epa08371439 An evangelical person, dressed as an angel, holds a sign sign with and encouraging message for health workers outside the Regional Hospital of the Mexican Institute of Social Security (IMSS), in Ciudad Juarez, Mexico, 18 April 2020. EPA/Luis Torres

Quirino Velázquez

Dada las terribles secuelas de pandemia que vivimos, es muy oportuno que, en nuestros días, valoremos la medida exacta o, por lo menos, la probable, de nuestras vicisitudes. Es grave que nuestra sociedad padezca tantos problemas, de magnitud tan profunda y, lo que es peor, de manera simultánea (crisis de salud, crisis económica, crisis de seguridad, crisis política, crisis social, etc.). Pero, más grave que ello es la sensación muy generalizada de que todo está mal, muy mal.

Allí reside, hoy en día, el peligro de que las dificultades virtuales, por ese sortilegio, se puedan volver reales. De que esos enigmas imaginarios, por magia, se vuelvan adversidad. Haciendo a un lado a los ilusos, cuyo drama es que siempre sienten que estamos muy lejos del paraíso, y descartando a los paranoicos, cuya tragedia es que siempre sienten que estamos muy cerca del infierno tomemos al segmento de hombres sensatos, mesurados y maduros que, en política, se atienen a las ideas concretas y a los hechos reales sin creer ni en la “luz perpetua” ni en “el fuego eterno.

En estos, lamentablemente, ha ido arraigando una riesgosa premonición de debacle y de decadencia. No como exclusivo factor de oposición política, es decir, que va mal el gobierno o que lo que va mal es por culpa del gobierno o de un partido gobernante, sino que van mal todos, incluyendo al gobierno.

Hay una sensación generalizada de orfandad social. De que la mexicana es una sociedad desprotegida que no tiene a quien recurrir ni como ciudadano, ni como elector, ni como empresario, ni como deudor, ni como contribuyente, ni como víctima del delito, ni como trabajador, ni como demandante de justicia, ni como estudiante, ni como ama de casa, ni como enfermo, ni como consumidor, ni como espectador, ni como productor, ni como nada.

Todo ello porque, en esta crisis, siente que el gobierno federal (bueno de los tres niveles para que no se enojen) es ineficiente y parcial. Porque sus legisladores responden sólo a sus partidos y no a sus electores. Porque su sistema de justicia es lento, intrincado y deshumanizado. Porque la administración pública es fábrica de nuevos ricos y de viejos ricos más ricos. Porque su sistema de seguridad es perverso y podrido. Porque el derecho a la salud no existe. Porque la corrupción no se acaba. Porque la educación es anacrónica. Porque los sindicatos no defienden y los patrones no cumplen, porque los trabajadores no desquitan. Porque la economía está por los suelos. Porque la gente está sin lana y lo que es peor casi sin Fe.  Y porque… para que le sigo. Donde vuelven las guerras santas. Donde reside la génesis de las angustias de muchos y de las pocas ilusiones de otros. Si fuera consecuente hablaríamos de los que creen hasta en la catástrofe estelar donde sienten que, cada día, está más cerca el juicio final o que el meteoro ya está cerca de la tierra.

Es urgente reaccionar en la justa medida de los graves acontecimientos, pero, también, en su atinada dirección, a efecto de lograr lo que solo se logra unidos, aunque eso no significa asociados ni complicados.

Así, les cuento algo que un gran amigo (quien fuera mi maestro en política) me dijo (a ver cómo me va…ya vieron cómo me fue la última vez que conté algo que me dijeron) que en los llamados Primeros Cien Días del presidente estadunidense Franklin Delano Roosevelt (único en ganar cuatro elecciones presidenciales en ese país), la nación norteamericana recuperó su propia Fe. No resolvió sus problemas, claro está. Algunas leyes habrían de ser impugnadas de inconstitucionales ante la Corte. Y habrían de pasar muchos problemas cotidianos, incluyendo una gran guerra mundial, antes de logros económicos y políticos. Pero, en esos primeros días, supieron lo que eran, lo que representaban o, por lo menos, lo que creían, que en ocasiones es lo más. Ese fue el principio esencial de su recuperación. Sin esa Fe no hay nación grande. No hay decadencia que no provenga, antes que nada, de nuestro ánimo.

Aquí en México, a dos años del triunfo electoral y a un año siete meses de inicio del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, le gente ve al gobierno federal (bueno de los tres niveles para que no se enojen) como dice el título de la famosa canción, del compositor puertorriqueño Félix Roberto Manuel Rodríguez Capó (Bobby Capó), con: Poquita Fe. Y por el contenido de su letra no la debería cantar el presidente AMLO:

Yo sé que siempre dudas de mi amor
Y no te culpo
Y sé que no has logrado hacer de mi querer
Lo que tu amor soñó

Yo sé que fue muy grande la ilusión
Que en mí tú te forjaste

Para luego encontrar desconfianza
Y frialdad en mi querer…

PD. Sólo para aclararlo de nuevo, no soy miembro (afiliado) de ningún partido político (afortunadamente me libre del último QEPD). Así, sin militancia partidaria, sin amores ni rencores contra nadie y cómo un simple mortal escribo mis modestas colaboraciones para La Verdad.    

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