Alfonso García Sevilla

Notas de esta semana destacan hechos violentos, de esos que lamentablemente nos estamos acostumbrando a leer y que no hemos sido capaces de dimensionar en sus afectaciones sociales. Desde la masacre de 11 en un bar en Guanajuato, pasando por el feminicidio de la maestra Jessica en Michoacán, la desaparición de 10 mil personas en una década en Jalisco, el asesinato de una mujer a manos de su pareja en Guadalajara y el homicidio de dos personas que fueron quemados vivos en una camioneta en el municipio de Tlajomulco o la nueva fosa de El Salto y así podemos seguir mencionando actos violentos y criminales.

No es tampoco sorprendente que, según cifras del Consejo Nacional de Salud, el suicidio es la segunda causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 19 años; mientras que para el rango de los 20 a los 24 años, la tasa de suicidios representa la más alta entre toda la población con un 9.3 por cada 100 mil habitantes.

Asimismo, entre las mujeres, el grupo con la tasa más alta de suicidios es el de 15 a 19 años con un total de 4.0 por cada 100,000 habitantes. Para los hombres, el grupo de 20 a 24 años tiene una tasa de 15.1 por cada 100,000 habitantes, la más alta.
Por otra parte, la violencia familiar, según las cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, apuntan un incremento de 3.7%, ya que en julio pasado hubo 19,596 casos, mientras que en junio la cifra fue de 18,882. En marzo pasado, con 20,504 casos, se registró la cifra más alta desde el 2015 y la violencia de género tuvo durante julio la cifra más alta desde 2015, al llegar a las 367 carpetas de investigación, lo que también representó 7.6% más que el mes de junio, cuando se abrieron 341 indagatorias.
Todo lo anterior solo reflejan el grado de putrefacción social en que vivimos, una sociedad enferma, sin empatía ni solidaridad, derivada de bajos procesos educativos y culturales, la pérdida de valores, la ausencia de respeto, la falta de un sentido de la vida y oportunidades, han desencadenado un México bárbaro, un país donde ni autoridades ni sociedad han sido capaces de revertir este proceso histórico nunca visto y que, al parecer, a nadie le interesa hacerlo.
¿Estamos condenados a una vida de violencia? Lamentablemente todo parece apuntar a que sí. La perversa influencia de la narco cultura, cada vez más presente en el inconsciente colectivo ante la complacencia generalizada de todos, en series, música y novelas; así como el valemadrismo propio de gobierno y “ciudadanos” nos deja con pocas esperanzas de que las cosas cambien.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: