El fracaso de los partidos políticos

Quirino Velázquez

De cara a la elección del 2021 vale la pena reflexionar en torno a la realidad que vive el sistema de partidos en México.

Nos encontramos en un escenario electoral en el que los partidos políticos atraviesan una seria crisis de credibilidad y una real desconexión con la sociedad. Por un lado, observamos la tendencia institucional al debilitamiento de estas organizaciones y, por otro lado, los partidos políticos tienen un muy bajo margen de aceptación y, por lo tanto, un bajo umbral de legitimación ante la ciudadanía y la opinión pública.

Ya sea por las condiciones políticas derivadas de cada contienda electoral, que pueden restar legitimidad a su función como entidades de interés público, carácter que les otorga el artículo 41 constitucional, o bien, porque su vida interna parezca hacerlos entrar en una zona de confusión que los lleva a perder el rumbo, los partidos políticos se encuentran en una condición que amerita una importante reflexión sobre la manera en la que se relacionan entre sí, con la ciudadanía, y con los demás elementos del sistema político.

En la actualidad, podemos observar diversos fenómenos. Principalmente, el entorno posterior a la elección de 2018 no logra aún asentarse y, a la vez, los tiempos electorales para 2021 se están adelantando. Pero, además, la vida interna de los partidos políticos con registro nacional muestra, hoy en día, una clara efervescencia (ya tienen “suspirantes”).

En ese contexto, hoy les cuento del fracaso de los partidos políticos porque registro que dieron vida al régimen de la transición. Fueron abrigados por las leyes y mimados con el presupuesto. Ocuparon el espacio de las instituciones, se instalaron en los congresos, se relevaron en las oficinas gubernamentales. Y en la elección del 2018 fueron prácticamente borrados del mapa. El hecho crucial de la política mexicana es ése: la tácita desaparición en el 2018 de los partidos políticos.

La destrucción del régimen de partidos es el dato crucial de nuestra vida democrática. No hay asunto tan relevante para la política mexicana contemporánea como ese: perdimos la brújula, los contrapesos, las reglas, los cauces y los correctivos, así como, las advertencias que se alojan en esas instituciones tan antipáticas.

Los partidos, sobre los cuales giró la política entre la última década del siglo XX y la pasada elección de 2018, fueron sepultados por el cataclismo electoral que llevó a Andrés Manuel López Obrador a la presidencia y a su coalición al control de la mayoría en ambas cámaras del Congreso nacional. Hoy solo los restos del PAN parecen tener algunos signos vitales, pero con muy quebrantada salud, mientras el PRI, el PRD y la demás “chiquillada” deambulan como zombis y se resisten a aceptar el hecho de su desaparición del espectro político.

Frente al motor caprichoso de la presidencia de México no hay nada. No hay Morena, no hay un partido en el gobierno que construya una nueva institucionalidad, que tenga dirigencia legitima y cultive una identidad fresca, que promueva participación, sino una simple organización dedicada a un culto de personalidad (se dice que desde el gobierno se conforman con tener a los “servidores de la nación” para la promoción política). Por otro lado, a descifrar la infinita sabiduría del “lopezobradorismo” y a recitar su padrenuestro se dedican ahora quienes quieren dirigir esa organización: ¿quién será el más devoto entre todos los candidatos?, ¿quién el más fiel?, ¿quién el más reverente? Esa parece ser la naturaleza de la contienda en Morena, partido que cómo ya lo he dicho en otras ocasiones parece que no tiene “ni ton ni son”.

Pero lo malo, es que en el escenario político no hay tampoco oposiciones. Y no hablo solamente del debilitamiento numérico de los partidos tradicionales, de su pequeñez en el legislativo, de la pérdida de sus votos. Hablo, sobre todo, de su desorientación, de su incapacidad para entender la sacudida del 2018.

El PAN en su origen no fue más que un grupo insignificante de intelectuales católicos que pactó con el régimen en las postrimerías del gobierno de Manuel Ávila Camacho para obtener su registro con las reglas proteccionistas de la legislación electoral de 1946, por lo que nunca fue realmente una organización independiente del arreglo corporativo de la época clásica del PRI. Cuando mucho fue una “leal oposición”, como la definió uno de sus líderes más preclaros, Adolfo Christlieb Ibarrola.

Hoy, el Partido Acción Nacional (PAN) no levanta la cara porque, desde el triste momento en que ganó la presidencia de la República, no sabe qué quiere. Fue víctima de su victoria y desde el 2000 no encuentra sitio en la política mexicana. El PAN primero fue ignorado por el “burro” Vicente Fox, luego humillado por el “beodo” Felipe Calderón. Se subió después al carro del “peñismo” y quedó para siempre tiznado por la terrible corrupción. Su apuesta en el 2018 terminó por borrar lo que quedaba de su identidad ideológica. Dudo mucho que alguien que lea esta modesta colaboración conozca el nombre de su dirigente nacional o estatal (de Jalisco), que conozca sus posturas sobre la marcha del gobierno o que imagine lo que desea el viejo partido “anticardenista”. El PAN, ese partido que habría de ejercer naturalmente la oposición, hoy no es nada.

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) no es siquiera una oposición confundida y callada. Actúa, más bien, como un colaborador del gobierno de la 4T que pretende disminuir los costos de sus escandalosas corruptelas. Está menguado, aborrecido, solitario, sin rumbo y entregado a los avatares de quien está en la “Silla del Águila”. El PRI es un partido irrelevante en busca de impunidad y que se aproxima a su extinción.

En el sol azteca, los pleitos constantes, la corrupción, el cinismo, el apego al dinero, las negociaciones burdas, la ambición desmedida, hicieron del Partido de la Revolución Democrática (PRD) un partido dependiente del gobierno capitalino y del federal en turno, sus cuadros fueron bajando de calidad política e intelectual hasta convertir una parte de ese partido en una cueva de malhechores. Gracias a los que estaban y a los que se quedaron, hoy ese partido camina vacío en su desdicha y a unos metros de caer en el foso de su sepulcro.

El Partido Movimiento Ciudadano (MC) quien muchos pensaron en que pudiera convertirse en una alternativa a nivel nacional no ha crecido. La franquicia electoral de Dante Delgado y Alfaro quiere actuar como movimiento, pero con las prerrogativas y malas mañas de partido. No se tomaron en serio como institución y le dejaron a la administración el quehacer político (aunque ilegal) a través de conocidas figuras (comités ciudadanos, consejos sociales, etc. etc.). Tiene presencia marginal a nivel nacional y parece que ha entrado en mala racha, ejemplo: hace apenas unos dias, en lo que se suponía uno de sus pocos enclaves (Nuevo León) políticos, le renunciaron “en bola” 12 mil militantes (lo que significa más del 60% de su padrón de afiliados en esa entidad) para pasarse al bando del PRI, aunque la dirigencia estatal de Movimiento Ciudadano calificó como falsa esa presunta renuncia. Lo cierto es que en muchos escándalos se han involucrado cuadros naranjas importantes como el protagonizado por el Senador (de Nuevo León) Samuel García (que realizó expresiones y actitudes machista a su misma esposa) y el de la Senadora suplente (también de Nuevo León) Marcela Luqué Rangel alias #LadyMiMuchacha (quien llamó esclava a su trabajadora doméstica). MC prácticamente solo tienen tierra fértil en Jalisco y más o menos en Colima. En una de esas, en la elección 2021 puede perder su registro (ojalá que no).

Del resto de la chiquilla PT, PVEM y PES sería un verdadero fastidio platicar de ellos.          

Así las cosas, podemos decir que la crisis de los partidos no es de anoche. Ninguno de los partidos de la transición entendió su responsabilidad en la construcción del pluralismo democrático. Ninguno de ellos asumió su deber desde el gobierno ni desde la oposición. No se tomaron en serio como instituciones, no cuidaron sus estructuras ni sus reglas, no alentaron el debate interior, no cultivaron liderazgos públicos. Fueron presa de las camarillas; se dedicaron a la trampa y a “chingarse” la lana (las prerrogativas). ¡Fracasaron! Y claro, van a pagar las consecuencias (ya las están pagando, casi todo mundo los aborrece).

Yo no sé si para el 2021 tengan tiempo para componerse, lo que que sí sé es que, con el fiasco de los independientes, se requieren partidos que, surgidos de la voluntad ciudadana, emprendan una renovación política basada en la razón y no en la omnipotencia y omnipresencia personalizada de los que gobiernan; y construyan una nueva moral partidaria, donde el poder se vivifique en la base militante y se exprese como un todo orgánico que, sin distingos, edifique una vanguardia política ciudadana que no menosprecie el valor del pueblo al que pretende representar. Hay que esperar y ver qué pasa…

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