Graph Falling Down in Front Of Mexico Flag. Crisis Concept

Quirino Velázquez

Sin duda estos son tiempos de incertidumbre. Es cierto que nos acosa el dolor, por los miles que han muerto. Es cierto que nos acosa el temor, por el riesgo en el que todos estamos. Es cierto que nos acosa el estupor, por los destrozos que van desde nuestros sistemas económicos hasta nuestros sistemas de vida.

Pero uno de los mayores acosos que estamos sufriendo es el acoso de la incertidumbre. De esa terrible mezcolanza entre el saber y el no saber. Entre el conocer y el ignorar. La incertidumbre sólo se da cuando conocemos algo, al mismo tiempo que ignoramos algo.

Así estamos frente a la pandemia actual. Sabemos que durará un tiempo, pero no sabemos cuánto. Sabemos lo que se va a deteriorar, pero no sabemos cuánto. Por eso, el número de muertes, de meses y de quiebras, hasta ahora es terreno exclusivo tan sólo de los pronosticadores y brujos.

Si a eso le sumamos, que la prensa internacional en días recientes señaló que parece que la estrategia mexicana de combate al coronavirus es como un avión volando en la noche, sin ruta, sin luces, sin coordenadas, sin instrucciones, sin saber dónde aterrizar ni cómo hacerlo, nos lleva a más y más incertidumbre.

Las notas publicadas en tres importantes diarios internacionales (El País, The Wall Street Journal y The New York Times), apuntan y dan cuenta (según ellos) que en México hay: falta de datos confiables y verificables; ausencia de pruebas y resultados; subregistro de infecciones y defunciones.

Seguramente, en todos los países se dan cifras negras, modelos matemáticos controvertidos, muertes que es difícil analizar y contabilizar, y México no es distinto. Pero aquí esos problemas se agravan porque se tomó la decisión temprana de no testear (someter algo a una prueba o control), no rastrear y no aislar como se hizo en lugares donde sí se está aplanando la curva. Aquí, parece que persiste una apuesta que cree posible enfrentar la crisis del coronavirus de manera excepcional, a la mexicana.

Pero, es una apuesta peligrosa porque se hace con información incompleta, limitada, inaccesible. Por los retos de recopilación y transmisión de datos vía un sistema de salud sinuoso por la corrupción y debilitado por el descuido de muchos años de prianismo. Por los múltiples motivos que explica el subsecretario López-Gatell todas las noches, y subraya con razón. Pero hay errores evadidos y debilidades esquivadas. Tienen que ver con la ausencia de pruebas masivas y la renuencia a aplicarlas. Tienen que ver con la falta de mecanismos para detectar rápidamente a infectados y aislarlos. No sabemos dónde están, dónde estuvieron o cómo contener el contagio más allá de la sana distancia y el confinamiento parcial.

Por otra parte, ante la incertidumbre generada por los datos que sí tenemos (los casos de Covid-19 siguen en aumento a nivel nacional: están sumándose un promedio de 3,000 contagios diarios, las cifras más altas registradas en el país desde que empezó la pandemia), este lunes (1° de Junio) termina la Jornada de Sana Distancia y comienza a su vez, el regreso a la “nueva normalidad”, como llaman las autoridades a la apertura paulatina de algunas industrias y otras actividades que será determinada por un semáforo de 4 colores (rojo, naranja, amarillo y verde) que indicara los parámetros a tomar en cuenta para retomar las actividades. Eso es lo que en teoría será o debería ser, pero parece que cada estado del país ha tomado por su cuenta el cuándo, cómo y dónde reactivar la “nueva normalidad”.

Probablemente, la “nueva normalidad” no será lo que pensábamos que iba a ser cuando nos pidieron que nos encerráramos para protegernos del covid-19. Muchos creen que la “nueva normalidad” será un periodo de rabia donde van a hacer explosión todas las emociones que se acumularon desde que inició la cuarentena. Y toda esta frustración, todo este dolor son ya una mina de oro para el oportunismo ideológico, político y comercial (no más cómo anda en “chinga” el sátrapa de Felipe Calderón).

Así las cosas, todo parece como extraído de un cuento de ciencia ficción, mientras más tiempo corre, la incertidumbre sobre los efectos del Covid-19 parecen multiplicarse en vez de solucionarse.

En este marco de incertidumbre que vivimos por el coronavirus, muy poco ayuda el clima de polarización en el que se encuentra inserto el país. A diferencia de otras coyunturas adversas, esta epidemia es aprovechada por unos y otros para tratar sacar raja confrontando.

El Covid-19 ha hecho emerger a la superficie las grietas de una nación fracturada. Un país quebrantado por la desigualdad, la violencia, la inseguridad y la agudización de diferencias entre federación y estados. A estas dolencias se suma ahora, también, la incertidumbre política por la división y la falta de canales de dialogo que detona la polarización.

Como país, es momento de reflexión. El futuro de México no puede fincarse en el divorcio y las diferencias irreconciliables entre grupos políticos y elites gubernamentales; con puentes de comunicación rotos, ni con ciudadanos con posturas tan antagónicas que van desde la organización de manifestaciones ridículas de “ricachones” (como dijo Tousaint) en auto para que el presidente deje el cargo y otros a pie que lo aclaman. Lo que yo creo que no se debe pasar por alto, es que el temor y rencor que expresan las élites económicas y partidarias adversas a López Obrador no debe llevar a perder de vista que la lucha política dentro de las instituciones es el único dique contra la violencia social.

Pero, en mala hora el presidente López Obrador anunció que reactivará sus giras a los estados cuando el país no necesita activismo político (eso que se lo deje a los partidos) ni mensajes confusos, sino acuerdos con los gobernadores y conciliación en los distintos frentes abiertos por la confrontación. El país requiere de una inyección de confianza y propuestas políticas para saber que hay y que emergerá después de la crisis.

Hasta hoy sólo sabemos que nuestro mundo va a cambiar, pero no sabemos cuánto cambiarán nuestra vida, nuestro entretenimiento, nuestro consumo, nuestra productividad, nuestro vicio, nuestro ocio, nuestra religión, nuestro humanismo, nuestra comunicación, nuestra información, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestros amigos, nuestra seguridad, nuestra desigualdad, nuestra justicia, nuestra educación, nuestra ciencia, nuestra salud, nuestra economía, nuestra sociedad, nuestra política, nuestros políticos y mil cosas más.

Finalmente, sin duda ésta es la pandemia de la incertidumbre, pero la prolongación de la crisis debe llamar a todos a recapacitar y colaborar en sintonía, sino se perderán las oportunidades para contener, después, un país polarizado que pude provocar que suceda algo muy feo, algo exactamente tan terrible como la epidemia de odio, violencia y manipulación que ya comenzamos a ver en los medios, las redes y en las manifestaciones. ¡Aguas!

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