Nacional

El fracaso de los partidos políticos

Quirino Velázquez

De cara a la elección del 2021 vale la pena reflexionar en torno a la realidad que vive el sistema de partidos en México.

Nos encontramos en un escenario electoral en el que los partidos políticos atraviesan una seria crisis de credibilidad y una real desconexión con la sociedad. Por un lado, observamos la tendencia institucional al debilitamiento de estas organizaciones y, por otro lado, los partidos políticos tienen un muy bajo margen de aceptación y, por lo tanto, un bajo umbral de legitimación ante la ciudadanía y la opinión pública.

Ya sea por las condiciones políticas derivadas de cada contienda electoral, que pueden restar legitimidad a su función como entidades de interés público, carácter que les otorga el artículo 41 constitucional, o bien, porque su vida interna parezca hacerlos entrar en una zona de confusión que los lleva a perder el rumbo, los partidos políticos se encuentran en una condición que amerita una importante reflexión sobre la manera en la que se relacionan entre sí, con la ciudadanía, y con los demás elementos del sistema político.

En la actualidad, podemos observar diversos fenómenos. Principalmente, el entorno posterior a la elección de 2018 no logra aún asentarse y, a la vez, los tiempos electorales para 2021 se están adelantando. Pero, además, la vida interna de los partidos políticos con registro nacional muestra, hoy en día, una clara efervescencia (ya tienen “suspirantes”).

En ese contexto, hoy les cuento del fracaso de los partidos políticos porque registro que dieron vida al régimen de la transición. Fueron abrigados por las leyes y mimados con el presupuesto. Ocuparon el espacio de las instituciones, se instalaron en los congresos, se relevaron en las oficinas gubernamentales. Y en la elección del 2018 fueron prácticamente borrados del mapa. El hecho crucial de la política mexicana es ése: la tácita desaparición en el 2018 de los partidos políticos.

La destrucción del régimen de partidos es el dato crucial de nuestra vida democrática. No hay asunto tan relevante para la política mexicana contemporánea como ese: perdimos la brújula, los contrapesos, las reglas, los cauces y los correctivos, así como, las advertencias que se alojan en esas instituciones tan antipáticas.

Los partidos, sobre los cuales giró la política entre la última década del siglo XX y la pasada elección de 2018, fueron sepultados por el cataclismo electoral que llevó a Andrés Manuel López Obrador a la presidencia y a su coalición al control de la mayoría en ambas cámaras del Congreso nacional. Hoy solo los restos del PAN parecen tener algunos signos vitales, pero con muy quebrantada salud, mientras el PRI, el PRD y la demás “chiquillada” deambulan como zombis y se resisten a aceptar el hecho de su desaparición del espectro político.

Frente al motor caprichoso de la presidencia de México no hay nada. No hay Morena, no hay un partido en el gobierno que construya una nueva institucionalidad, que tenga dirigencia legitima y cultive una identidad fresca, que promueva participación, sino una simple organización dedicada a un culto de personalidad (se dice que desde el gobierno se conforman con tener a los “servidores de la nación” para la promoción política). Por otro lado, a descifrar la infinita sabiduría del “lopezobradorismo” y a recitar su padrenuestro se dedican ahora quienes quieren dirigir esa organización: ¿quién será el más devoto entre todos los candidatos?, ¿quién el más fiel?, ¿quién el más reverente? Esa parece ser la naturaleza de la contienda en Morena, partido que cómo ya lo he dicho en otras ocasiones parece que no tiene “ni ton ni son”.

Pero lo malo, es que en el escenario político no hay tampoco oposiciones. Y no hablo solamente del debilitamiento numérico de los partidos tradicionales, de su pequeñez en el legislativo, de la pérdida de sus votos. Hablo, sobre todo, de su desorientación, de su incapacidad para entender la sacudida del 2018.

El PAN en su origen no fue más que un grupo insignificante de intelectuales católicos que pactó con el régimen en las postrimerías del gobierno de Manuel Ávila Camacho para obtener su registro con las reglas proteccionistas de la legislación electoral de 1946, por lo que nunca fue realmente una organización independiente del arreglo corporativo de la época clásica del PRI. Cuando mucho fue una “leal oposición”, como la definió uno de sus líderes más preclaros, Adolfo Christlieb Ibarrola.

Hoy, el Partido Acción Nacional (PAN) no levanta la cara porque, desde el triste momento en que ganó la presidencia de la República, no sabe qué quiere. Fue víctima de su victoria y desde el 2000 no encuentra sitio en la política mexicana. El PAN primero fue ignorado por el “burro” Vicente Fox, luego humillado por el “beodo” Felipe Calderón. Se subió después al carro del “peñismo” y quedó para siempre tiznado por la terrible corrupción. Su apuesta en el 2018 terminó por borrar lo que quedaba de su identidad ideológica. Dudo mucho que alguien que lea esta modesta colaboración conozca el nombre de su dirigente nacional o estatal (de Jalisco), que conozca sus posturas sobre la marcha del gobierno o que imagine lo que desea el viejo partido “anticardenista”. El PAN, ese partido que habría de ejercer naturalmente la oposición, hoy no es nada.

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) no es siquiera una oposición confundida y callada. Actúa, más bien, como un colaborador del gobierno de la 4T que pretende disminuir los costos de sus escandalosas corruptelas. Está menguado, aborrecido, solitario, sin rumbo y entregado a los avatares de quien está en la “Silla del Águila”. El PRI es un partido irrelevante en busca de impunidad y que se aproxima a su extinción.

En el sol azteca, los pleitos constantes, la corrupción, el cinismo, el apego al dinero, las negociaciones burdas, la ambición desmedida, hicieron del Partido de la Revolución Democrática (PRD) un partido dependiente del gobierno capitalino y del federal en turno, sus cuadros fueron bajando de calidad política e intelectual hasta convertir una parte de ese partido en una cueva de malhechores. Gracias a los que estaban y a los que se quedaron, hoy ese partido camina vacío en su desdicha y a unos metros de caer en el foso de su sepulcro.

El Partido Movimiento Ciudadano (MC) quien muchos pensaron en que pudiera convertirse en una alternativa a nivel nacional no ha crecido. La franquicia electoral de Dante Delgado y Alfaro quiere actuar como movimiento, pero con las prerrogativas y malas mañas de partido. No se tomaron en serio como institución y le dejaron a la administración el quehacer político (aunque ilegal) a través de conocidas figuras (comités ciudadanos, consejos sociales, etc. etc.). Tiene presencia marginal a nivel nacional y parece que ha entrado en mala racha, ejemplo: hace apenas unos dias, en lo que se suponía uno de sus pocos enclaves (Nuevo León) políticos, le renunciaron “en bola” 12 mil militantes (lo que significa más del 60% de su padrón de afiliados en esa entidad) para pasarse al bando del PRI, aunque la dirigencia estatal de Movimiento Ciudadano calificó como falsa esa presunta renuncia. Lo cierto es que en muchos escándalos se han involucrado cuadros naranjas importantes como el protagonizado por el Senador (de Nuevo León) Samuel García (que realizó expresiones y actitudes machista a su misma esposa) y el de la Senadora suplente (también de Nuevo León) Marcela Luqué Rangel alias #LadyMiMuchacha (quien llamó esclava a su trabajadora doméstica). MC prácticamente solo tienen tierra fértil en Jalisco y más o menos en Colima. En una de esas, en la elección 2021 puede perder su registro (ojalá que no).

Del resto de la chiquilla PT, PVEM y PES sería un verdadero fastidio platicar de ellos.          

Así las cosas, podemos decir que la crisis de los partidos no es de anoche. Ninguno de los partidos de la transición entendió su responsabilidad en la construcción del pluralismo democrático. Ninguno de ellos asumió su deber desde el gobierno ni desde la oposición. No se tomaron en serio como instituciones, no cuidaron sus estructuras ni sus reglas, no alentaron el debate interior, no cultivaron liderazgos públicos. Fueron presa de las camarillas; se dedicaron a la trampa y a “chingarse” la lana (las prerrogativas). ¡Fracasaron! Y claro, van a pagar las consecuencias (ya las están pagando, casi todo mundo los aborrece).

Yo no sé si para el 2021 tengan tiempo para componerse, lo que que sí sé es que, con el fiasco de los independientes, se requieren partidos que, surgidos de la voluntad ciudadana, emprendan una renovación política basada en la razón y no en la omnipotencia y omnipresencia personalizada de los que gobiernan; y construyan una nueva moral partidaria, donde el poder se vivifique en la base militante y se exprese como un todo orgánico que, sin distingos, edifique una vanguardia política ciudadana que no menosprecie el valor del pueblo al que pretende representar. Hay que esperar y ver qué pasa…

Morena, pero hay un límite

Quirino Velázquez

Conforme se consolidaba la figura de Andrés Manuel López Obrador como candidato presidencial, millones de personas se acercaron al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) para afiliarse al partido en ascenso, fundado en 2014. Se estima que más de 3 millones de personas fueron registradas como militantes entre 2014 y 2017, año en el que Morena cerró las afiliaciones. Pero “curiosamente” en febrero de 2020, cuando concluyo el tiempo que el INE aprobó para que los partidos, en un plazo de un año, depuraran, sistematizar y actualizaran sus padrones de militantes, en Morena había, solamente, 317 mil 595 militantes.

A más de dos años después de ganar la presidencia de la Republica, la mayoría en las dos Cámaras del Congreso de la Unión, la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, ahora con siete gubernaturas, la mayoría en 20 congresos estatales y múltiples cargos municipales, Morena no ha podido pasar por un proceso de renovación de sus órganos de dirección.

Sin duda hay cosas que ocurren en Morena que no pueden explicarse siendo el partido en el poder. Pero viendo que en la administración federal existen otras situaciones inexplicables (ejemplo el manejo de la pandemia), no hay que sorprenderse mucho.

Así, entre el “impasse” del coronavirus y la crisis económica, pasó casi desapercibido que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) ordenó al INE que se haga una encuesta abierta a militantes y simpatizantes para elegir al nuevo dirigente del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), tras muchos meses de batallas internas por la dirigencia.

En efecto, pugnas internas, ambiciones políticas, incongruencias ideológicas, incumplimientos estatutarios, intereses de grupo y otros vicios más impidieron a Morena, de acuerdo a sus calendario y estatutos, renovar su dirigencia nacional desde el pasado año.

La carencia de un padrón formal de integrantes, canceló la posibilidad de una elección interna legítima, ordenada, y creíble que diera al partido en el poder un nuevo comité ejecutivo nacional sólido que se encargara de preparar las elecciones del 2021, las más grandes de la historia.

Falla tras falla, error tras error y conflicto interno tras conflicto interno, ha convertido a Morena en una rebatinga en la que se vislumbra como claro perdedor al propio partido que llegará a las elecciones del primer domingo de junio próximo como una mezcla de intereses y grupos, no como una alternativa político ideológica que dé soporte al gobierno de la 4T.

Cierto, en el hoy partido dominante no existen incentivos para el acuerdo y la negociación, después de haber tenido tres dirigencias (una fuerte la de AMLO, otra muy cuestionada la de Yeidckol Polevnsky y una muy gris la Alfonso Ramírez), han transitado por un sinfín de desencuentros que han agravado sus grietas y discrepancias.

Hace más de un año desde Palacio Nacional les sugirieron abiertamente cual tendría que ser la solución “hagan una encuesta”, sin embargo, no hubo posibilidades de acuerdo, se ignoró el diálogo y la posibilidad de crear un balance entre las fuerzas internas para llegar a una solución medianamente aceptable (en política no existen las soluciones perfectas).

El que el partido en el poder no sea capaz de acordar un cambio de dirigencia, genera incertidumbre en el actuar de sus ejecutivos federal, locales y municipales, también trastoca su representación en el legislativo y ello afecta, quiérase o no, a la República en su totalidad.

Contrario a lo que dicta la lógica partidista, la cúpula dominante de Morena decidió cerrar la posibilidad de nuevas afiliaciones, aseguraban que con ello se impedía que intereses ajenos a su proyecto intervinieran en su vida interna, cosa extraña, simpatizantes y ciudadanía en general se quedaron sin la oportunidad de adherirse al proyecto político que había arrasado en su primera elección. Al mismo tiempo, en Morena se formó una extraña amalgama de cacicazgos locales y gremiales, y hoy esta “atiborrado” de mercenarios políticos principalmente venidos del viejo y corrupto PRI.

Además, decidieron detener el desarrollo de su escuela interna de cuadros, grave error, sus principales políticos habían emigrado a los primeros y segundos niveles de la administración pública federal, sus fuerzas básicas necesitaban entrenamiento y capacitación en muchos temas, no la recibieron, decidieron entonces organizar “grupos de defensa” en muchos y variados distritos, sin embargo, ello impide la profesionalización de la militancia, necesaria en toda organización política, sobre todo la que se encuentra en el poder.

Ante la falta de un liderazgo fuerte, corrientes internas se fueron balcanizando. Cabe recordar que “origen es destino”, un día sí y otro también aparecían grupúsculos sin nombre pero que obedecían a un político encumbrado, algo muy parecido a lo que sucedió al interior del mal recordado PRD (hoy en etapa terminal), incluso lo prohibieron, pero no hicieron caso a sus propias reglas. A todo lo anterior se añade la presión que a diario hacen los famosos “fundadores”, aquellos que sienten tener un mejor derecho que los demás y que a toda costa han impedido la renovación de las élites internas de ese partido.

Y para rematar, uno de los actuales contendientes a la presidencia nacional, calificó a su propio partido (Morena) como un membrete sin vida, de hecho, lo son, no es que sea una organización secreta infranqueable, simplemente no hay órganos internos que le den vida, han desperdiciado casi dos años en ponerse de acuerdo solamente en la posibilidad de elegir una dirigencia y esto no pinta orgánicamente bien.

De cualquier forma, parece que habrá de surgir una nueva dirigencia, ahora por la vía de la encuesta abierta a toda la ciudadanía organizada por el INE, con todos los que ello implica y sin la garantía de que quien resulte triunfador sea respetado y obedecido en su dirección por los demás.

Treinta y cinco morenistas buscan la presidencia y treinta y seis la secretaría general, estos números revela lo fragmentado del partido y la ausencia de liderazgos verdaderos. Ni siquiera el octogenario y coyote de cepa Porfirio Muñoz Ledo con toda su estela de trabajo aglutina al número de simpatizantes necesarios para sentirse triunfador.

Están también en la búsqueda del control partidista jóvenes con consistencia ideológica, pero sin liderazgo, como Gibrán Ramírez y Antonio Attolini; políticas de cuestionable trayectoria como Yeidckol Polevnski, que ya mostro que no puede con el partido; y moderados con presencia pública nacional como el economista Mario Delgado Carrillo, entre otros muchos más.

Las encuestas darán el resultado, pero el mayor riesgo es que los grupos al interior de Morena se sigan por la libre e impidan que el partido se consolide en el proceso electoral más importante de su vida política. Al final de todo, yo creo (ojalá me equivoque) que acabarán en tribunales, y no será fácil la reconciliación.

Termino invocando palabras del joven periodista español Marc Bassets, que bien les quedan a los morenistas: “las intrigas, las frases envenenadas y las puñaladas traperas son desde tiempos inmemoriales, indisociables de la lucha por el poder, pero hay un límite….

El proceso electoral que arranca y sus retos en 2021

Ya comenzó formalmente el Proceso Electoral Federal 2020-2021, que será el más grande y el más complejo de nuestra historia.

Quirino Velázquez

El más grande, porque se está convocando a las urnas a casi 95 millones de ciudadanas y ciudadanos; se instalarán más de 164 mil casillas; se visitará a unos 12 millones de ciudadanos en sus domicilios con el fin de reclutar a cerca de 1. 5 millones funcionarios de casilla; y se organizará elecciones concurrentes (federales y procesos locales) en las 32 entidades del país para renovar más de 21 mil cargos públicos.

El más complejo, porque los grandes problemas nacionales siguen presentes y continúan erosionando nuestro tejido social y, en consecuencia, nuestra convivencia democrática. La pobreza y la desigualdad ofensiva siguen ahí, agravadas ahora con la compleja situación económica que azota al país y al mundo, recordándonos que, luego de más de un siglo, la justicia social que prometió la Revolución Mexicana sigue siendo un aciago pendiente. La corrupción y la impunidad que la alimenta sigue lacerando la desconfianza en la política y en las instituciones y genera una peligrosa antipatía con la cosa pública. Y la inseguridad sigue lastimando la convivencia pacífica y civilizada que supone una democracia.

A todo ello se suma la incertidumbre y temor que trajo consigo la peor pandemia del último siglo, que nos ha obligado a reinventar la vida social y a modificar radicalmente nuestras prácticas y modos de convivencia.

Así, las campañas políticas no podrán tener la parafernalia como ha ocurrido desde la era democrática moderna. Esto podría contribuir a que no se derroche dinero de manera tan indecorosa, como se hacía antaño.

Sin embargo, el riesgo de un abstencionismo histórico es inminente. La polarización, el hecho de que se elija a 15 gobernadores y la participación diaria del presidente AMLO deberían hacer suponer que será un proceso bastante movido, pero el Covid-19 amenaza y pone en riesgo el ánimo de los electores.

A partir de la inauguración del proceso electoral, muchos discursos cambiarán drásticamente. Porque toda esa imaginaria colectiva de la “4T” y la “oposición” dejará de ser hipótesis y fantasmas. Ahora se tendrán rostros y nombres, de uno y otro bando.

Conoceremos si como ciudadanos hemos aprendido la lección de escoger correctamente a nuestros gobernantes y representantes. Si analizaremos a las personas o nos moveremos solo por la afición a los colores partidistas. Recordemos también que será la primera ocasión en la que los diputados federales podrán ser reelectos y que, en el caso de Jalisco, los diputados y munícipes también lo podrán ser, por lo que se enfrentarán al premio o castigo de los electores.

El show de las elecciones en México ha comenzado. Arrancó como un huracán, negando el registro, por parte del INE, al partido del nefasto expresidente Felipe Calderón “México Libre”.

En este contexto, el proceso electoral 2020-21 ha dado formal inicio. Como poderoso remolino, que aspira todo lo que pulula a su derredor, la contienda por una gubernatura, un escaño, una presidencia municipal o regiduría se vuelve irresistible para muchos. Como todas las elecciones intermedias, los pronósticos se arremolinan para indicar derroteros que podrán cumplirse o, tal vez, quedar truncados. Pero las ambiciones usualmente se desbocan en persecución de horizontes, posiciones y certezas que, por lo regular, quedan cortos. Aun así, se forma una avalancha de sentires que llegan a traicionar los principios y la honorabilidad de aquellos que aspiran a ser electos. Ocupar una curul en la Cámara de Diputados (federal o local), la silla en palacio de gobierno (en el caso donde habrá elecciones para gobernador) o en palacio municipal se torna un asiento predilecto de cualquier sujeto que merodea por los alrededores.

Además, simultáneamente, se desarrolla otro drama paralelo a la contienda electoral: la disputa por la presidencia nacional de Morena. Esta presidencia no es cualquier puesto a elegir, sino, precisamente, el de mayor peso partidario y político de la actualidad. Uno que representa y responde por la mayoría de las legislaturas. Y lo que estará en disputa el año entrante, en verdad, no sólo serán escaños legislativos, gubernaturas o municipios, sino el destino y la continuidad de un proyecto político.

Es por eso que la presidencia de Morena adquiere una importancia crucial. Ahí se concentrará el tifón que indicará hacia dónde habrá de girar la visión nacional. Ahí se esculpirán las consignas que, puestas en práctica, habrán de tener resonancia en múltiples ámbitos de la vida organizada del país. Luego entonces la lucha por escoger a quien dirigirá sus derroteros, durante este crucial periodo, adquiere significación especial.

Morena ha perdido aire ideológico en los últimos años si es que algún día, en efecto, lo tuvo. Guiado por la fuerza gravitacional de un intento transformador, no pudo hacer otra cosa que seguir tal huella. Incapaz de levantarse por su propia voluntad para darle continuidad y horizonte a la aventura, se refugió en posiciones de trincheras. Se afilió, sin realmente fuerza, a la energía derramada por el lopezobradorismo. Ha sido un movimiento que tal vez concentró sus abundantes capacidades en asuntos de menor traza. Unos, marcados por copiosos pleitos y rivalidades internas. Disputas que le impidieron aglutinar a sus agremiados tras cuestiones trascendentes. No ha podido conjuntarlos y, menos aún, animarlos a visualizar lo que al país le espera delante de las crisis actuales.

Yo no sé quién vaya ser el nuevo dirigente nacional de Morena, ojalá no vaya ser Porfirio Muñoz Ledo quien, además de su muy avanzada edad, fue colaborador del “burro” Vicente Fox (PAN), ha sido presidente del PRI y del PRD. Es decir, es un ajonjolí de todos los moles que ya mal puede hablar y de plano no puede caminar. Viejo “coyote” y pragmático Muñoz Ledo por sus características tiene más posibilidades y debería buscar más bien llegar al infierno (a donde sin duda llegará) que a la presidencia de Morena. Y no porque tenga algo en contra de las personas de la tercera edad (en esas ando) pero el octogenario Porfirio por decoro debería darle oportunidad a jóvenes y no tan jóvenes que entran en la disputa (Gibrán Ramírez, Antonio Attolini, Mario Delgado, Javier Hidalgo y un puño más) y que desde luego tienen mejor perfil que él. En fin, esa es cosa de los Morenos que a decir verdad no inician el proceso electoral muy bien que digamos.

Finalmente, no deberá transcurrir mucho tiempo de que se produzca la información que definirá quién(es) estará(n) en uno de los frentes de batalla y quién(es) en el lado contrarios para, entonces sí, comenzar a hacer un análisis de prospectiva serio de cara a los comicios por venir que, amén de ser los más grandes y complejos de las últimas décadas, serán también los que de manera más clara aportarán a definir el futuro de México…

Concluyo, a propósito del proceso electoral que ya arrancó, con lo dicho por el presidente AMLO durante su conferencia matutina del pasado martes: Vamos a estar fisgoneando el gasto en estados y municipios si vemos que están utilizando dinero de presupuesto del gasto estatal para entregar despensas o comprar votos lo vamos a denunciar” (pero no dijo nada del gasto federal).

PD. José Gabriel Velazquez y Rosina Chavira asumieron la dirigencia municipal del Partido Movimiento Ciudadano (MC) en Tlajomulco. No es un reto menor dadas las condiciones de todos los partidos políticos, que como vehículo de representación y gobernanza han perdido credibilidad ante la opinión pública, porque lucen deteriorados, agotados, descoloridos y anémicos (y no por la pandemia), en un momento en que nuestra democracia demanda que los partidos se reinventen, se sacudan y se renueven, para que sigan siendo quienes tomen las iniciativas ante un régimen cada vez más cerrado. “No es el hecho, sino lo que significa el hecho”.

Un proceso diferente

Alfonso García Sevilla


Esta semana inició oficialmente el proceso electoral 2021, mismo que se antoja será muy interesante, ya que se juega la mayoría legislativa el presidente López Obrador, además de que serán unos comicios marcados por la pandemia del Covid-19 y la crisis económica que ha dejado a su paso.
Interesante será ver si el proyecto de nación de AMLO se refrenda en las urnas, si bien es cierto el mandatario goza aún de mucha popularidad -las casas encuestadoras manejan en promedio 54 por ciento de aprobación- también es cierto que la situación actual del país no pasa por su mejor momento y aún no se ha tocado fondo. La economía pasa por un bache que ha hecho retroceder el Producto Interno Bruto en 18.9 por ciento en lo que va del año, la inseguridad y la violencia desbordadas sin freno y el sector salud sin medicinas para los enfermos de cáncer, afectando en mayor medida a los niños.
Asimismo, la oposición está diezmada y no ha encontrado la fórmula necesaria para hacerle frente. A pesar de los múltiples tropiezos de la administración federal, no hay en la clase política actual un paladín que enfrente a la 4T, el desprestigio de los políticos abona a la imagen que conserva AMLO de honestidad, vamos, la percepción de la gente sigue siendo de que pueden ser todos corruptos, menos el presidente.
Otro factor por seguir será el cómo hacer campaña ante las condiciones sanitarias por el Covid. De seguir las cosas como hasta hoy no será factible la campaña de eventos masivos, donde los aspirantes enseñan músculo para generar percepción. Los espectaculares, vallas, playeras, cilindros, pero, sobre todo, los medios y las redes se verán saturadas de publicidad política, con el consecuente hartazgo del ciudadano y las toneladas de basura que generan.
Esperemos la confirmación de alianzas locales y federales, las estrategias en materia de comunicación para defender y atacar al gobierno, las propuestas de uno y otro lado para sacar a México de la crisis, pero lo más importante será que la elección del 2021 traerá consigo el juicio sobre el desempeño de la primera mitad de AMLO ¿cuánto ganará o perderá? Esa será la cuestión principal de este proceso.

Así va la disputa electoral

Quirino Velázquez

El próximo año el mapa político de México cambiará de colores partidistas con base en dos referencias: el respaldo o el castigo a la administración actual que encabeza el presidente Andrés Manuel López Obrador. En el próximo proceso electoral se disputarán 21,368 cargos elección popular y 15 gubernaturas, la complejidad electoral de 2021 mostrará qué apoyo retuvo AMLO en la primera mitad de su mandato o, por el contrario, cuánto espacio recuperará la oposición.

A nueve meses de distancia de la fecha en que se llevarán a cabo (06 de junio 2021) las elecciones más grandes y complejas de nuestro país, parece que ya iniciaron las campañas electorales. Sin duda los tiempos de campaña agobian por su intensidad, pues el encono se vuelca por completo a la contienda y los gobiernos se convierten en una extensión de los partidos. Toda la atención y todos los recursos se disponen para ganar votos, se privilegian las posiciones de los compañeros y se bloquean las propuestas de los adversarios. En ausencia de instituciones sólidas, son los intereses personales (agrupados en las siglas partidarias) los que dirimen los asuntos públicos. Las diferencias se agigantan, se diluyen los matices, las ideas se hacen consignas y todo se forma y se interpreta en clave electoral.

domina perfectamente Andrés Manuel López Obrador y, a su vez, la lógica que domina al presidente. No hay gobierno sino campaña permanente y, en consecuencia, todas las decisiones se toman en clave de amigo-enemigo. Quien no comprende esta dinámica tampoco entiende el sentido de las decisiones que se han ido tomando. Los puestos no deben ocuparlos los servidores públicos profesionales sino los leales, los presupuestos no solo están para resolver problemas sino para incrementar la influencia del bando propio, los programas se diseñan para llegar al mayor número posible de electores y la narrativa del gobierno justifica todo lo anterior.

Así, aun con ese método de trabajo, en la víspera de lo que fue su Segundo Informe de Gobierno, diferentes encuestas colocaron al presidente López Obrador en franca caída de su original apoyo, particularmente el caso de la realizada por el diario Reforma, que coloca la aprobación del presidente en 56%, 22 puntos porcentuales que en la primera encuesta de evaluación del gobierno lopezobradorista realizada por el mismo medio en marzo de 2019.

En efecto, en la encuesta más reciente del periódico Reforma, el presidente López Obrador tiene una aprobación del 56% de la población. Nada mal considerando los resultados (bastante malitos) de su gobierno. Resulta que, a Morena su partido, tampoco le va mal. En la encuesta referida, cuando se pregunta “si hoy hubiera elecciones para diputado federal, ¿por quién votaría?”, el 43% de los mexicanos responde que “Morena”. Es, de lejos, el partido con mayores intenciones de voto en este momento.

Muy atrás se encuentra el PRI, en segundo lugar, con el 21% de las preferencias. Vale la pena detenerse un momento para cuestionarse cómo jugará el tricolor en las próximas elecciones. De entrada, uno pensaría que el PRI es una de las alternativas opositoras. Efectivamente, podría jugar ese papel. Posicionarse como una opción antilopezobradorista con un ojo puesto en la elección presidencial de 2024.

Por increíble que parezca, hay gente que piensan que el PRI puede regresar al poder después del cochinero de corrupción que dejó el sexenio de Peña Nieto.

También, el PRI puede jugar como uno más de los partidos satélites del lopezobradorismo. A muchos priistas les gusta estar dentro de la coalición gobernante, ya sea por compatibilidad ideológica o conveniencia a sus intereses. Uno de esos intereses es mantener la impunidad frente a actos de corrupción. Tomemos el caso hipotético de un gobernador priista de un estado donde habrá elecciones para sucederlo en 2021. Dicho gobernador sabe que tiene mucha cola que le pisen: que abusó de su poder para enriquecerse. Por un lado, puede competir fuerte para que se quede el PRI en el poder, pero corre el riesgo que lo investigue el gobierno federal y acabe en la cárcel por corrupto. Por el otro, puede dejar que gane el candidato de Morena negociando su impunidad futura. No hay que ser genio para saber que, entre ir a la cárcel o vivir tranquilamente en Vail, cuál sería la decisión de dicho gobernador.

Me parece que Morena, incluyendo al presidente AMLO, está en la tesitura de una alianza tácita con el PRI, el famoso “PRIMOR”. El coqueteo de ambas partes es evidente. Sino vean lo que sucedió en la Cámara de Diputados que acaba de eligir como su presidenta a la priista Dulce María Sauri (ex presidenta nacional del PRI ligada a Salinas).  

Si es así —y tomando en cuenta que el Partido Verde, el del Trabajo y Encuentro Social (que posiblemente recupere su registro) ya orbitan alrededor de Morena—, ¿cuáles alternativas opositoras reales habría en la boleta?

Está, desde luego, el PAN quien tiene el 20% de las intenciones de voto en la encuesta de Reforma. Ese no es un número nada halagüeño. Sin embargo, según la serie de encuestas del mismo periódico, trae una tendencia al alza. En marzo de 2019 tenía tan sólo el 12% de las preferencias. En la medida en que Morena ha caído (de 57% en marzo del año pasado a 43% en la actualidad), el PAN ha subido. No es casualidad, en este sentido, que desde el gobierno federal estén tratando de involucrar más a los panistas del pasado que, a los priistas, en presuntos casos de corrupción.

Pero aquí entra otro factor que todavía no puede medirse en las encuestas: los nuevos partidos que recibirán registro por parte del INE (esta semana se va a conocer cuáles). Uno de ellos será, con alta probabilidad, México Libre, el partido de varios expanistas, incluidos Margarita Zavala y su esposo el beodo nefasto expresidente Felipe Calderón. Se trata de una opción de derecha que, sin duda, le disputará votos al PAN. Eso es oro molido para Morena porque, en la medida en que se divida el voto opositor, los morenistas podrían ganar más puestos de elección popular.

Movimiento Ciudadano es un partido que sí ha jugado a ser oposición verdadera, sobre todo sus tres principales figuras, el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro Ramírez, el hoy senador con licencia Clemente Castañeda (dirigente nacional de MC) y el sempiterno líder naranja Dante Delgado. El problema es que MC sigue siendo un partido chico a nivel nacional. En la encuesta de Reforma ni siquiera sale como opción; es parte del 10% de respuestas que se agregan en “otros”. Y si le agregamos a eso que no van a ir en coalición con otra fuerza política para las elecciones federales (según lo declarado por su dirigente nacional Clemente Castañeda) sabe Dios como les vaya. Aunque a decir verdad eso, junto con la designación de buenos candidatos puede ser una gran fortaleza electoral en los próximos comicios que los saque ya de la posición marginal que ahora tienen a nivel nacional. Yo creo que están haciendo bien en no coalicionarse con los que se conocen como “partidos tradicionales”

En dicha encuesta, hay un 6% que votarían por “independientes”. Interesante resultado de una figura política en declive que tuvo su auge en la elección de Jaime Rodríguez como gobernador de Nuevo León hace cinco años, pero que luego se desinfló como globo.

Podemos pensar que, según las encuestas, la aprobación del presidente López Obrador es un fuerte predictor del voto por Morena. Sin duda, rumbo a 2021, el factor AMLO es central. Aún sin estar en la boleta, el presidente estará en la mente de los electores, y eso juega a favor de su partido (Morena) en las elecciones intermedias, que suelen tener un rasgo plebiscitario.

Por lo pronto así están las cifras en las encuestas, pero todavía falta mucho. Lo más importante: quiénes serán los candidatos. Viendo los números de hoy, seguro que quienes sean candidatos serán fundamentales para definir la contienda del próximo año.

¿Qué sigue?

Alfonso García Sevilla

Se llegó, se rebasó y continuamos padeciendo el escenario catastrófico que Hugo López Gatell, subsecretario de salud federal, predijo acerca de la pandemia del Covid-19: 65 mil muertos, exhibiendo un endeble andamiaje para prevenir esta tragedia, más cuando el propio funcionario tan solo consideraba que el número de víctimas sería, según lo dio a conocer el 27 de febrero, sería de “12,500 personas que podrían perder la vida con un intervalo tan de amplio como justamente el límite de 6,000, que podría llegar hasta cerca de 25,000 o 30,000”.

Gatell ha fracasado rotundamente, y para muestra varios botones:
Decretó el fin de la jornada de sana distancia, cuatro semanas después, se duplicó el número de defunciones, en una curva que hasta hoy no se aplana; estableció una vocería caracterizada por la incongruencia, no generó contenidos ni mensajes de utilidad que permitieran movilizar a la población y a las autoridades de manera efectiva a favor de la salud; nunca estableció una coordinación tendiente a la cooperación con gobernadores en pro de la salud de los mexicanos y se prestó —como denunció el gobernador de Jalisco— al manejo político del semáforo epidemiológico; fracasó su “modelo centinela” porque aseguró que serviría para contabilizar los casos de contagio grave, pero el Registro Nacional de Población y el exceso de mortalidad dan constancia de que sus números no cuadran; además de negarse a promover el uso de cubrebocas, práctica que ha comprobado reducir el contagio. Peor aún, al comienzo de la crisis aseguró que México había aprendido de los errores cometidos por otros países y que aquí nunca pasaría lo mismo, cuando la tragedia es muy grande.

Pero sin duda, son los 65 mil 241 muertos por Covid la evidencia más contundente del fracaso de la 4T en el manejo de la pandemia y de Hugo López Gatell como responsable del barco. Los hechos nos exhiben a un funcionario incapaz de establecer estrategias congruentes a la realidad del país, incapaz de dejar el ego de lado y coordinarse con gobernadores, ausente de sensibilidad y sin capacidad de reacción ante los desbordados números que se dice, podrían superar los 100 mil muertos en este año, sin que tengamos cambios radicales e inteligentes en el manejo de esta crisis sanitaria, ni en el encargado de hacerle frente.
Mi resto:

Exponenciales índices de violencia, percepción de corrupción que no cesa y una economía en una caída histórica marcan el segundo informe de gobierno de AMLO. Será interesante esperar si hay autocritica o si como de costumbre sigue en el camino del autoelogio y con otros datos sigue evadiendo la realidad que México enfrenta.

Muchos (entre ellos yo)

Quirino Velázquez

Durante mucho tiempo mucha gente (entre ellos yo) compartió el análisis sobre nuestro país del hoy presidente Adres Manuel López Obrador. México, el país de intereses enquistados, de privilegios atrincherados, de cotos reservados. México, el país profunda y dolorosamente desigual. México, el país con miedo a mirar a sus pobres y a sus indígenas, a quienes viven parados en los camellones vendiendo chicles o mueren de hambre en el campo, sembrando maíz. México, el país del neoliberalismo salvaje…

Por ello, muchos (entre ellos yo) pensaron que AMLO cómo presidente empujaría una agenda capaz de combinar el crecimiento con la redistribución, el capitalismo competitivo con el capitalismo democrático, una profunda reforma fiscal con el ingreso básico universal. Muchos votaron por él creyendo que se abocaría a establecer condiciones para crear riqueza y repartirla mejor.

Pero lamentablemente muchos (entre ellos yo) hoy ven con tristeza cómo el presidente López Obrador se parece cada vez menos a Franklin Delano Roosevelt (que AMLO admira, creador del programa político conocido como New Deal, que sacó a Estados Unidos de la gran depresión económica originada por la crisis de 1929) y cada vez más a Plutarco Elías Calles (se decía y se le conocía cómo el jefe máximo de la revolución). Muchos (entre ellos yo) creen que el presidente no ha querido ser un izquierdista; pero que ha demostrado que es un priista. Con lo que hace o deja de hacer está reconstruyendo el sistema de presidencialismo metaconstitucional que el PRI inició: ese modelo de Ogro Filantrópico (en 1978, Octavio Paz publicó un ensayo político que sacudió conciencias. su título El Ogro Filantrópico), en el cual el gobierno controlaba y repartía, dominaba y regalaba. Ese modelo añorado, ahora desempolvado, que sirvió para crecer y redistribuir en el pasado, pero que de poco servirá para desarrollar y reconstruir en el presente.

Muchos (entre ellos yo) piensan que se promueve una retórica oficial en favor de los pobres, pero por las políticas públicas se engrosará sus filas. Muchos (entre ellos yo) creen que vamos de vuelta a un arreglo feudal (François-Louis Ganshof dice que: puede definirse el feudalismo como un conjunto de instituciones que crean y rigen obligaciones de obediencia y servicio –principalmente militar– por parte de un hombre libre, llamado “vasallo”, hacia un hombre libre llamado “señor”) que hará cada vez más difícil la recuperación nacional.

El Presidente y sus seguidores insisten en ser distintos, cuando se comportan igual. Todo eso que elogian es lo que habría que desmontar. El modus operandi heredado del “prian”. Esa República “mafiosa” que todavía construye complicidades con licencias, contratos, concesiones y subsidios. En vez de enderezar todo aquello que el PRI y luego el PAN enchuecaron, parece que hoy el gobierno de Morena lo cepillaron.

Muchos (entre ellos yo) siguen creyendo en las causas de la Cuarta Trasformación, pero hoy la defensa de sus métodos equivale a una defensa del “prianismo”. Es decir, defender hoy los métodos del gobierno equivaldría a una apología de la regresión impuesta por el PRI y el PAN en su tiempo banal.

Muchos (entre ellos yo) se niegan a rendirle reverencia a un ejecutivo con ideas que creíamos muertas y que han sido la razón fundacional de nuestro rezago histórico. Muchos (entre ellos yo) se niegan a vivir en la nueva “dictadura perfecta” de paradigmas pasados. Muchos (entre ellos yo) se rehúsan a creer que México será mejor si millones aspiran a menos en vez de que millones aspiren a más. Muchos (entre ellos yo) se rehúsan a renunciar a una modernización compartida (basada en la ciencia, la tecnología, la cultura, la innovación, las energías renovables, el crecimiento del PIB, los impuestos a la riqueza) capaz de formar ciudadanos orgullosos de la prosperidad ampliada.

Muchos (entre ellos yo) creen que el prianista que el presidente lleva a dentro, exige que dejemos de ser comensales de la democracia. Demanda que nos transformemos en colaboradores de una regresión que pone en riesgo la capacidad de componerla. No está en busca de ciudadanos libres, críticos, capaces de pensar por sí mismos, sin necesidad de un caudillo carismático que les diga cómo hacerlo. No promueve la deliberación, sino la colusión. Lo suyo no es la libertad sino la complicidad. No exalta la independencia sino la connivencia.

Muchos (entre ellos yo) opinan que los colaboradores que AMLO reclutó son capaces de traicionar su “ideología” de izquierda y su moralidad “de derecha”, con tal de servir al “jefe máximo de la trasformación”. Porque en esencia de eso se trata: defender, justificar, legitimar y normalizar una voluntad única. Si los colaboradores del presidente fueran congruentes con la causa de desmantelar los privilegios del viejo régimen “prianistas”, combatir la corrupción y poner a los pobres primero, se opondrían a una larga lista de decretos que contradicen ese discurso. Ahora, más bien esos “grandes colaboradores” excusan los abusos del poder, minimizan la evidencia, tergiversan los datos, despliegan dobles esquemas, y utilizan distintas varas de medición. Lo que fue inaceptable bajo el PRI y el PAN parece que se vuelve permisible bajo Morena.

El presidente ha dicho que “son tiempos de definiciones”. Sí, son tiempos de definiciones y será necesario asumir posiciones. He aquí la de muchos (entre ellos yo): México no es ni debería ser una teocracia (sistema político en el cual los sacerdotes o los príncipes, en su calidad de ministros de Dios, ejercen el poder político) o una monarquía o una tribu o una secta que acepte la palabra de un líder como ley. No es ni debería ser el país de la posverdad (distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Los demagogos son maestros de la posverdad) donde todo aquello que no le gusta al poder es catalogado como «fake news». Donde la ficción se manufactura en la mañana para que parezca verdad.

Muchos (entre ellos yo) creen que México aún puede ser el país anhelado: el que debate datos, busca entender problemas, legisla soluciones, institucionaliza conflictos, encara desigualdades históricas, combate corrupciones endémicas. Todo eso heredadas del viejo régimen “prianista” que Morena se niegan a enterrar. Esa aspiración sigue viva. Habrá que seguir defendiéndola de un “aparente prianista” que ha traicionado principios esenciales que lo llevaron al poder. Ignorando o violando las leyes. Ignorando o menospreciando a las mujeres. Ignorando o pisoteando a los pocos contrapesos construidos. Ignorando o empobreciendo aún más o los pobres. Ignorando o suprimiendo la laicidad del Estado. Ignorando o aplastando la demanda de desmilitarizar al país. Ignorando o desdeñando las reglas para elaborar leyes, dirimir conflictos, crear o remodelar instituciones, procesar diferencias…

Muchos (entre ellos yo) saben qué AMLO hace muchísimo tiempo renunció al PRI y que nunca ha sido del rezandero PAN. Ya es tiempo que en los hechos lo demuestre y, sino, nadie (menos yo) le quitara la jactancia de ser el presidente “prianista”

Corrupción, vídeos e impunidad

Alfonso García Sevilla

En el portal de la Secretaría de la Función Pública se puede leer la definición con la que establecen el término de “Corrupción” y sus diversas variantes y que a la letra dice:
“Consiste en el abuso del poder para beneficio propio. Puede clasificarse en corrupción a gran escala, menor y política, según la cantidad de fondos perdidos y el sector en el que se produzca.
Corrupción a gran escala: La corrupción a gran escala consiste en actos cometidos en los niveles más altos del gobierno que involucran la distorsión de políticas o de funciones centrales del Estado, y que permiten a los líderes beneficiarse a expensas del bien común.
Actos de corrupción menores: Los actos de corrupción menores consisten en el abuso cotidiano de poder por funcionarios públicos de bajo y mediano rango al interactuar con ciudadanos comunes, quienes a menudo intentan acceder a bienes y servicios básicos en ámbitos como hospitales, escuelas, departamentos de policía y otros organismos.
Corrupción política: Manipulación de políticas, instituciones y normas de procedimiento en la asignación de recursos y financiamiento por parte de los responsables de las decisiones políticas, quienes se abusan de su posición para conservar su poder, estatus y patrimonio.”

En días recientes hemos visto en medios de comunicación y redes sociales videos de presuntos actos ilícitos de diversos partidos políticos, desde sobres hasta bolsas con dinero que permitió sobornar legisladores y “apoyar” la causa lopezobradorista, que, por la definición de la Función Pública, ambos caen en el supuesto de corrupción. Todos deben ser investigados y sancionados, no basta con darlos a conocer, si queremos combatirla hacen falta culpables que paguen el delito.

La corrupción en nuestro país es un mal que lejos de disminuir se fortalece ante la mirada atónita de los ciudadanos y la falta de acción para combatirla de los gobiernos. La impunidad total que vivimos es un caldo de cultivo para que este fenómeno no disminuya y continúe carcomiendo las estructuras sociales y enquistándose en el ADN gubernamental. En México, el crimen SÍ paga.

¿Qué falta para combatirla? Las leyes son claras, nos describen los actos que no se debe realizar y sus penas, el gran problema es la ausencia de una autoridad interesada en “cumplir y hacer cumplir la ley”. Aunado a la doble moral de la sociedad, que por un lado critica y se ofende y por el otro ofrece la “mordida” para evitar una sanción o agilizar un trámite ¿Conoce a usted a alguien que este preso o haya sido castigado por incurrir en casos de corrupción?

Sigamos pues actuando con base a los dichos que hemos acuñado a lo largo de nuestra historia, sigamos viviendo la realidad de “el que no transa no avanza”, “con dinero baila el perro”, reflejando el poco compromiso e interés de gobierno y sociedad por combatirla. Sigamos esperando de donde saldrá el héroe que iniciará con la dura tarea de revertirla y lo más importante como implementar mecanismos eficientes para un cambio de mentalidad en las nuevas generaciones de ciudadanos. Y gran parte de este trabajo inicia desde casa. ¿Usted le entra amigo lector?

Iniciemos el salvamento y el rescate

Quirino Velázquez

Un nuevo estudio alerta que la capa de hielo de Groenlandia, que forma parte del Círculo Polar Ártico, se ha derretido de tal manera que ha llegado al punto de no retorno, incluso, si las emisiones de gases de efecto invernadero se frenaran hoy y menguara el calentamiento, el hielo continuaría reduciéndose. Los glaciares de la isla más grande del mundo están en un punto de inflexión, de acuerdo con la investigación publicada (el jueves pasado) en la revista Nature Communications Earth and Environment. Son más de 280 mil millones de toneladas métricas de hielo derretido los que Groenlandia arroja al océano cada año y eso convierte a esta isla en el mayor contribuyente del aumento global del nivel del mar.

En el sur, en la Antártida (Antártida​ o continente antártico, ​ también denominada Antártica en Chile, es el continente más austral de la Tierra. Está situada completamente en el hemisferio sur, casi enteramente al sur del círculo polar antártico y está rodeada por el océano), los científicos han hallado que las enormes capas de hielo se derriten a un ritmo cada vez mayor y hay toda la probabilidad que se acelere más en el futuro. ¿Qué significa? Que el continente helado también está arrojando agua al océano. De acuerdo con una investigación financiada por la NASA y publicada en la revista Nature Geoscience, la fusión del hielo elevará drásticamente el nivel del mar con consecuencias potencialmente catastróficas para la humanidad.

Mientras, lamentablemente, eso sucede en los casquetes polares, un gran iceberg ya golpeó al trasatlántico de la política mexicana. Lo peor, no sé sabe cuántos botes salvavidas tenemos. Por eso no sé sabe si se salvará el régimen, el partido, el gobierno, el sistema o el país. No sé sabe si se salvarán todo ello o no se salvará nada. Tampoco sé sabe a quién se quiere salvar. Es más, no sé sabe si tenemos botes salvavidas.

Pero, de tenerlos, es muy claro que el régimen podría salvarse si se pone del lado de la gente y si aplica una adecuada política nacional. Que el partido gobernante (Morena) podría salvarse si se deslinda oportunamente del gobierno en lo que no le gusta al electorado, si encuentra y elige candidatos idóneos (internos y externos) para las próximas elecciones, si diseña y aplica una estrategia inteligente, si propina un oportuno golpe político magistral (cómo parece ser el caso Lozoya), si consensa con aliados provechoso (no importa que no sean partidos) y si cuenta con la suficiente suerte.

Es muy claro que el gobierno (de los tres niveles) podría salvarse si deberás abraza una muy convincente legalidad, efectividad, gobernabilidad y honestidad. Que el sistema podría salvarse si recurre a una política económica y social que lo reconcilie con las mayorías. Que el país se salvaría si se puede reinstalar la seguridad, el desarrollo y la justicia, así como si se puede realmente atenuar o acabar con la terrible desigualdad imperante.

La historia política de la humanidad ha sido infalible en los últimos 250 años. A los periodos de ingobernabilidad generalizada y de corrupción incontrolada los ha sucedido la dictadura popular, la dictadura militar o la disolución del Estado.

Todo esto, nos trae un mensaje para los días actuales. Sabemos muy bien hacia dónde queremos llegar. Para nadie es un enigma lo que debiera ser nuestro destino en cuanto a desarrollo económico, justicia real, seguridad pública, suficiencia energética, modernización educativa, cultura integral, reordenación hacendaria, desarrollo social, salud de fondo, medio ambiente, reinserción internacional, paz verdadera, respeto tolerante, cooperación recíproca, humanismo de esencia y gobernabilidad política.

Pero de lo que no estoy tan seguro es de qué tan conscientes estamos de nuestro punto de partida. Porque es muy cierto que necesitamos una nueva visión y un nuevo ejercicio de la vida colectiva. Pero ¿qué vamos a hacer con nuestro actual trebejo (utensilio que se utiliza para realizar alguna actividad)? ¿Lo vamos a cambiar por equipamiento nuevo o tan sólo lo vamos a reparar, a decorar o a enjuagar? ¿Llamaremos al reparador o, de plano, a un nuevo proveedor? Porque algo de lo que ya no nos funciona puede tener compostura, pero algo sólo se mejora con repuesto.

Esto me ha recordado que, en mis años adolescentes, me pareció toda una hazaña la travesía del Apolo XI. Desde luego, lo fueron el descenso del módulo lunar Eagle, los informes de su piloto Edwin Aldrin jr, la caminata del comandante de la misión Neil Armstrong (primer hombre sobre la Luna) y las transmisiones desde Honeysuckle Creek (estación terrena de la NASA en Australia cerca de Canberra, y fue fundamental para el Programa Apolo). Pero, con el paso del tiempo, fue cuando me percaté que lo más importante de toda esa proeza no fue haber llegado a la Luna sino haber salido de la Tierra.

En efecto, vencer la gravedad terrestre fue el tema esencial de las travesías espaciales. Para salir del planeta, el hombre tuvo que inventar maquinarias y combustibles, instalar centros de navegación, adiestrar legiones de nuevos especialistas, descubrir muchos datos de la relación de la Tierra con el resto del espacio, así como mil cosas más. Llegar a otros lugares del cosmos fue tan sólo una consecuencia derivada del lanzamiento de la nave.

Es muy cierto. Sólo la madurez o algo que se le parece me convencieron de que, en la vida, lo más importante no es a dónde llegar sino de dónde salir como individuos, como sociedad, como gobierno, como partido, como nación (cómo entidad federativa o cómo municipio) y como especie. Descubrir o inventar lo que tendremos que disponer para salir de nuestra celda gravitacional.

Llegar al país que queremos puede llevarnos una, dos o varias generaciones. Pero lo más importante, para nosotros los actuales, no es llegar a nuestro destino de ensueño sino salir de nuestro lugar de pesadilla. Por eso, en muchas ocasiones me he preguntado si lo más importante de lo que hizo Cristóbal Colón fue haber llegado o haber partido. En ciertos momentos he creído lo primero, pero en muchos otros me he convencido de lo contrario.

Saber comprender todo esto es uno de los mayores desafíos del político y saber resolverlo es uno de los mayores atributos del buen gobernante. Vencer esas fuerzas gravitacionales representadas por el burocratismo, la insensibilidad, la apatía, los intereses, las corrupciones, los oscurantismos y las cobardías. Pero, también, saber medirlo para decidir en qué se requiere cambiar de método, de equipo, de programa, de institución o, incluso, en qué se requiere cambiar al sistema entero o al país (estado o municipio) completo.

Finalizó diciendo que: la sabia vida y la terrible pandemia nos han enseñado, primero, que todo es sumergible y es destructible. Segundo, que con la mayor rapidez nos debemos aplicar al control de daños. Tercero, a nivel nacional, estatal y municipal, que iniciemos el salvamento y el rescate.

El Presidente es un misterio

Quirino Velázquez

Pareciera que en materia de golpes mediáticos el presidente Andrés Manuel López Obrador es un imán irresistible, sea por citar erróneamente a Mario Puzo y su famosa novela “El Padrino”, como por anunciar una reforma al Sistema de Pensiones que cambiará la calidad de la vejez de millones de personas. Un día inventa adversarios donde no los tenía para escándalo de muchos que no conciben a un presidente que parece disfrutar la polarización de los mexicanos, al día siguiente firma un tratado histórico con los Estados Unidos gracias a un enorme esfuerzo de contención y madurez. Asimismo, minimiza el uso del tapabocas, para consternación de todos, y después se lanza a una gira en la que cicatriza divisiones con gobernadores de oposición recalcitrantes (cómo los de Guanajuato, Jalisco y Colima). En suma, cuando creemos que ya conocemos como es y cómo va actuar AMLO nos equivocamos siempre.

En efecto, a poco más de un año y ocho meses después de haber asumido el poder, el presidente Andrés Manuel López Obrador sigue siendo un enigma para los mexicanos pese a que su voz y su rostro se han hecho omnipresentes en la vida del país. Las pasiones que inspira a favor y en contra han sustituido al fútbol, a las series de Netflix o a los escándalos de los artistas o de los políticos como el principal tema de conversación en círculos mediáticos y en las charlas de sobremesa. Material no falta, gracias al torrente inagotable que arrojan dos horas diarias de conferencia “mañanera” de lunes a viernes y videos los sábados y domingos. Cierto es que antes de que la “comentocracia” y las redes sociales terminen de ingerir y digerir los planteamientos, denuestos y expresiones ofrecidas por el presidente, deben enfrentarse a una nueva andanada. Cuando ellos van, AMLO ya viene de regreso con más material igualmente polémico.

Y pese a su permanente sobre exposición, el presidente López Obrador es un misterio, aun cuando todos creamos que lo conocemos y le hemos tomado la medida. Y esto es así porque la concepción que la mayoría tenemos de él se alimenta de las estampas y los “clichés” a través de los cuales hemos acuñado eso que llamamos AMLO. “mesías tropical (calificativo que le endilgó Enrique Krauze), populista trasnochado, provinciano anacrónico, ignorante caprichoso, vengativo belicoso, amenaza para México, bueno hasta “comunista” según sus detractores. “Luchador infatigable, sabio, justo, incorruptible, conocedor profundo del alma mexicana”, y hasta “líder espiritual”, según sus seguidores.

Para fortuna de AMLO y nuestra desgracia, él es todo lo anterior de manera fragmentaria, lo cual lo convierte en un hombre en cierta forma indefinible. Un manojo de contradicciones, una suma de ambigüedades expresadas siempre de manera categórica. Tenemos una verdadera paradoja en el ejecutivo federal: Es profundamente desconfiado de la iniciativa privada y un estatista convencido dedicado a adelgazar al Estado. Un nacionalista a ultranza genuinamente convertido en amigo de Trump el ofensor de los mexicanos. Un hombre progresista arraigado en el pasado priista. Un luchador social que rechaza cualquier camino que no sea la democracia, empeñado en debilitar a los órganos democráticos. Un fiero opositor de los neoliberales, pero en materia de finanzas públicas más ortodoxo que los neoliberales. Un permanente rijoso que pregona abrazos en lugar de balazos. Un hombre rígido en sus ideas que repudia toda crítica y actos de represión. Un intransigente y sutil transigente que nunca pierde la paciencia. Un amante de la naturaleza obsesionado con las energías más contaminantes.

Frente a este compendio de contradicciones, los mexicanos hemos creado un López Obrador en nuestra cabeza a modo y forma de nuestra concepción del mundo o de nuestros intereses. Y cada cual hemos podido encontrar en la realidad los fragmentos que mejor acomodan a nuestra visión. El problema es que en cuanto intentamos ampliar nuestra perspectiva e incluir otros fragmentos, si es que deseamos ser honestos, nuestro esquema se hace trizas.

De ninguna manera se parece en su forma de ser a Hugo Chávez ni a Nicolás Maduro por más que intenten convencernos quienes lo repudian y desearían que AMLO inflara la burocracia, propiciara el endeudamiento o incurriera en una narrativa antiimperialista para justificar la “estampita” que han creado. Tampoco es un hombre de izquierda pese a lo que hubiéramos querido los críticos del antiguo régimen, como queda demostrado, entre otras cosas, por su desdén a la agenda feminista o a la ambientalista y por el extraño apego a Donald Trump (que parece, va más allá de una actitud pragmática).

Andrés Manuel López Obrador es lo que es. Un hombre que pone en juego sus virtudes y defectos para cumplir lo que concibe como un mandato histórico: encabezar las reivindicaciones del México empobrecido y acabar con la corrupción de los de arriba y propiciar el bienestar de los ignorados y oprimidos. Una noción que puede sonar anacrónica y retrograda en los asentamientos acomodados (colonias de los ricos) y en los centros financieros, pero urgente y obvia en la sierra de Oaxaca o los barrios populares de México. AMLO es tan complejo y variopinto (que está formado por elementos de muy diversas características) como el pueblo ignorado y oprimido a nombre del cual gobierna.

Porque si nosotros hemos hecho una construcción de López Obrador, él también lo ha hecho de lo que llama “pueblo”, una entidad a la que él representa y en la cual se funde porque él “ya no se pertenece”. Y de estas dos ambigüedades está hecho este sexenio o las percepciones del sexenio. El AMLO acartonado y parcializado que los mexicanos hemos construido; y el pueblo infalible, sabio y admirable que él a erigido. Su idea cosificada de pueblo se ha mantenido a pesar de los golpes de realidad que el presidente López Obrador ha querido ignorar: los abucheos populares cuando los ha habido. Las matanzas entre indígenas. Los linchamientos absurdos y salvajes. Los bloqueos de vías y los saqueos de almacenes. El fracaso de sus exhortos para no entregarse al crimen organizado. El desdén a sus abrazos no balazos. Y la persistencia de la corrupción también entre los de abajo pese a sus reiterados anuncios de que esto ya ha cambiado.

Y a pesar de todo, frente los mandatarios anteriores del “prian” (PRI-PAN) que decían gobernar para todos los mexicanos y que en realidad lo hacían para los suyos, ya de por sí privilegiados, es preferible un presidente que gobierna para los empobrecidos, ensalzados o no. A tirones y jalones, entre exabruptos y provocaciones, plagado de negros en el arroz y embates innecesarios y desgastantes por el estilo presidencial, lo cierto es que se ve que está en marcha un proceso de cambio verdadero. Podría ser mejor, de otra manera o más entendible, pero es el que hoy hay y difícilmente habrá otro distinto, porque está hecho a la imagen de ese hombre fragmentado, obstinado y contradictorio.

Y sin embargo allí está: el combate a la corrupción es real (sino que le pregunten al Dr. Lomelí). El gasto suntuario y privilegiado de la clase política federal está desapareciendo. La evasión fiscal de los poderosos acaudalados se acota por vez primera en la historia del país. La transferencia de recursos a los sectores oprimidos está en proceso. La atención al sureste de la nación abandonado. El extinguido chayote destinado a la prensa. Y La infraestructura de salud que pese a recibirla desmantelada ha resistido a la pandemia.

Más allá de los “clichés” reduccionistas que intentan hacerse una idea de un presidente inaprensible (que es imposible de comprender o captar por ser demasiado sutil), Andrés Manuel López Obrador, contra lo que muchos piensan, constituye un intento para apuntalar un sistema que se encontraba agotado y urgido de drásticas medidas correctivas que, de no tomarse, podrían desestabilizarlo. La corrupción, el descrédito de su clase política, la desigualdad social, sectorial y regional, y los niveles de criminalidad habían llegado al punto de que las exasperaciones por parte del México desatendido podían provocar brotes de explosión social. Así parece que el misterioso López Obrador opera un cambio de régimen más para bien que para mal, a veces a pesar de sí mismo o de la idea de sí mismo que los mexicanos hemos construido.

A propósito del misterioso personaje del que hoy les conté, finalizo con una bella frase del líder guerrillero nicaragüense que luchó tenazmente contra la ocupación y la intervención norteamericana en su país, Augusto Cesar Sandino: “Me siento orgulloso de que en mis venas circule, más que cualquiera, la sangre india americana que por atavismo encierra el misterio de ser patriota leal y sincero”.

A %d blogueros les gusta esto: