Morena, pero hay un límite

Quirino Velázquez

Conforme se consolidaba la figura de Andrés Manuel López Obrador como candidato presidencial, millones de personas se acercaron al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) para afiliarse al partido en ascenso, fundado en 2014. Se estima que más de 3 millones de personas fueron registradas como militantes entre 2014 y 2017, año en el que Morena cerró las afiliaciones. Pero “curiosamente” en febrero de 2020, cuando concluyo el tiempo que el INE aprobó para que los partidos, en un plazo de un año, depuraran, sistematizar y actualizaran sus padrones de militantes, en Morena había, solamente, 317 mil 595 militantes.

A más de dos años después de ganar la presidencia de la Republica, la mayoría en las dos Cámaras del Congreso de la Unión, la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, ahora con siete gubernaturas, la mayoría en 20 congresos estatales y múltiples cargos municipales, Morena no ha podido pasar por un proceso de renovación de sus órganos de dirección.

Sin duda hay cosas que ocurren en Morena que no pueden explicarse siendo el partido en el poder. Pero viendo que en la administración federal existen otras situaciones inexplicables (ejemplo el manejo de la pandemia), no hay que sorprenderse mucho.

Así, entre el “impasse” del coronavirus y la crisis económica, pasó casi desapercibido que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) ordenó al INE que se haga una encuesta abierta a militantes y simpatizantes para elegir al nuevo dirigente del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), tras muchos meses de batallas internas por la dirigencia.

En efecto, pugnas internas, ambiciones políticas, incongruencias ideológicas, incumplimientos estatutarios, intereses de grupo y otros vicios más impidieron a Morena, de acuerdo a sus calendario y estatutos, renovar su dirigencia nacional desde el pasado año.

La carencia de un padrón formal de integrantes, canceló la posibilidad de una elección interna legítima, ordenada, y creíble que diera al partido en el poder un nuevo comité ejecutivo nacional sólido que se encargara de preparar las elecciones del 2021, las más grandes de la historia.

Falla tras falla, error tras error y conflicto interno tras conflicto interno, ha convertido a Morena en una rebatinga en la que se vislumbra como claro perdedor al propio partido que llegará a las elecciones del primer domingo de junio próximo como una mezcla de intereses y grupos, no como una alternativa político ideológica que dé soporte al gobierno de la 4T.

Cierto, en el hoy partido dominante no existen incentivos para el acuerdo y la negociación, después de haber tenido tres dirigencias (una fuerte la de AMLO, otra muy cuestionada la de Yeidckol Polevnsky y una muy gris la Alfonso Ramírez), han transitado por un sinfín de desencuentros que han agravado sus grietas y discrepancias.

Hace más de un año desde Palacio Nacional les sugirieron abiertamente cual tendría que ser la solución “hagan una encuesta”, sin embargo, no hubo posibilidades de acuerdo, se ignoró el diálogo y la posibilidad de crear un balance entre las fuerzas internas para llegar a una solución medianamente aceptable (en política no existen las soluciones perfectas).

El que el partido en el poder no sea capaz de acordar un cambio de dirigencia, genera incertidumbre en el actuar de sus ejecutivos federal, locales y municipales, también trastoca su representación en el legislativo y ello afecta, quiérase o no, a la República en su totalidad.

Contrario a lo que dicta la lógica partidista, la cúpula dominante de Morena decidió cerrar la posibilidad de nuevas afiliaciones, aseguraban que con ello se impedía que intereses ajenos a su proyecto intervinieran en su vida interna, cosa extraña, simpatizantes y ciudadanía en general se quedaron sin la oportunidad de adherirse al proyecto político que había arrasado en su primera elección. Al mismo tiempo, en Morena se formó una extraña amalgama de cacicazgos locales y gremiales, y hoy esta “atiborrado” de mercenarios políticos principalmente venidos del viejo y corrupto PRI.

Además, decidieron detener el desarrollo de su escuela interna de cuadros, grave error, sus principales políticos habían emigrado a los primeros y segundos niveles de la administración pública federal, sus fuerzas básicas necesitaban entrenamiento y capacitación en muchos temas, no la recibieron, decidieron entonces organizar “grupos de defensa” en muchos y variados distritos, sin embargo, ello impide la profesionalización de la militancia, necesaria en toda organización política, sobre todo la que se encuentra en el poder.

Ante la falta de un liderazgo fuerte, corrientes internas se fueron balcanizando. Cabe recordar que “origen es destino”, un día sí y otro también aparecían grupúsculos sin nombre pero que obedecían a un político encumbrado, algo muy parecido a lo que sucedió al interior del mal recordado PRD (hoy en etapa terminal), incluso lo prohibieron, pero no hicieron caso a sus propias reglas. A todo lo anterior se añade la presión que a diario hacen los famosos “fundadores”, aquellos que sienten tener un mejor derecho que los demás y que a toda costa han impedido la renovación de las élites internas de ese partido.

Y para rematar, uno de los actuales contendientes a la presidencia nacional, calificó a su propio partido (Morena) como un membrete sin vida, de hecho, lo son, no es que sea una organización secreta infranqueable, simplemente no hay órganos internos que le den vida, han desperdiciado casi dos años en ponerse de acuerdo solamente en la posibilidad de elegir una dirigencia y esto no pinta orgánicamente bien.

De cualquier forma, parece que habrá de surgir una nueva dirigencia, ahora por la vía de la encuesta abierta a toda la ciudadanía organizada por el INE, con todos los que ello implica y sin la garantía de que quien resulte triunfador sea respetado y obedecido en su dirección por los demás.

Treinta y cinco morenistas buscan la presidencia y treinta y seis la secretaría general, estos números revela lo fragmentado del partido y la ausencia de liderazgos verdaderos. Ni siquiera el octogenario y coyote de cepa Porfirio Muñoz Ledo con toda su estela de trabajo aglutina al número de simpatizantes necesarios para sentirse triunfador.

Están también en la búsqueda del control partidista jóvenes con consistencia ideológica, pero sin liderazgo, como Gibrán Ramírez y Antonio Attolini; políticas de cuestionable trayectoria como Yeidckol Polevnski, que ya mostro que no puede con el partido; y moderados con presencia pública nacional como el economista Mario Delgado Carrillo, entre otros muchos más.

Las encuestas darán el resultado, pero el mayor riesgo es que los grupos al interior de Morena se sigan por la libre e impidan que el partido se consolide en el proceso electoral más importante de su vida política. Al final de todo, yo creo (ojalá me equivoque) que acabarán en tribunales, y no será fácil la reconciliación.

Termino invocando palabras del joven periodista español Marc Bassets, que bien les quedan a los morenistas: “las intrigas, las frases envenenadas y las puñaladas traperas son desde tiempos inmemoriales, indisociables de la lucha por el poder, pero hay un límite….

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