La crisis de los partidos políticos

Quirino Velázquez

Hablar de la “crisis” de los partidos políticos parece a estas alturas un lugar común. En los últimos tiempos, ni su existencia ni su rol parecen aceptados y menos aún considerados como algo obvio. Lo cierto es que los partidos son fundamentales para la democracia, pero también son vistos como los causantes del deterioro del funcionamiento de la misma. En otras palabras, dichos institutos, indispensables para la actividad política, no gozan de cabal salud ni tampoco de buena fama pública.

En efecto, nuestro sistema político y de gobierno ha encumbrado dudas sobradas en torno al déficit de representatividad de los partidos políticos y su capacidad de interlocución y conducción social. Por un lado, observamos tendencias gubernamentales que promueven el debilitamiento de estas organizaciones (a través del clientelismo oficia) y, por otro lado, es indudable que en la actualidad tienen un muy bajo margen de aceptación y, por lo tanto, un bajo umbral de legitimación ante la sociedad y la opinión pública.

Se cree con razón, que la crisis de los partidos no es un síndrome sino la más pura expresión de un sistema político vetusto, anquilosado y enfermo que agoniza frente al dinamismo y la exigencia de la ciudadanía que demanda refundar la institucionalidad para hacer funcional nuestro sistema político.

También se opina, que a causa de la crisis por la que atraviesan, se ha profundizado la pérdida de la interlocución histórica de los partidos, ya que de intelectuales orgánicos se volvieron ignorantes políticos y gigantes de piedra, que en su verticalidad vieron sólo los intereses de sus cúpulas, dejando al margen del poder a sus militancias y simpatizantes y subsisten ajenos a la conducción política de la sociedad.

Por eso, se piensa que la debacle institucional de los partidos políticos se debe, en gran parte, al manejo cupular que se hace de ellos. Esa utilización de los partidos contribuyó a minarlos desde su interior y los debilita frente a otros. Además, los partidos dejaron de ampliar (realmente) su base de afiliados y simpatizantes: No formaron cuadros ni liderazgos. Y, desafortunadamente, tampoco sobran los incentivos para que la ciudadanía busque integrarse a un partido político, pues, de entrada, como se dice popularmente “caen gordos” y los dirigentes (de cualquier nivel) no resultan conocidos. Cuando debería ser todo lo contrario.

Así, con malas prácticas como el abandono de tareas básicas, la inacción y la indolencia, los partidos políticos han dejado paulatinamente de representar a los ciudadanos; además, se nota una negación de identidad de los partidos como tales, lo que contribuye a su desprestigio, ya que casi nadie, se animan a nombrarlos, ahora son espacios y no partidos. Parece que existe hasta vergüenza de los mismos dirigentes y eso es una forma de minimizar o denigrar la propia institución que se supone que ellos lideran.

La mayor parte de la ciudadanía más que distinguir a los partidos por sus nombres, los distingue por el nombre de los gobernantes en turno emanado de sus filas (ejemplo: López Obrador o lopezobradorismo en vez de Morena), lo que demuestra un nivel de personalización muy alto y alarmante para el futuro de una democracia representativa.

Pero su distanciamiento y falta de credibilidad social es algo tan preocupante como urgente de resolver. Un examen crítico del escenario donde se mueven los partidos conduce necesariamente a la necesidad de fortalecer las estructuras internas de éstos, ya que la personalización, verticalidad y la falta de trabajo serio, ha sido el factor inequívoco del marasmo en que hoy se encuentran y que ha propiciado la fractura orgánica y el abandono tácito y expreso de sus filas.

Las cifras no mienten, según datos del Instituto Nacional Electoral (INE) de enero de 2019 al mismo mes de 2020, los partidos políticos perdieron más del 70% de sus militantes durante la depuración del padrón de afiliados: el PRI perdió el 76% de sus militantes; el PRD tuvo una reducción del 75% en el mismo rubro; mientras que los listados del PT y MC se redujeron en 51%. En el caso del PAN la reducción en sus militantes fue del 38% y para Morena del 12% (no obstante, que tuvo miles de afiliación es que nunca registraron); sólo “curiosamente” el PVEM fue quien tuvo un incremento del 51%.

Las más de 10 millones 600,000 cancelaciones de registros que realizó el INE durante ese tiempo fueron producto de un proceso de depuración y de duplicidades de afiliación resultantes del procedimiento de construcción de nuevos partidos políticos nacionales.

También, la crisis de ideología de los partidos ha generado una serie de transformaciones en la relación de estas instituciones con su electorado. La más visible e importante es la confusión ciudadana. En la práctica, para el ciudadano común, las diferencias ideológicas de tan sutiles son invisibles, no hay distinciones concretas ni palpables entre un partido y otro; las propuestas y/o programas de gobierno de los partidos cada vez se asemejan más. Por ende, la confusión ideológica ahonda la distancia entre el ciudadano y el partido político y renueva el ciclo de desconfianza social hacia estas instituciones.

Aunado a todo lo anterior, habremos de agregar que existe una notoria disociación partido-candidato, que sin dudad es obra de la crisis de credibilidad de los partidos. Producto de este hecho, aparecen así una serie de personajes políticos que sutil o explícitamente se alejan de las siglas de los partidos, dejando atrás la época de las campañas de partidos para dar paso a las campañas personales, donde la exaltación de la persona es la parte medular para la captación del voto ciudadano.

Resulta obvio que en el momento actual los partidos políticos se han alejado sustancialmente de sus responsabilidades sociales y políticas originales. Han dejado de cumplir sus funciones centrales de agregación de intereses, de servir como canales de comunicación, de promoción de la participación y de determinación de la política y la organización del gobierno.

Ante la pérdida de sus funciones propias, los partidos han quedado limitados a la competencia en el escenario electoral; se convirtieron en organizaciones momificadas o esqueléticas orientadas a no figurar en nada y preocupadas, de manera exclusiva, por su sobrevivencia. A ello se suma un creciente desprestigio de la clase política, a causa de la corrupción, el clientelismo y la inoperancia. Producto de esta situación se generan procesos de antipatía, los cuales se manifiestan en la pérdida de identificación partidista, el declinar de la concurrencia electoral y de la membresía y la desconfianza. 

La decadencia que sufren debería ser suficiente lección histórica para concebir en los partidos un nuevo desempeño que implique reasumir los dos papeles centrales en una democracia: por una parte, la función social como responsables de la estimulación de la opinión pública y la socialización de la política y, por otra, la función institucional como parte instrumental de la conformación de los órganos del estado y el poder público.

Finalmente, frente la desoladora realidad partidista, existe en contra partida la gran posibilidad y la gran oportunidad de reconstrucción de los institutos políticos. En próxima entrega les contaré sobre ello.

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