La elección de hace poco más de dos años

Quirino Velázquez

(la rebelión de las masas y de las elites)

El pasado 1° de Julio se cumplieron dos años de que se llevó a cabo unos de los comicios más importante de la historia de México. Esa elección federal por su resultados y trascendencia en la vida política del país obliga, una vez más, a la reflexión.

De entrada, la lectura de los números en esos comicios nos dice que fue una arrasadora decisión de las masas. La observación de los hechos también nos supone que fue una intrincada trama de las élites.

Con ese preámbulo, les cuento que he escuchado, aunque no me consta, que el ahora presidente constitucional fue un militante priista que, en ese partido, no le reconocían el perfil suficiente para obtener algo. Por ello, también se dice, que lo llevó al abandono y a la búsqueda de su destino contra el PRI.

Por otra parte, he leído por ahí, que los grandes capitalistas mexicanos e internacionales ya estaban cansados de la corrupta gobernanza priista y decepcionados de, la igualmente corrupta, ingobernanza panista. No dudo ni lo uno ni lo otro. Pero, además, pudieron haberse puesto incomodos (encambronados) con que, tanto el tricolor (PRI) como el blanquiazul (PAN), ya no les pedían su bendición, sólo su opinión, para la postulación de sus candidatos presidenciales, como sucedía antaño.

Así, parece que, en aquella elección federal se encontraron los descontentos de todos. El resto es historia bien sabida. Andrés Manuel López Obrador fue el candidato triunfador, estuvo bien apoyado, arrasó con más votos que todos sus adversarios juntos y fue el primer presidente electo por la mayoría absoluta después de 24 años.

Hablando de los números de la histórica elección. Ellos confirman la presencia de un electorado que ya no pudo creer en los partidos tradicionales (PRI, PAN, PRD). Que ese electorado se instaló en la convicción de que son organizaciones desleales, mentirosas, ambiciosas, onerosas, deshonestas, tramposas, convenencieras, indolentes e innecesarias. Que ellos son los culpables de la perturbación del quehacer público y de la contaminación del ejercicio político. Ese voto de reproche fue lo que parece ser (en aquella elección) la rebelión de las masas.

Pero, por otra parte, he escuchado que la gran aristocracia empresarial (nacional y transnacional) vio el perfil de una opción viable y “cachó” al infatigable Andrés Manuel López Obrador. No sé si lo entrenó. No sé si lo capacitó. No sé si lo financió. No sé si lo dirigió. No sé si lo inventó. Lo cierto es que, de ser así, estaríamos en presencia de lo que parece ser (en aquella elección) la rebelión de las élites.

No estoy en contra de las rebeliones por sí mismas. Muchas han sido las que ponen orden en un mundo enredado. Algunas, promovidas por las élites, como la francesa, la estadounidense y la mexicana. Otras, impulsadas por las masas, como la rusa y la china. En todas, el motor fue el dinero. En las de masas, la insuficiencia de los salarios y la inclemencia de los precios. En las de élites, la insuficiencia de los réditos y la inclemencia de los impuestos.

Pero es necesario que los triunfadores de esos singulares comicios sepan lo que aconteció y cómo se generó. Les sería provechoso encontrar y revisar su “caja negra” porque no es seguro que cuenten con una cabal explicación de las razones de su avasallador éxito, que les permitiera capitalizarlo y preservarlo para el porvenir.

Se trató de un triunfo cuyos números lo hacen indiscutible. Pero ¿cuántos de ese acopio votaron a favor de ellos o cuántos votaron en contra de los otros? ¿Cuáles son los sufragios reales que la hacen una victoria propia y cuáles son los que la hacen una victoria prestada? De ello dependerán los tiempos de la tolerancia y de la paciencia que les brinde la ciudadanía.

Y es que la democracia es impaciente y es intolerante. Y es mayor su impaciencia y su intolerancia mientras mejor esté instalada la democracia. El ciudadano solamente tiene un látigo de castigo o de venganza y se llama boleta electoral. Y el ciudadano mexicano ya aprendió a usar ese fuete y a pegar duro con él.

En ese sentido, yo creo que los vencedores de la elección federal de aquel primero de julio del 2018 deberían ser muy humildes, porque los éxitos de su gobierno no se alcanzan con la pura Presidencia ni con el puro Congreso ni con el puro sexenio. La inseguridad, la corrupción, el “mini” o nulo desarrollo, la pobreza y la desigualdad no se destruyen con una ley, aunque la apruebe 90% de los legisladores ni se remiten en un solo sexenio, aunque dure seis años.

No vaya a ser que los que votaron en contra de los otros den por cancelado su bono, porque ya se fueron aquellos (PRIANISTAS) y no esperan más de los morenos. Y que el 54% se convierta en 27% en un solo día, en ese indescifrable día de la jornada electoral.

Por otra parte, según eruditos de la materia, en aquella elección federal de hace poco más de dos años, el péndulo del partidismo se movió debido a siete causas. Primera, que se gestó un deseo ciudadano creciente de participación política sin la participación partidista tradicional (PRI, PAN, PRD). Segunda, que cada vez resultan menos atractivas, para el ciudadano común, las postulaciones electorales de los partidos tradicionales (ya los mencioné). Tercera, que las próximas elecciones no las ganarán partidos sino candidatos. Cuarta, que la verdadera contienda política mexicana ya no es tanto una contienda de partidos sino una contienda de fuerzas. Quinta, que las organizaciones pequeñas participan en condiciones más cómodas que los grandes partidos. Sexta, que la disciplina, como base de la cohesión partidista, están de “capa caída” pero el liderazgo partidista puede resurgir. Y séptima, que aun con todo lo anterior ya no parece muy atractivo el apetito por gobernar sin militancia.

Además, yo creo que los partidos derrotados de la elección referida tendrán que reconocer que la ciudadanía estaba harta de ellos. Que sus ostentaciones fueron humillantes, que sus raterías fueron imperdonables, que sus soberbias fueron intolerables, que sus frivolidades fueron intragables y que sus ineptitudes fueron irreparables. Esto lo pagaron, también, los candidatos (en aquella elección) decentes y honorables, quienes recibieron la tunda propinada a sus organizaciones. Cierto que hay funcionarios que no medran y que no yerran, pero una boleta electoral es muy pobre instrumento para distinguir a unos de otros.

Opino, que los partidos y los sistemas derrotados deberán comenzar por aceptar la dolorosa realidad de que el voto que los tiró del poder no fue un voto ni injusto ni inmerecido. Sembraron y cosecharon. Sin la madurez para digerir eso, no tendrán futuro alguno en el 2021.

Al respecto, aplica la frase del político británico, primer ministro entre 1916 y 1922, durante la última etapa de la Primera Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra David Lloyd George: “Las elecciones, a veces, son la venganza del ciudadano. La papeleta es un puñal de papel”.

PD. En el resultado de una encuesta elaborada por Consulta Mitofsky y publicada en el Periódico El Economista, el Gobernador de Jalisco Enrique Alfaro Ramírez, obtuvo calificación sobresaliente (uno de los 10 mejores gobernadores) en el mes de junio. En hora buena!

PD.2 A la fecha que entregué la presente colaboración (09 de junio) ya había concluido la visita oficial a los Estados Unidos del presidente AMLO y según la crónica de la prensa nacional e internacional fue exitosa a pesar de muchos malos augurios En hora buena!      

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