Crisis y elecciones

Quirino Velázquez

Estamos en una crisis sanitaria y económica sin precedentes y a poco más de 15 días del inicio del proceso electoral más grande en la historia de nuestro país, porque concurren las elecciones federales intermedias con elecciones locales en las 32 entidades federativas. Sin duda que serán comicios considerables, no solo numéricamente, sino también por la complejidad y los retos que representa organizar elecciones y participar en ellas en época de pandemia.

En esta crisis, la curva de contagios y fallecimientos sigue subiendo y la economía no deja de caer, pero a la clase política-gobernante ya le urge ocuparse de otras cosas. Por ejemplo, de las elecciones del próximo año. Y varios medios de comunicación le hacen segunda. Por un lado, porque la agenda informativa suele moverse más en función de los discursos del poder que por las adversidades cotidianas de la gente. Por el otro lado, porque en la conversación pública la novedad siempre lleva mano y un desastre (sanitario y económico) con más de cuatro meses de duración, por grave que sea, es cada vez más difícil que mantenga la atención prioritaria del día a día.

No obstante, sería perverso que alguien piense en alargar la pandemia con el propósito de impactar en el ánimo de los electores, ya sea bajo una estrategia protectora de los más desprotegidos inyectando todos los recursos públicos para favorecer a los pobres (aunque nada más se beneficie a quienes se encuentren anotados en padrones de programas sociales).

Cómo igual de perverso sería (o ya es) usar la pandemia para adelantar campañas disfrazadas de gestión social, de asistencia social o de “ayuda” institucional, llevando cuánta cosa a electores de sectores vulnerables; en otros casos, usarla para golpear al adversario político acusándolo de mal manejo de la pandemia.

Con el ambiente que hoy se vive y en la víspera del inicio del proceso electoral concurrente 2020-2021, la oposición no ha logrado tener la fuerza suficiente para crear presiones eficaces que contrarresten la narrativa gubernamental. Para acabar de completar el cuadro, es probable que las propias audiencias ya acusen cierto cansancio respecto a las noticias del coronavirus y sus calamidades. El resultado, paradójicamente, es que muchas personas siguen cayendo enfermas o falleciendo, perdiendo su empleo o viendo disminuidos sus ingresos, pero las condiciones mediáticas y políticas son muy propicias para que el tema se desplace a un segundo plano.

El panorama, sin embargo, luce muy incierto. Es verdad que el presidente sigue siendo un líder popular, que su apuesta por los programas sociales puede traducirse en votos y que, con todo y sus problemas, Morena sigue siendo el partido con mayor intención de voto (18% según encuestas). Sin embargo, la aprobación de su gobierno muestra una sostenida tendencia a la baja, en general pareciera que no tiene buenos resultados que defender y su partido (Morena) está poco a poco disolviéndose en el agua turbia de las rivalidades y los conflictos internos por las futuras candidaturas.

Todavía falta poco menos de un año para las elecciones, pero dada la experiencia de los últimos 20 meses y el panorama tan sombrío que se anticipa para el futuro inmediato, nada indica que el gobierno vaya a tener la capacidad para cambiar la agravada trayectoria de deterioro y decepción en la que, en apariencia, se encuentra.

La pregunta es si la oposición podrá aprovechar esa oportunidad. Porque no está claro que el electorado vaya a optar automáticamente por el voto de castigo. A pesar de la supuesta debilidad del lopezobradorismo, la oposición también luce débil y desubicada. Todavía arrastran mucho desprestigio, carece de liderazgos atractivos y sigue siendo una incógnita lo qué puede representar u ofrecer, más allá del justificado, o no, rechazo a la gestión o figura del presidente.

En un entorno así, no es descabellado proyectar un escenario en el que la polarización, ya sea que la promueva el presidente o incluso alguna de las oposiciones, tenga el efecto de desmotivar al electorado. De por sí en las elecciones intermedias el porcentaje de participación suele ser menor que en las presidenciales. El desenlace podría ser, entonces, una crisis sanitaria y económica sin precedentes con una campaña electoral tan vehemente como insignificante que termine generando más abstencionismo que movilización.

Si el lopezobradorismo se desentendió de la emergencia, y las oposiciones no logran conectar con ese agravio y representarlo, tal vez una mayoría de electores opten no por tomar partido entre unos u otros sino por mandar a ambos al diablo. No es lo deseable, pero tampoco resultaría tan sorprendente.

En los estados sin elección a gobernador, es esperable una baja participación electoral. La experiencia señala que las elecciones intermedias sin concurrencia de gubernatura generan poco interés en la población. Más aún si los partidos de oposición no tienen una agenda clara de contraste que emocione. En esos estados (cómo Jalisco), estaremos viendo una elección entre estructuras y el trabajo de tierra. En el caso de Jalisco, no hay ninguna organización con la solidez de Movimiento Ciudadano (MC).

Pero, a nivel nacional hace mal la oposición en caer en las distracciones de la presidencia y perderse en la coyuntura de la nota periodística. Perdidos en la carrera del tuit más veloz y la competencia por los likes, los partidos de oposición no están haciendo política electoral. Se están encerrando en la dinámica legislativa, pero no están armando coaliciones hacia afuera, no están yendo por jóvenes y líderes sociales, no están proponiendo una agenda que logre sacar a votar a quienes se han decepcionado del gobierno.

La oposición se equivoca si cree que la simple caída de aprobación de López Obrador en las encuestas será suficiente para derrotar a su aparato electoral (llámese Morena o servidores de la nación). De hecho, el escenario que hoy pinta es exactamente el contrario… Lo que si es cierto es que hay, y quizá seguirá habiendo, crisis y se llevaran a cabo elecciones.

Finalizo pensando que ni gobierno ni opción deben de dejar de prestar atención a la frase de la escritora y filósofa española Elsa Punset: “Las crisis potencian la evolución y los cambios que parecían difíciles o imposibles pueden darse incluso relativamente deprisa”.

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