Día: 15 de junio de 2020

Manifestaciones callejeras

Quirino Velázquez

De inicio habrá que decir que expertos en administrar conflictos, el presidente Andrés Manuel López Obrador y el gobernador de Jalisco Enrique Alfaro Ramírez han encontrado, en las manifestaciones callejeras, el campo perfecto de su confrontación, para enviarse recíprocamente, fuertes mensaje: el primero para tratar de someter o por lo menos tener un gobernador a modo y en el carril de la cooperación sumisa y silenciosa; y el segundo en rebeldía y de abierta oposición a la 4ta trasformación (a decir de los de Morena), por el simple hecho de haber demandado de manera recurrente la revisión del sistema federal, en particular del pacto fiscal.

Así, en este contexto de ruptura política, acusaciones y advertencias entre el presidente (AMLO) y el gobernador (Alfaro), quiero contarles que las manifestaciones callejeras, en México (obvio en Jalisco) y en diversos países, nos anuncian que el problema real es de gobernabilidad, no de vialidad. Es de política, no de policía. Es de bloqueo de poder, no de bloqueo de avenidas. Es de hombres de Estado, no de agentes de tránsito.

Se trata de un reto provocador a la autoridad política y de un astuto tanteo para medir la firmeza de un gobierno. En realidad, se busca el conflicto por sí mismo, no la solución del conflicto. El desorden, la anarquía y la ingobernabilidad son tan sólo meros síntomas de enfermedades degenerativas de los sistemas políticos, muchas de ellas incurables y progresivas. Son la parte visible de la enfermedad, pero no son la enfermedad.

No me corresponde conocer si los funcionarios federales de México (de Jalisco) o de cada país han hecho lo correcto y lo oportuno ni quién ganará, al final de cuentas, en este juego de vencidas. Quisiera que ganaran la ley, la razón, la política y el gobierno. Espero que así suceda no obstante que, hasta ahora, han ganado la ilicitud, la sinrazón, la barbarie y los vándalos.

Las dos peores derrotas de un sistema político contemporáneo son el fracaso de su autoridad y el fracaso de su libertad. El triunfo de ambas no es sencillo sino complejo. Sobre todo, porque además de la dificultad para consolidarlas por sí mismas, resulta que tienden a excluirse y a deteriorarse con inversa reciprocidad. En muchas ocasiones, el triunfo de la autoridad se paga con cargo a la libertad, así como, en muchos eventos, la victoria de la libertad se paga con cargo a la autoridad.

Luis Muñoz Marín (escritor, senador y primer gobernador de Puerto Rico) decía que, a diferencia de los sajones, los pueblos latinos tenemos dificultades temperamentales para ensamblar equilibradamente a la autoridad con libertad. Por eso hemos vivido largas épocas de mucha autoridad y poca libertad, así como otras de mucha libertad y poca autoridad. Por el contrario, un buen “maridaje” entre autoridad y libertad se da donde han logrado tener gobiernos con mucha autoridad y ciudadanos con mucha libertad.

Dicen los juristas y tienen razón, que las constituciones determinan y delimitan hasta dónde llega nuestra autoridad y hasta cuánto mide nuestra libertad. El verdadero constitucionalismo es una forma de vida, donde lo que más cuenta es que eso se convierta en una realidad cotidiana. El anticonstitucionalismo es una actitud donde el gobernado hace desmanes con su libertad y el gobernante deslava su autoridad.

A los obsesivos de la teoría y del ejercicio del poder les atormenta, desde hace décadas, una incógnita encriptada que llega al grado de enigma misterioso. ¿La autoridad proviene del orden o el orden proviene de la autoridad? ¿Se requiere orden previo para que haya autoridad o se requiere autoridad previa para que haya orden?

Creo que lo primero es el pensamiento de casi todos los pueblos occidentales modernos. Estados Unidos, Canadá y casi toda Europa han instalado su autoridad a partir de la previa presencia del orden, así como en Italia y en América Latina hay poca autoridad porque hay poco orden.

Por el contrario, lo segundo es el pensamiento de casi todos los pueblos orientales contemporáneos. Desde Rusia hasta Japón, pasando por China, India y los países árabes, piensan que sólo con una recia autoridad se puede instalar un orden confiable y duradero.

Una grave complicación adicional es que la autoridad y la libertad pueden cambiar en una sola generación o hasta en media generación. Por eso, en todos los pueblos, son muchos los hombres que han visto que son distintas las de cuando nacieron a las de cuando murieron. Tan sólo pensemos en la libertad y la autoridad de 1960 en México, las de 1990 y las de ahora, 2020.

Ahora bien, ¿sirvieron de algo las manifestaciones callejeras que se realizaron para protestar contra AMLO o las que se realizaron contra Alfaro? ¿Renunciará el presidente o el gobernador porqué así se lo exigieron algunos de los marchistas? Yo creo que no sirvieron para nada y never (de limón la never) renunciarán a sus cargos.

En efecto, a juzgar por numerosos estudios que se han realizado para medir la efectividad de las marchas callejeras para promover un cambio político, social o económico, la respuesta es no (aunque ciertamente ha habido excepciones, como las que contribuyeron a derrocar a los gobernantes de Egipto en el 2011, y de Ucrania en el 2014). Dicen los expertos que las marchas y manifestaciones perdieron su efectividad porque quienes en ellas participan no tienen una relación formal entre sí. Tampoco existe una jerarquía clara ni líderes identificables.

Antes, eran organizadas por activistas que la gente conocía y que seguían actuando políticamente después de cada manifestación (cómo son los casos de los activistas políticos de nombre Andrés Manuel López Obrador y Enrique Alfaro Ramírez).

Hoy, las invitaciones a las manifestaciones se hacen a través de las redes sociales y provienen de grupos desconocidos cuyos líderes son igualmente desconocidos. Las redes sociales viralizan las convocatorias, pero terminada la marcha, la mayoría de los participantes se regresa a su casa creyendo que gracias a su caminata, gritos, lemas y pancartas lograrán provocar el cambio deseado.

Finalmente yo me quedo con lo dicho por Moisés Naím (escritor y columnista venezolano de origen judío) en su artículo titulado “Why Street Protests Don’t Work” (Por qué las Protestas Callejeras no Funcionan) que se publicó el 7 de abril del 2014 en la revista estadounidense The Atlantic,: “Lo que hemos presenciado en los últimos años es la popularización de las marchas callejeras sin un plan para lo que sucederá a continuación y para mantener a los manifestantes comprometidos e integrados en el proceso político (cómo lo hacían AMLO y Alfaro). Es sólo la última manifestación de la peligrosa ilusión de que es posible tener democracia sin partidos políticos, y que las protestas callejeras basadas más en las redes sociales que en la organización política sostenida es la manera de cambiar la sociedad”.

Si pensamos nos salvamos

Fabiola Serratos

“Vandalismo es que nos tiremos a nosotros mismos por defender aquellos que nos llevaron al abismo”

En las últimas semanas una ola de evidente violencia se desata a lo largo de todo el país, un temor inquietante invade a la ciudadanía que se tambalea entre el descontento y la desconfianza de no saber quienes se supone deberían protegernos.

A lo largo de la historia la seguridad y el orden estaban inclinados a garantizar la estabilidad de lo gobernantes mas allá de la ciudadanía, las élites de una sociedad siempre han sido en realidad las que poseen las garantías y las virtudes que se promueven como derechos pero en realidad son privilegios que benefician a unos cuantos. Recordemos entonces cada época histórica y hacia donde se inclinaba la labor de los ejércitos, la honra y el patriotismo siempre ha estado enfocado a defender las causas de los arriba aun cuando éstas vengan a poner en riesgo a los de abajo.

De los analistas de la desigualdad social es el adjetivo de socialista o comunista aunque no se comprendan dichos términos y aunque ni como referencia de ese punto de vista al menos se tenga un texto de Rius a la mano. La lucha por la justicia, la igualdad de oportunidades y de beneficio a la sociedad tiene un freno gigante por parte de aquellos que se ven beneficiados con dichas desigualdades. En estos momentos no estamos solo frente a una desigualdad económica, gracias a las redes sociales se ven expuestos infortunios que va más allá de lo que hasta hoy habíamos podido ver públicamente.

Hemos sido influenciados, manipulados y muchos se han fanatizado con la defensa de los movimientos y personajes políticos, dejando claro que como ciudadanía también somos parte de una corrupción que sostiene las garantías de unos cuantos y nunca las nuestras, pues el tiempo transcurre, los de abajo continuamos igual y muchos nuevos personajes junto con los ya burócratas de abolengo se inflan los bolsillos con nuestras falsas creencias.

Una de las cosas que todo ciudadano debe comprender es que mientras la desigualad social ataque principalmente la economía y la educación nos encontramos en completa vulnerabilidad, nunca debe ir la una sin la otra. Ya que gran parte de la población considera el éxito como el enriquecimiento sin importar el cómo se llegue ahí y esto hace tentador el encontrar en la política o el narcotráfico una forma de llegar a ella, olvidando la parte que contribuye también al desarrollo social y solo tiene crecimiento y coherencia a través de la educación.

Es año de posicionamiento donde mas allá de trabajar en el cargo, se está realizando una campaña anticipada donde los roles de los partidos políticos consiste en jugar a héroes y villanos en la cual, quien más desacredite al otro se convierte en el héroe y una posible salvación de los que continúan creyendo que la política es como la religión y en ella se encuentran salvadores y profetas.

Las transformaciones sociales surgirán cuando los ciudadanos nos apeguemos a la libertad y lo crítico y no a las migajas que nos obligan a pagar con el voto o el seguimiento como si fuéramos rebaño.
fanatizarnos con la política y los políticos solo habla de la falta de independencia que vivimos y de ahí se deriva la complicidad de la corrupción. Educarnos para saber que mientras ellos luchan por ser los buenos o los malos (porque de eso depende su continuidad en la política) nosotros seguimos igual

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