El Presidente es un misterio

Quirino Velázquez

Pareciera que en materia de golpes mediáticos el presidente Andrés Manuel López Obrador es un imán irresistible, sea por citar erróneamente a Mario Puzo y su famosa novela “El Padrino”, como por anunciar una reforma al Sistema de Pensiones que cambiará la calidad de la vejez de millones de personas. Un día inventa adversarios donde no los tenía para escándalo de muchos que no conciben a un presidente que parece disfrutar la polarización de los mexicanos, al día siguiente firma un tratado histórico con los Estados Unidos gracias a un enorme esfuerzo de contención y madurez. Asimismo, minimiza el uso del tapabocas, para consternación de todos, y después se lanza a una gira en la que cicatriza divisiones con gobernadores de oposición recalcitrantes (cómo los de Guanajuato, Jalisco y Colima). En suma, cuando creemos que ya conocemos como es y cómo va actuar AMLO nos equivocamos siempre.

En efecto, a poco más de un año y ocho meses después de haber asumido el poder, el presidente Andrés Manuel López Obrador sigue siendo un enigma para los mexicanos pese a que su voz y su rostro se han hecho omnipresentes en la vida del país. Las pasiones que inspira a favor y en contra han sustituido al fútbol, a las series de Netflix o a los escándalos de los artistas o de los políticos como el principal tema de conversación en círculos mediáticos y en las charlas de sobremesa. Material no falta, gracias al torrente inagotable que arrojan dos horas diarias de conferencia “mañanera” de lunes a viernes y videos los sábados y domingos. Cierto es que antes de que la “comentocracia” y las redes sociales terminen de ingerir y digerir los planteamientos, denuestos y expresiones ofrecidas por el presidente, deben enfrentarse a una nueva andanada. Cuando ellos van, AMLO ya viene de regreso con más material igualmente polémico.

Y pese a su permanente sobre exposición, el presidente López Obrador es un misterio, aun cuando todos creamos que lo conocemos y le hemos tomado la medida. Y esto es así porque la concepción que la mayoría tenemos de él se alimenta de las estampas y los “clichés” a través de los cuales hemos acuñado eso que llamamos AMLO. “mesías tropical (calificativo que le endilgó Enrique Krauze), populista trasnochado, provinciano anacrónico, ignorante caprichoso, vengativo belicoso, amenaza para México, bueno hasta “comunista” según sus detractores. “Luchador infatigable, sabio, justo, incorruptible, conocedor profundo del alma mexicana”, y hasta “líder espiritual”, según sus seguidores.

Para fortuna de AMLO y nuestra desgracia, él es todo lo anterior de manera fragmentaria, lo cual lo convierte en un hombre en cierta forma indefinible. Un manojo de contradicciones, una suma de ambigüedades expresadas siempre de manera categórica. Tenemos una verdadera paradoja en el ejecutivo federal: Es profundamente desconfiado de la iniciativa privada y un estatista convencido dedicado a adelgazar al Estado. Un nacionalista a ultranza genuinamente convertido en amigo de Trump el ofensor de los mexicanos. Un hombre progresista arraigado en el pasado priista. Un luchador social que rechaza cualquier camino que no sea la democracia, empeñado en debilitar a los órganos democráticos. Un fiero opositor de los neoliberales, pero en materia de finanzas públicas más ortodoxo que los neoliberales. Un permanente rijoso que pregona abrazos en lugar de balazos. Un hombre rígido en sus ideas que repudia toda crítica y actos de represión. Un intransigente y sutil transigente que nunca pierde la paciencia. Un amante de la naturaleza obsesionado con las energías más contaminantes.

Frente a este compendio de contradicciones, los mexicanos hemos creado un López Obrador en nuestra cabeza a modo y forma de nuestra concepción del mundo o de nuestros intereses. Y cada cual hemos podido encontrar en la realidad los fragmentos que mejor acomodan a nuestra visión. El problema es que en cuanto intentamos ampliar nuestra perspectiva e incluir otros fragmentos, si es que deseamos ser honestos, nuestro esquema se hace trizas.

De ninguna manera se parece en su forma de ser a Hugo Chávez ni a Nicolás Maduro por más que intenten convencernos quienes lo repudian y desearían que AMLO inflara la burocracia, propiciara el endeudamiento o incurriera en una narrativa antiimperialista para justificar la “estampita” que han creado. Tampoco es un hombre de izquierda pese a lo que hubiéramos querido los críticos del antiguo régimen, como queda demostrado, entre otras cosas, por su desdén a la agenda feminista o a la ambientalista y por el extraño apego a Donald Trump (que parece, va más allá de una actitud pragmática).

Andrés Manuel López Obrador es lo que es. Un hombre que pone en juego sus virtudes y defectos para cumplir lo que concibe como un mandato histórico: encabezar las reivindicaciones del México empobrecido y acabar con la corrupción de los de arriba y propiciar el bienestar de los ignorados y oprimidos. Una noción que puede sonar anacrónica y retrograda en los asentamientos acomodados (colonias de los ricos) y en los centros financieros, pero urgente y obvia en la sierra de Oaxaca o los barrios populares de México. AMLO es tan complejo y variopinto (que está formado por elementos de muy diversas características) como el pueblo ignorado y oprimido a nombre del cual gobierna.

Porque si nosotros hemos hecho una construcción de López Obrador, él también lo ha hecho de lo que llama “pueblo”, una entidad a la que él representa y en la cual se funde porque él “ya no se pertenece”. Y de estas dos ambigüedades está hecho este sexenio o las percepciones del sexenio. El AMLO acartonado y parcializado que los mexicanos hemos construido; y el pueblo infalible, sabio y admirable que él a erigido. Su idea cosificada de pueblo se ha mantenido a pesar de los golpes de realidad que el presidente López Obrador ha querido ignorar: los abucheos populares cuando los ha habido. Las matanzas entre indígenas. Los linchamientos absurdos y salvajes. Los bloqueos de vías y los saqueos de almacenes. El fracaso de sus exhortos para no entregarse al crimen organizado. El desdén a sus abrazos no balazos. Y la persistencia de la corrupción también entre los de abajo pese a sus reiterados anuncios de que esto ya ha cambiado.

Y a pesar de todo, frente los mandatarios anteriores del “prian” (PRI-PAN) que decían gobernar para todos los mexicanos y que en realidad lo hacían para los suyos, ya de por sí privilegiados, es preferible un presidente que gobierna para los empobrecidos, ensalzados o no. A tirones y jalones, entre exabruptos y provocaciones, plagado de negros en el arroz y embates innecesarios y desgastantes por el estilo presidencial, lo cierto es que se ve que está en marcha un proceso de cambio verdadero. Podría ser mejor, de otra manera o más entendible, pero es el que hoy hay y difícilmente habrá otro distinto, porque está hecho a la imagen de ese hombre fragmentado, obstinado y contradictorio.

Y sin embargo allí está: el combate a la corrupción es real (sino que le pregunten al Dr. Lomelí). El gasto suntuario y privilegiado de la clase política federal está desapareciendo. La evasión fiscal de los poderosos acaudalados se acota por vez primera en la historia del país. La transferencia de recursos a los sectores oprimidos está en proceso. La atención al sureste de la nación abandonado. El extinguido chayote destinado a la prensa. Y La infraestructura de salud que pese a recibirla desmantelada ha resistido a la pandemia.

Más allá de los “clichés” reduccionistas que intentan hacerse una idea de un presidente inaprensible (que es imposible de comprender o captar por ser demasiado sutil), Andrés Manuel López Obrador, contra lo que muchos piensan, constituye un intento para apuntalar un sistema que se encontraba agotado y urgido de drásticas medidas correctivas que, de no tomarse, podrían desestabilizarlo. La corrupción, el descrédito de su clase política, la desigualdad social, sectorial y regional, y los niveles de criminalidad habían llegado al punto de que las exasperaciones por parte del México desatendido podían provocar brotes de explosión social. Así parece que el misterioso López Obrador opera un cambio de régimen más para bien que para mal, a veces a pesar de sí mismo o de la idea de sí mismo que los mexicanos hemos construido.

A propósito del misterioso personaje del que hoy les conté, finalizo con una bella frase del líder guerrillero nicaragüense que luchó tenazmente contra la ocupación y la intervención norteamericana en su país, Augusto Cesar Sandino: “Me siento orgulloso de que en mis venas circule, más que cualquiera, la sangre india americana que por atavismo encierra el misterio de ser patriota leal y sincero”.

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