Muchos (entre ellos yo)

Quirino Velázquez

Durante mucho tiempo mucha gente (entre ellos yo) compartió el análisis sobre nuestro país del hoy presidente Adres Manuel López Obrador. México, el país de intereses enquistados, de privilegios atrincherados, de cotos reservados. México, el país profunda y dolorosamente desigual. México, el país con miedo a mirar a sus pobres y a sus indígenas, a quienes viven parados en los camellones vendiendo chicles o mueren de hambre en el campo, sembrando maíz. México, el país del neoliberalismo salvaje…

Por ello, muchos (entre ellos yo) pensaron que AMLO cómo presidente empujaría una agenda capaz de combinar el crecimiento con la redistribución, el capitalismo competitivo con el capitalismo democrático, una profunda reforma fiscal con el ingreso básico universal. Muchos votaron por él creyendo que se abocaría a establecer condiciones para crear riqueza y repartirla mejor.

Pero lamentablemente muchos (entre ellos yo) hoy ven con tristeza cómo el presidente López Obrador se parece cada vez menos a Franklin Delano Roosevelt (que AMLO admira, creador del programa político conocido como New Deal, que sacó a Estados Unidos de la gran depresión económica originada por la crisis de 1929) y cada vez más a Plutarco Elías Calles (se decía y se le conocía cómo el jefe máximo de la revolución). Muchos (entre ellos yo) creen que el presidente no ha querido ser un izquierdista; pero que ha demostrado que es un priista. Con lo que hace o deja de hacer está reconstruyendo el sistema de presidencialismo metaconstitucional que el PRI inició: ese modelo de Ogro Filantrópico (en 1978, Octavio Paz publicó un ensayo político que sacudió conciencias. su título El Ogro Filantrópico), en el cual el gobierno controlaba y repartía, dominaba y regalaba. Ese modelo añorado, ahora desempolvado, que sirvió para crecer y redistribuir en el pasado, pero que de poco servirá para desarrollar y reconstruir en el presente.

Muchos (entre ellos yo) piensan que se promueve una retórica oficial en favor de los pobres, pero por las políticas públicas se engrosará sus filas. Muchos (entre ellos yo) creen que vamos de vuelta a un arreglo feudal (François-Louis Ganshof dice que: puede definirse el feudalismo como un conjunto de instituciones que crean y rigen obligaciones de obediencia y servicio –principalmente militar– por parte de un hombre libre, llamado “vasallo”, hacia un hombre libre llamado “señor”) que hará cada vez más difícil la recuperación nacional.

El Presidente y sus seguidores insisten en ser distintos, cuando se comportan igual. Todo eso que elogian es lo que habría que desmontar. El modus operandi heredado del “prian”. Esa República “mafiosa” que todavía construye complicidades con licencias, contratos, concesiones y subsidios. En vez de enderezar todo aquello que el PRI y luego el PAN enchuecaron, parece que hoy el gobierno de Morena lo cepillaron.

Muchos (entre ellos yo) siguen creyendo en las causas de la Cuarta Trasformación, pero hoy la defensa de sus métodos equivale a una defensa del “prianismo”. Es decir, defender hoy los métodos del gobierno equivaldría a una apología de la regresión impuesta por el PRI y el PAN en su tiempo banal.

Muchos (entre ellos yo) se niegan a rendirle reverencia a un ejecutivo con ideas que creíamos muertas y que han sido la razón fundacional de nuestro rezago histórico. Muchos (entre ellos yo) se niegan a vivir en la nueva “dictadura perfecta” de paradigmas pasados. Muchos (entre ellos yo) se rehúsan a creer que México será mejor si millones aspiran a menos en vez de que millones aspiren a más. Muchos (entre ellos yo) se rehúsan a renunciar a una modernización compartida (basada en la ciencia, la tecnología, la cultura, la innovación, las energías renovables, el crecimiento del PIB, los impuestos a la riqueza) capaz de formar ciudadanos orgullosos de la prosperidad ampliada.

Muchos (entre ellos yo) creen que el prianista que el presidente lleva a dentro, exige que dejemos de ser comensales de la democracia. Demanda que nos transformemos en colaboradores de una regresión que pone en riesgo la capacidad de componerla. No está en busca de ciudadanos libres, críticos, capaces de pensar por sí mismos, sin necesidad de un caudillo carismático que les diga cómo hacerlo. No promueve la deliberación, sino la colusión. Lo suyo no es la libertad sino la complicidad. No exalta la independencia sino la connivencia.

Muchos (entre ellos yo) opinan que los colaboradores que AMLO reclutó son capaces de traicionar su “ideología” de izquierda y su moralidad “de derecha”, con tal de servir al “jefe máximo de la trasformación”. Porque en esencia de eso se trata: defender, justificar, legitimar y normalizar una voluntad única. Si los colaboradores del presidente fueran congruentes con la causa de desmantelar los privilegios del viejo régimen “prianistas”, combatir la corrupción y poner a los pobres primero, se opondrían a una larga lista de decretos que contradicen ese discurso. Ahora, más bien esos “grandes colaboradores” excusan los abusos del poder, minimizan la evidencia, tergiversan los datos, despliegan dobles esquemas, y utilizan distintas varas de medición. Lo que fue inaceptable bajo el PRI y el PAN parece que se vuelve permisible bajo Morena.

El presidente ha dicho que “son tiempos de definiciones”. Sí, son tiempos de definiciones y será necesario asumir posiciones. He aquí la de muchos (entre ellos yo): México no es ni debería ser una teocracia (sistema político en el cual los sacerdotes o los príncipes, en su calidad de ministros de Dios, ejercen el poder político) o una monarquía o una tribu o una secta que acepte la palabra de un líder como ley. No es ni debería ser el país de la posverdad (distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Los demagogos son maestros de la posverdad) donde todo aquello que no le gusta al poder es catalogado como «fake news». Donde la ficción se manufactura en la mañana para que parezca verdad.

Muchos (entre ellos yo) creen que México aún puede ser el país anhelado: el que debate datos, busca entender problemas, legisla soluciones, institucionaliza conflictos, encara desigualdades históricas, combate corrupciones endémicas. Todo eso heredadas del viejo régimen “prianista” que Morena se niegan a enterrar. Esa aspiración sigue viva. Habrá que seguir defendiéndola de un “aparente prianista” que ha traicionado principios esenciales que lo llevaron al poder. Ignorando o violando las leyes. Ignorando o menospreciando a las mujeres. Ignorando o pisoteando a los pocos contrapesos construidos. Ignorando o empobreciendo aún más o los pobres. Ignorando o suprimiendo la laicidad del Estado. Ignorando o aplastando la demanda de desmilitarizar al país. Ignorando o desdeñando las reglas para elaborar leyes, dirimir conflictos, crear o remodelar instituciones, procesar diferencias…

Muchos (entre ellos yo) saben qué AMLO hace muchísimo tiempo renunció al PRI y que nunca ha sido del rezandero PAN. Ya es tiempo que en los hechos lo demuestre y, sino, nadie (menos yo) le quitara la jactancia de ser el presidente “prianista”

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