MORENA y su proceso interno

Quirino Velázquez

Muy interesante y tosco se puso el proceso para renovar la dirigencia nacional del partido gobernante, Morena.

Lo primero que hay que decir es que, en la práctica, éste no es un partido en estricto sentido de la palabra. Sigue siendo más un movimiento político donde conviven muchos grupos con distintos intereses e ideologías. Su único centro gravitacional es Andrés Manuel López Obrador.

Desafortunadamente, el canibalismo de las distintas tribus que componen a Morena se vio reflejado en la imposibilidad de renovar, conforme a sus estatutos, a su dirigencia nacional. Trataron de elegir a un nuevo presidente y secretario general a través de asambleas regionales, pero fue imposible. Aparecieron las malas mañas. En algunas hasta hubo violencia.

Tuvieron que entrar las autoridades electorales a poner orden. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) le ordenó al Instituto Nacional Electoral (INE) que realizara una encuesta nacional de militantes y simpatizantes de Morena para elegir al titular de la presidencia y secretaría general. En cuanto se giró la instrucción, inmediatamente aparecieron las distintas legiones “morenistas” a competir entre ellas.

En este sentido, como lo he dicho en otras publicaciones, Morena es como el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y sus perennes pleitos internos, pero con esteroides, porque nunca el PRD tuvo tanto poder como lo tiene Morena ahora.

Con ese ambiente crispante, muchos piensan y dicen que lo que estamos viendo en la elección de la dirigencia de Morena, en realidad, es la sucesión adelantada del “lopezobradorismo” o de la Cuarta Transformación, como ellos la llaman.

Para muchos es claro que se están peleando, por un lado, el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, quien apoya la candidatura a la presidencia de Morena del diputado Mario Delgado, un viejo pupilo suyo. Y por el otro lado se encuentra la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, quien, según las columnas de chismes políticos, apoya a una “joven promesa de la política mexicana” de tan sólo 87 años de edad llamada Porfirio Muñoz Ledo.

De ser cierto lo anterior, todavía el presidente López Obrador no termina su segundo año de gobierno y ya estamos atestiguando la disputa por su sucesión. Al punto que el veterano Muñoz Ledo asegura que, si gana Mario Delgado la dirigencia de Morena, Marcelo Ebrard se convertiría de facto en el presidente de México. Se trata, desde luego, de un disparate, porque ya parece que AMLO, con lo blandito que es, va a dejarse quitar el poder que actualmente tiene. No “marches” Porfirio.

También se escucha en los corrillos políticos, que detrás de bambalinas de todo ese “merequetengue” de la elección interna de Morena, se encuentra otro posible candidato presidencial en 2024. Ricardo Monreal, líder de los senadores “morenistas”, quien, quizá con más colmillo político, está tejiendo acuerdos en privado en lugar de pelearse.

Existen, por supuesto, otros grupos políticos que también están en la disputa por el control de Morena. Se encuentran, por ejemplo, jóvenes idealistas, como Gibrán Ramírez (ya excluido de la lista de finalistas), o viejos “lopezobradoristas” que ya probaron las mieles del poder partidista, como la exdirigente Yeidckol Polevnsky (ya incluida en la lista de finalistas). Sin embargo, como apuntan algunas encuestas que han aparecido, la disputa por la presidencia del partido está entre Mario Delgado y Muñoz Ledo. Y por equidad de género, quedaría una mujer como secretaria general, que podría ser la senadora Citlalli Hernández.

Cabe recordar que, en enero de este año, pocos días después de haber sido elegido como presidente interino de Morena, Alfonso Ramírez Cuellar aseguró que se dedicaría a “poner orden” a las pugnas internas que afectaron el proceso de elección de la dirigencia. Pero ocho meses después de esa declaración y a pocos días de que concluya (8 de octubre) el proceso de elección del dirigente definitivo, ese objetivo parece estar totalmente diluido. 

El proceso interno para elegir la presidencia y secretaría general del que se supone el partido político más poderoso del país, organizada por el INE, se enrareció aún más con la definición de los finalistas (Mario Delgado, Porfirio Muñoz Ledo, Yeidckol Polevnsky, Hilda Díaz Caballero y Adriana Menéndez a la presidencia y para la secretaria general habrá 13 contendientes), mientras que el optimismo del octogenario Porfirio Muñoz Ledo contrastó con la denuncia de un “fraude anticipado” de Gibrán Ramírez.

Con esos antecedentes, la nueva dirigencia de Morena tendrá el reto inmediato de convertir el etéreo “movimiento” que acompañó a López Obrador a la victoria en un partido que consolide en la calle lo logrado en las instituciones.

A medio plazo (ya también corto) el objetivo de Morena sería consolidar su poder territorial en las elecciones de junio de 2021, en las que se elegirán 15 gobernadores, 500 diputados, 30 congresos locales y casi 2.000 ayuntamientos en todo el país. La gran fuerza del ganador de las internas de Morena, será operar el nombramiento de las candidaturas a esos cargos.

A largo plazo, la nueva dirigencia de Morena será figura clave en la elección del sucesor del presidente López Obrador en 2024.

La verdad, que va pasar o que van hacer en Morena. ¿Quién sabe? El reto es que el partido en el gobierno logre mostrarse como una organización política institucional que frene su proceso de descomposición interna. Aunque parece que estamos frente a una lucha descarnada por el poder. Que no es, por desgracia, una disputa ideológica de hacia dónde debe ir la llamada Cuarta Transformación, sino el adelanto de la sucesión presidencial.

Así, con un padrón inservible, el proceso electoral ya en curso, y un partido incapaz de autogobernarse, la encuesta organizada desde el INE es, tal vez, la única solución para definir la dirigencia de Morena sin sacrificar valores democráticos fundamentales. Y no solo eso, las encuestas podrían ser también la única forma de oxigenar nuestro sistema de partidos cuyos modos y mañas llevan ya tiempo alejando a los partidos de la ciudadanía.

Finalizo con una excelente frase del desaparecido político argentino Hipólito Yrigoyen, muy ad hoc para Morena y el resto de los partidos: “El poder, a pesar de ser uno de los medios más eficaces para hacer practico un programa, no es el fin al que pueda aspirar un partido de principios ni el único resorte que pueda manejar para influir en los destinos del país…Solo los partidos que no tienen más objetivo que el éxito aplauden a benefactores que los acercan al poder a costa de sus propios ideales”.

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