria que enfrentamos a causa del Covid-19; los resultados los compartí con mis estudiantes de la materia de “Comunicación Política” mismos que la percibieron con escepticismo, por ello les deje la tarea de que ellos elaboraran un sondeo entre sus conocidos, familiares y redes sociales con dos preguntas: ¿A quién le cree más en cuanto a las cifras y la información referente al Coronavirus? Un 65 por ciento a López Gatell, un 32 por ciento a Enrique Alfaro y un 2 por ciento a AMLO. Cabe señalar que los datos fueron muy cercanos a los de la encuesta que les mostré, realizada por la empresa “Latinius Analitics”.

¿La conclusión a la que llegaron mis estudiantes? A que siempre tendrá más credibilidad un especialista que un político. En Jalisco lo estamos constatando. El pleito por los reflectores entre el gobernador Alfaro y el presidente López Obrador tienen confundida a la gente. No es posible que en una crisis de dimensiones mayores se den al protagonismo estéril por encima de la protección superior al derecho humano a la salud de los que aquí vivimos.

Al gobernador de Jalisco le corrigieron la plana en materia de comunicación, al anunciar confusamente la fase cero y dando a entender que regresábamos a la “nueva normalidad”, lo que ocasionó que se rompiera el encierro y aumentara la movilidad, misma que dicho sea de paso, tiene un mes y días rota en el estado.

Andrés Manuel sigue en campaña, contradiciendo hasta los datos de Gatell, en pleno pico de contagios retoma las giras, no predica con el ejemplo, total, si el presidente anda viajando es señal de que no es tan grave, solo nos quieren asustar, a más de dos meses de encierro y yo no veo muertos, se escucha en las calles.

Cierto, en un país de 130 millones de habitantes diez mil muertos no es una cantidad que impresione, sin embargo, el índice de proporción de muertes por contagio es alta y podría generar un colapso mayúsculo en el de por sí frágil sistema de salud mexicano, con las peligrosas implicaciones sociales que conllevaría, cosa que a nuestros políticos, desde sus torres, parece importarles poco.

Politólogo, Profesor universitario y miembro del Claustro académico del Itei

Que nadie nos calle si nuestras voces gritan «justicia».

Fabiola Serratos

Resultado de la pandemia que nos ha permitido la reflexión sobre la desigualdad con la que a lo largo de cientos de años hemos vivido.

Hace una semana narré con gratitud y admiración lo que con mucho esfuerzo hemos construido, esa autonomía muy crítica de la que muchos ciudadanos se están empapando, la elaboración de espacios libres y donde nos hemos asegurado de la protección de nuestra comunidad.

Sin duda estamos viviendo un momento histórico donde todo aquello que considerábamos extinto regresa recordándonos la vulnerabilidad de muchas personas, una revolución a nivel mundial donde muchos no estamos dispuestos a continuar permitiendo la represión y la falsa justicia que promueven nuestros gobiernos.

Luego de ver las marchas que dejaron vestido en llamas a Minneapolis el maestro Carlos Machado investigador Mexicano escribe en sus redes sociales “Minneapolis arde en llamas, como arde el racismo que mata la integridad de las sociedades, como arde la maldita supremacía de los privilegiados, como arden los cientos de años en los que las comunidades vulnerables han sido menospreciadas, reprimidas, abusadas, violentadas torturadas y reprimidas”

En nuestro país no es un tanto distinta la rebelión contra aquellos que por años han fomentado a través del racismo, las clases sociales y la desigualdad entre personas. La raza, la condición, el sexo y muchas otras cosas nos han sido a los menos favorecidos vendidas con falsos principios que vienen a poner por encima de nuestra dignidad aquellos que se enriquecen y favorecen del trabajo de los de abajo.

Aquí en Jalisco no ha sido distinto, vivimos nuestra propia guerra, nuestras propias marchas, mientras el gobierno endeuda como nunca al estado miles de comerciantes y personas salen a las calles a exigir la reapertura de sus negocios y mostrando el repudio merecido al actual gobernado. Muchas familias han quedado sin empleo y mientras aquellos que consiguieron sus privilegios con los impuestos de su pueblo promovieron el quédate en casa y más tarde hicieron su campaña entregando donaciones, la conciencia de clases y el poder que como pueblo tenemos relució valiente. Cierto es que nuestra gente también está agotada de trabajar duro para otros, de mirar el ir y venir de políticos que se llenan los bolsillos de riqueza y la boca de las más grandes mentiras, quizá un racismo como tal no hemos vivido, pero sí un espeluznante clasismo.

El mundo nos exige un cambio una nueva normalidad en la que no podemos permitir callen o condicionen nuestras voces.

Hablando desde lo personal puedo decirles que tras el acoso recibido en el último mes reconozco que también es una desigualdad en la participación pública el ser mujer, la vida personal es exhibida con un morbo particular que lleva la etiqueta de chantaje para guardar silencio ante lo sucedido con millones de mujeres en México y exponer públicamente las nefastas intenciones de los políticos corruptos que de la noche a la mañana se han enriquecido a costa de la gente. Cuando se ha vivido desde el nacimiento en la clase media baja una aprende a ser consciente de los privilegios que no se tienen y de cómo nuestras carencias son de mucha utilidad para otros.

Somos los obreros, los empleados, los sometidos, somos quienes sostienen a las clases altas, pero también hemos sido los que han mantenido a la clase política en la condición de riqueza en la que ahora vive. Esta transformación social hoy nos exige más que nunca no ser cómplices de la corrupción, unir nuestras fuerzas para combatir aquello que ha denigrado a muchos grupos sociales, la igualdad y la equidad vienen exigidas por movimientos valientes de voces guerreras que no están dispuestas nunca más a callar.

Sin olvidar que los gobiernos siempre han sabido criminalizar los movimientos que exclaman justicia, los invito a conocer a todos aquellos valientes que han salido a defender nuestra libertad a las calles, hoy se pintan de llamas algunos estados, otros más de pancartas y marchas, pero todos bajo la lucha de la desigualdad.

¿Qué nunca más se vean silenciadas nuestras peticiones, nuestras voces, nuestros gritos de justicia!

La crisis de los partidos políticos

Quirino Velázquez

Hablar de la “crisis” de los partidos políticos parece a estas alturas un lugar común. En los últimos tiempos, ni su existencia ni su rol parecen aceptados y menos aún considerados como algo obvio. Lo cierto es que los partidos son fundamentales para la democracia, pero también son vistos como los causantes del deterioro del funcionamiento de la misma. En otras palabras, dichos institutos, indispensables para la actividad política, no gozan de cabal salud ni tampoco de buena fama pública.

En efecto, nuestro sistema político y de gobierno ha encumbrado dudas sobradas en torno al déficit de representatividad de los partidos políticos y su capacidad de interlocución y conducción social. Por un lado, observamos tendencias gubernamentales que promueven el debilitamiento de estas organizaciones (a través del clientelismo oficia) y, por otro lado, es indudable que en la actualidad tienen un muy bajo margen de aceptación y, por lo tanto, un bajo umbral de legitimación ante la sociedad y la opinión pública.

Se cree con razón, que la crisis de los partidos no es un síndrome sino la más pura expresión de un sistema político vetusto, anquilosado y enfermo que agoniza frente al dinamismo y la exigencia de la ciudadanía que demanda refundar la institucionalidad para hacer funcional nuestro sistema político.

También se opina, que a causa de la crisis por la que atraviesan, se ha profundizado la pérdida de la interlocución histórica de los partidos, ya que de intelectuales orgánicos se volvieron ignorantes políticos y gigantes de piedra, que en su verticalidad vieron sólo los intereses de sus cúpulas, dejando al margen del poder a sus militancias y simpatizantes y subsisten ajenos a la conducción política de la sociedad.

Por eso, se piensa que la debacle institucional de los partidos políticos se debe, en gran parte, al manejo cupular que se hace de ellos. Esa utilización de los partidos contribuyó a minarlos desde su interior y los debilita frente a otros. Además, los partidos dejaron de ampliar (realmente) su base de afiliados y simpatizantes: No formaron cuadros ni liderazgos. Y, desafortunadamente, tampoco sobran los incentivos para que la ciudadanía busque integrarse a un partido político, pues, de entrada, como se dice popularmente “caen gordos” y los dirigentes (de cualquier nivel) no resultan conocidos. Cuando debería ser todo lo contrario.

Así, con malas prácticas como el abandono de tareas básicas, la inacción y la indolencia, los partidos políticos han dejado paulatinamente de representar a los ciudadanos; además, se nota una negación de identidad de los partidos como tales, lo que contribuye a su desprestigio, ya que casi nadie, se animan a nombrarlos, ahora son espacios y no partidos. Parece que existe hasta vergüenza de los mismos dirigentes y eso es una forma de minimizar o denigrar la propia institución que se supone que ellos lideran.

La mayor parte de la ciudadanía más que distinguir a los partidos por sus nombres, los distingue por el nombre de los gobernantes en turno emanado de sus filas (ejemplo: López Obrador o lopezobradorismo en vez de Morena), lo que demuestra un nivel de personalización muy alto y alarmante para el futuro de una democracia representativa.

Pero su distanciamiento y falta de credibilidad social es algo tan preocupante como urgente de resolver. Un examen crítico del escenario donde se mueven los partidos conduce necesariamente a la necesidad de fortalecer las estructuras internas de éstos, ya que la personalización, verticalidad y la falta de trabajo serio, ha sido el factor inequívoco del marasmo en que hoy se encuentran y que ha propiciado la fractura orgánica y el abandono tácito y expreso de sus filas.

Las cifras no mienten, según datos del Instituto Nacional Electoral (INE) de enero de 2019 al mismo mes de 2020, los partidos políticos perdieron más del 70% de sus militantes durante la depuración del padrón de afiliados: el PRI perdió el 76% de sus militantes; el PRD tuvo una reducción del 75% en el mismo rubro; mientras que los listados del PT y MC se redujeron en 51%. En el caso del PAN la reducción en sus militantes fue del 38% y para Morena del 12% (no obstante, que tuvo miles de afiliación es que nunca registraron); sólo “curiosamente” el PVEM fue quien tuvo un incremento del 51%.

Las más de 10 millones 600,000 cancelaciones de registros que realizó el INE durante ese tiempo fueron producto de un proceso de depuración y de duplicidades de afiliación resultantes del procedimiento de construcción de nuevos partidos políticos nacionales.

También, la crisis de ideología de los partidos ha generado una serie de transformaciones en la relación de estas instituciones con su electorado. La más visible e importante es la confusión ciudadana. En la práctica, para el ciudadano común, las diferencias ideológicas de tan sutiles son invisibles, no hay distinciones concretas ni palpables entre un partido y otro; las propuestas y/o programas de gobierno de los partidos cada vez se asemejan más. Por ende, la confusión ideológica ahonda la distancia entre el ciudadano y el partido político y renueva el ciclo de desconfianza social hacia estas instituciones.

Aunado a todo lo anterior, habremos de agregar que existe una notoria disociación partido-candidato, que sin dudad es obra de la crisis de credibilidad de los partidos. Producto de este hecho, aparecen así una serie de personajes políticos que sutil o explícitamente se alejan de las siglas de los partidos, dejando atrás la época de las campañas de partidos para dar paso a las campañas personales, donde la exaltación de la persona es la parte medular para la captación del voto ciudadano.

Resulta obvio que en el momento actual los partidos políticos se han alejado sustancialmente de sus responsabilidades sociales y políticas originales. Han dejado de cumplir sus funciones centrales de agregación de intereses, de servir como canales de comunicación, de promoción de la participación y de determinación de la política y la organización del gobierno.

Ante la pérdida de sus funciones propias, los partidos han quedado limitados a la competencia en el escenario electoral; se convirtieron en organizaciones momificadas o esqueléticas orientadas a no figurar en nada y preocupadas, de manera exclusiva, por su sobrevivencia. A ello se suma un creciente desprestigio de la clase política, a causa de la corrupción, el clientelismo y la inoperancia. Producto de esta situación se generan procesos de antipatía, los cuales se manifiestan en la pérdida de identificación partidista, el declinar de la concurrencia electoral y de la membresía y la desconfianza. 

La decadencia que sufren debería ser suficiente lección histórica para concebir en los partidos un nuevo desempeño que implique reasumir los dos papeles centrales en una democracia: por una parte, la función social como responsables de la estimulación de la opinión pública y la socialización de la política y, por otra, la función institucional como parte instrumental de la conformación de los órganos del estado y el poder público.

Finalmente, frente la desoladora realidad partidista, existe en contra partida la gran posibilidad y la gran oportunidad de reconstrucción de los institutos políticos. En próxima entrega les contaré sobre ello.

A %d blogueros les gusta esto: