Alfonso García Sevilla

México es un país con una sociedad polarizada entre el bien y el mal, no busca puntos medios, para el mexicano o estás con él o estás en su contra, no existen medias tintas ni la capacidad de análisis, o eres o no eres.
Derivado de un bajo nivel de escolaridad -el mexicano promedio según el Inegi tiene apenas el primer semestre de bachillerato- nuestra nación basa sus conocimientos en un sistema bien establecido de creencias, no de saberes. Creemos en lo que nos dicen los líderes políticos, de opinión, religiosos y hasta aquel conocido que presume relaciones con gente “importante” y que le da información de primera mano.

Esto es aprovechado por nuestros políticos para polarizar a la sociedad, generar un ambiente de encono hacia sus contrincantes y fortalecer su imagen con sus seguidores, bajo la máxima de “divide y vencerás”.
Para esto hacen uso de todo lo que esté a su alcance, medios, redes sociales, “boots”, “trolls” y sobre todo, de “líderes de opinión”, que, aún en contra de toda ética profesional y sin miramientos del ambiente hostil que para el ejercicio del periodismo se vive en México, se prestan al descredito y al insulto de aquellos que se atrevan a cuestionar al gobierno en turno. Cabe recordar que en nuestro país del año 2000 a la fecha suman 159 periodistas asesinados por el desempeño de su labor.

Esta “Cuarta Transformación” no es la excepción de reclutar plumas para defender su causa de las criticas que se le tienen que hacer a cualquier gobierno. El caso reciente de Jhon Ackerman, académico de la UNAM, señalado por la posesión de inmuebles incapaces de ser adquiridos con el sueldo que percibe, ha desencadenado una respuesta virulenta y fuera de toda ética del gremio al qué según él, se dice pertenecer, al grado de llamar “sicarios mediáticos” a los periodistas que, en sus palabras “buscan desestabilizar a toda costa” refiriéndose al gobierno de López Obrador. Por cierto, Ackerman está casado con la secretaria de la Función Pública, Irma Erendira Sandoval.
Hay que recordarle a Ackerman, al igual que a muchas plumas compradas, lo que la Unesco destaca como una cualidad ética del periodista:
“Adhesión del periodista a la realidad objetiva: La tarea primordial del periodista es la de servir el derecho a una información verídica y auténtica por la adhesión honesta a la realidad objetiva, situando conscientemente los hechos en su contexto adecuado.”
Sin duda, Ackerman nos ha demostrado que bien vale la pena sucumbir ante las tentaciones del poder, y poner en entredicho su grado de doctor en derecho, como su autonombrado título de periodista.

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