Quirino Velazquéz

Forzado por la cuarenta y una enfermedad en mis vías respetarías (no es el Covid-19) que me aqueja desde hace dias y que me impiden salir de mi vivienda, me he puesto a leer y ahora estoy leyendo un libro de Giancarlo Livraghi (autor y ejecutivo publicitario italiano, graduado en filosofía en la Universidad de Milán, reportero, editor y bibliógrafo) que se titula El Poder de la Estupidez. He tomado de él diversas ideas y me ha provocado algunas propias. Pero, además, me ha invitado a escribir este texto que pareciera ser una apología de la estupidez. Lo que he recibido del libro y lo que he pensado lo resumo en los siguientes puntos:

Primero, Albert Einstein sostuvo: “hay dos cosas infinitas: la estupidez humana y el universo; y de lo segundo no estoy completamente seguro” y sentó las bases para teorías y leyes en el infinito mundo de la humanidad.

Segundo, es aceptar que la estupidez es poderosa porque puede dañar a todos los individuos. Equivocadamente le atribuimos más maleficios a la perversidad que a la estulticia porque creemos que hay más villanos que estúpidos. Robert Heinlein (escritor estadounidense de ciencia ficción) aconseja no subestimar el poder de los tontos.

Tercero, es aceptar que es muy difícil conceptualizar la estupidez porque, como dice Walter Pitkinm (escritor y profesor universitarios estadounidense) no existe una definición científica de la estupidez ni de la inteligencia. Es por ello que, frecuentemente, los genios sean considerados como estúpidos, por una mayoría necia.

Cuarto, es comprender su funcionamiento y, así, podremos controlar sus efectos. Esto ya se practica mucho en la actualidad con lo que hemos conocido como el “Plan B” que no es otra cosa que el reconocimiento de nuestra falibilidad (riesgo o posibilidad de engañarse o errar una persona). Lawrence Peter(pedagogo y escritor canadiense) elaboró un famoso principio referido al nivel humano de incompetencia.

Quinto, es de reconocer que la soberbia es una forma de estupidez. La asimetría de la mente es menor que la de la riqueza, el poder o la sabiduría. Hay que tener presente que existe menor desigualdad entre el más genial y el más cretino que la que existe entre el más rico y el más pobre o entre el más poderoso y el más débil o entre el más sabio y el más ignorante. Por eso, el hombre privilegiado está blindado frente al muy miserable, al muy frágil o al muy iletrado, pero está muy expuesto ante el muy estúpido. No reconocerlo es la soberbia que perdió a Maximiliano Robespierre (abogado, escritor, orador y político francés apodado “el Incorruptible”) cuando les declaró la guerra a los funcionarios rateros.

Sexto, es aceptar que la confianza es una forma de estupidez. Es la que impide la visión previsora, la disposición reactiva o la reconversión estratégica. Es la que llevó al dictador Porfirio Díaz a menospreciar a Francisco I. Madero, primero en sus modestas aspiraciones a la gubernatura de Coahuila y, después, a desestimar su campaña antirreeleccionista, más tarde convertida en convocatoria insurreccional.

Séptimo, es admitir que la inexperiencia es una forma de estupidez. Es la que nos puede invitar a ser trapecistas, domadores o políticos pensando que es muy fácil dominar a la gravedad, a la fiera o a la sociedad. Es la que desestima la adversidad, la contrariedad o la imposibilidad. Es la que llevó al famoso emperador francés Napoleón Bonaparte hasta Moscú estando persuadido y proclamando que el clima era idéntico en toda Europa.

Octavo, es asumir que el olvido es una forma de estupidez. Es el que nos hace volver a tropezar con la misma piedra. El que nos lleva a repetir los mismos errores y a suponer que, en nuevas ocasiones, producirán distintos efectos. Es el que empujó al también famosísimo político, militar y dictador alemán Adolfo Hitler a olvidar la enseñanza napoleónica y traicionar a Rusia, atacándola para convertirla de aliada en enemiga.

Noveno, es asentir que la imprudencia es una forma de estupidez. Por ello los abuelos nos recomendaban no pelear contra los estúpidos porque éstos son muchos, lo mismo que nos enseñó el gran cantautor, poeta, escritor y filósofo argentino Facundo Cabral con su frase «a lo que más temo es a los pendejos, porque son muchos, y eligen hasta el presidente» Esa imprudencia fue la autora del retorno inexplicable del que fuera emperador de México Agustín de Iturbide y de su marcha directa al paredón.

Decimo, es que desde luego todos sabemos que, dentro de nosotros, vive un estúpido. Pero también es cierto que nos molesta reconocerlo. A partir de no aceptarlo, muchas veces tratamos de sostener nuestras estupideces en lugar de rectificarlas. Esa terquedad transforma una estupidez venial en una forma peligrosa de estupidez.

Por lo anterior, también habrá que decir que los inteligentes cometen estupideces y ello nos obliga a no confundir las estupideces con los estúpidos. Es peligroso creer que un hombre es tonto porque hace tonterías o que un hombre inteligente no se equivoca. Y, a la inversa, en toda la historia de la humanidad, la mitad de las mejores ideas, de los más grandes avances y de las supremas hazañas se han debido a hombres de luces muy modestas, es decir, no muy inteligentes.

En fin, me he divertido mucho leyendo. Pero también me divertí mucho recordando algunas de mis propias estupideces. Muchas de ellas las he reconocido hasta públicamente. Hay una que cometí hace casi una década cuando elaboré el Reglamento de Proyectos de Inversión y de Prestación de Servicios del Municipio de Tlajomulco (aprobado en la administración 2010-2012) con cuyas normas se realizó el proyecto del actual llamado CAT (Centro Administrativo Tlajomulco). Es estúpido porque, para muchos, al amparo de ese reglamento, se cometió un gran timo. Pero nadie lo ha arreglado. Han pasado casi cuatro presidentes. A pasado el tiempo y esas reglas sigue idénticas, intactas y, vigentes. Por eso me tranquiliza mucho saber que, en mis estupideces, no estoy tan solo.

Finalmente, dice la sátira brasileña del Barón de Itararé (Apparício Fernando de Brinkerhoff fue un periodista, escritor y pionero en el humor político brasileño) que: “si hay idiotas en el poder es por que quienes lo eligieron están bien representados”, dejando evidencia de que la estupidez es internacional.

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