Quirino Velázquez

A lo largo de mi vida he sido un activo participante de diversas manifestaciones públicas y protestas pacíficas, en especial en los últimos años he acompañado al Ejido El Zapote, en su desigual lucha contra el gobierno federal (SCT) y el Grupo Aeroportuario del Pacifico (GAP), por el pago de 307 hectáreas de tierras que les fueron ilegalmente arrebatadas y en la cuales se asienta parte del aeropuerto internacional de Guadalajara. 

Así, entiendo que la protesta es un mecanismo de exigencia social que busca entrever una problemática que afecta a un colectivo o a un grupo de personas, y con ello, subrayar la responsabilidad de las autoridades de dar atención a sus demandas y a sus necesidades. Sin entrar en un debate estéril sobre la calidad o el fundamento de la demanda, las autoridades tienen la obligación de dar cauce a estas muestras de descontento, de escuchar las necesidades expresadas y de buscar canales o vías adecuadas para responder a ellas efectivamente. Nunca estará dentro del ámbito de sus funciones reprimirla por medios violentos ni mucho menos, criminalizar su expresión.

Con ese preámbulo, hoy les cuento que en cuestión de días pasamos de ver manifestaciones ridículas de “ricachones” (parafraseando a Enrique Tousaint) a bordo de vehículos a los reclamos violentos en el centro de Guadalajara. Los primeros para protestar contra el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, y exigir su renuncia (se vieron carteles con consignas como “AMLO vete ya”, “Fuera AMLO” o “Renuncia ya”). Las acciones de lo segundo, por el asesinato de Giovanni López, un joven que recibiera hace un mes una brutal golpiza de policías municipales de Ixtlahuacán de los Membrillos, lo que, finalmente, provocó que perdiera la vida (en la que se escuchó “fuera Alfaro”).

A pocos días de iniciado el camino hacia la “nueva normalidad”, quedarse en casa no era opción. Las vueltas en coche para “levantar la voz contra el dictador comunista”, lo que ello signifique, y sobre todo la revuelta tapatía por Giovanni López, “el George Floyd mexicano”, rompieron, peligrosamente, el confinamiento. Nuestro enemigo común, invisible, sigue ahí. Circular en coche como un acto de protesta es un monumento a la insensatez. Salir a las calles a desafiar al coronavirus (con o sin cubrebocas), hombro con hombro con los compañeros de lucha, una invitación al suicidio.

En casos como éstos vienen a la mente las palabras de André Breton (escritor, poeta, ensayista francés y teórico del Surrealismo): “No intentes entender a México desde la razón, tendrás más suerte desde lo absurdo, México es el país más surrealista del mundo”.

Hay cosas que, aparentemente, no cambian. En nuestro país, los políticos son profesionales en echarse la culpa, por eso el neoliberalismo nos tiene como nos tiene. Por eso también la jornada violenta de Guadalajara,fue un asunto organizado desde los sótanos del poder en la Ciudad de México. Lo que distingue a México, en todo caso, es la impunidad.

Bastaron apenas unos días, entre la manifestación automotriz contra el Presidente y el caso de Giovanni López para que las noticias de lo que ocurre en este país nos revelaran lo que, quizá, sea un común denominador durante los próximos meses: ha iniciado un rabioso golpeteo político con miras a las elecciones del próximo año. Tirios y troyanos comienzan a protagonizar una pelea callejera.

Falta un año para que se lleven a cabo las elecciones intermedias y el ambiente huele a peligro (como el título de una famosa canción de la Banda “La Arrolladora”). En la gran batalla electoral del 2021 se elegirán 15 gobernadores y se renovarán tanto la Cámara de Diputados como alcaldías, ayuntamientos y diputados locales de 30 entidades.

Con semejante pastel, no es de extrañar que, si bien politizar es el deporte nacional de los políticos, a partir de estos momentos veremos más casos como lo sucedido en Jalisco. El abuso por parte de policías del municipio de Ixtlahuacán de Los Membrillos sirvió como marco perfecto para que funcionarios del gobierno federal y morenistas se desgarrarán las vestiduras y se subieran al linchamiento del gobernador del estado, quien, por su parte, aprovechó la oportunidad para señalar que existe una campaña sucia desde el gobierno federal en su contra.

Situaciones como ésta polarizan aún más la sociedad. Sin embargo, eso es lo de menos. Los políticos saben que las crisis pueden catapultar la popularidad de un gobernante o llevarlo a los sótanos de la vergüenza. A nivel internacional hay muchos casos que lo prueban. Por ejemplo: Los atentados del 11 de septiembre de 2001 colocaron al entonces presidente de los Estados Unidos George Bush en los cuernos de la luna de una popularidad que no tenía. Irónicamente fue otra crisis, esta vez en 2004 con el paso del huracán Katrina la que lo volvió a colocar en el suelo. También en 2004, en España, la gente no le perdonó al gobierno las mentiras y el ocultamiento de información de los atentados del 11 de marzo y le dio un inesperado triunfo al PSOE, partido de oposición.

México también tiene sus ejemplos. El caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa fue un terrible e insuperable lastre para Enrique Peña Nieto y el inicio del fin de su gobierno y popularidad por el mal manejo del tema. Después de la crisis del AH1N1, en 2009, el PAN pasó de tener 206 diputados a 143.

Entonces, ¿qué va a pasar con el presidente Andrés Manuel López Obrador y su partido Morena en 2021? En estos momentos no puede haber certeza, pero sí elementos que deberían preocuparle mucho al mandatario. De entrada, la crisis del covid-19 lo ha rebasado a él y a su gabinete. Las respuestas de la gente fluctúan entre aprobación y dudas sobre si el gobierno federal ha hecho un buen trabajo. El número de muertos, las contradicciones en las cifras, las dobles señales no le están ayudando.

Además, el Ejecutivo ha bajado 20 puntos de popularidad en un año. Aunque tiene una aprobación decente que ronda el 60%, definitivamente ya no está de luna de miel con la población. Incluso, hay algunos sectores, como la clase media, colectivos de mujeres o empresarios, donde ya hay un franco divorcio.

Para acabarla, su partido Morena ha demostrado que es tan impresentable como casi todos los demás. En las encuestas de preferencias electorales hay un claro un deterioro en las simpatías hacia Morena y si hasta a los de casa mordieron para elegir a su dirigente, habrá que ver de lo que serán capaces a la hora de elegir candidatos.

Lo que sí está claramente a favor del proyecto de López Obrador es que los partidos de oposición están completamente desdibujados y tampoco se han sabido presentar como una verdadera y real alternativa.

Otra interrogante, ¿qué va a pasar con el gobernador Enrique Alfaro Ramírez y su partido MC en 2021? En estos momentos tampoco puede haber certeza, pero sí elementos que también deberían preocuparle al mandatario estatal. De entrada, lo ganado por el buen manejo de la crisis del covid-19, lo puede perder sin no actúa con rapidez, audacia e inteligencia. Algunas gentes de su gabinete (particularmente del de seguridad y quizás de comunicación) no le están ayudando. Urgen cambios, como señal para que los ciudadanos recuperen la confianza en las políticas y acciones contra la inseguridad que es el principal lastre que carga. Son muchas las voces que demandan la salida del Fiscal.

Si bien en los dos últimos meses, el Ejecutivo estatal había subido su popularidad logrando una buena aprobación de su gestión (particularmente por el manejo de la pandemia), tampoco está de luna de miel con la población. Incluso, hay algunos sectores (ITESO, UdG y colectivos de mujeres) donde parece que ya hay una clara desunión.

Lo que también está claramente a favor del proyecto estatal de Enrique Alfaro es que los partidos de oposición en Jalisco (incluyendo Morena) están completamente desdibujados y tampoco se han sabido presentar como una verdadera y real alternativa.

Con este panorama, concluyo diciendo que, manifestarse en coche o a pie es un derecho humano, no un privilegio de boutique. Pero destruir propiedad pública y privada nunca ha abonado a causa alguna. El coraje se explica. Prenderle fuego a un policía nunca podrá justificarse.

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