Absolutismo en el tiempo del Coronavirus

Quirino Velázquez

Leí hace unos días, que unos periodistas del Financial Times (periódico de origen británico especializado en noticias de negocios y economía) le preguntaban en entrevista al Presidente de Francia, Emmanuel Macron, si alguna vez se imaginó gobernar en una crisis de la dimensión de la actual, con efectos tan devastadores para la salud y la economía de la población. Macron respondió que no, que él no suele fantasear sobre escenarios posibles, pues prefiere estar alerta frente a los problemas que se presentaran a cada momento, porque un gobernante eficaz es aquel que sabe responder ante las situaciones siempre complejas y cambiantes que la realidad presenta.

También he leído que hace años, cuando presidía el Gobierno de España, Felipe González comentó que el buen gobernante no es aquel que nunca mete la pata (algo por lo demás imposible) sino el que la sabe sacar con rapidez.

Tanto el francés Macron como el español González pertenecen a la categoría de políticos razonables, pragmáticos, que entienden las limitaciones que el entorno social y natural, cargado de incertidumbres, imponen a la política y a la gestión gubernamental. En campaña los candidatos suelen proponer horizontes utópicos que nunca se pueden cumplir plenamente, pero los gobernantes sensatos suelen plantearse objetivos alcanzables y saben cuándo cambiar de rumbo si los acontecimientos lo requieren.

Eso no implica que no tengan principios o que carezcan de proyectos claros: he leído que Felipe González encabezó una gran transformación del Estado español para adecuarlo a Europa y para desarrollar una red de bienestar al tiempo que impulsó la modernización de las infraestructuras; durante los años de su Gobierno se consolidó el nuevo régimen democrático, producto, a su vez, no de un delirio personal sino de un gran pacto social y político. También he leído que Macron ha ido avanzando en su proyecto de reforma institucional, aunque ha debido enfrentar con flexibilidad obstáculos enormes, de amplio tradicionalismo social.

Por eso, sin duda se abrigan esperanzas que las circunstancias fatales que nos están rodeando por el Covid-19 podrían producir, a pesar de todo, un efecto favorable para la vida política de México. Es tan evidente que los problemas que nos amenazan no podrán ser resueltos con los medios habituales, que muy probablemente estemos ante la oportunidad de renovar radicalmente las formas de participación, deliberación y organización políticas que, de alguna manera, han detenido el futuro del país y de nuestro estado. Comprendo que esto es exactamente lo que ofrecieron el presidente AMLO y el Gobernador Alfaro para ganar las elecciones: la 4ta transformación de México y la refundación de Jalisco. Pero a estas alturas de los respectivos sexenios, alguien podría pensar que han preferido el camino del absolutismo (sistema de gobierno absoluto, en el cual el poder reside en una única persona que manda sin rendir cuentas a un parlamento o la sociedad en general), apoyados por sus concernientes hegemónicos partidos.

Hay quien considera que los ejecutivos (federal y estatal) lo han puesto en términos bíblicos elementales: “quien no está conmigo, está contra mí”. Que no cabe ninguna posibilidad de disentir sin confrontar, pues las decisiones que va tomando tienen siempre como justificación el número de votos que reunieron en la insurrección electoral que los llevó al poder y como extensión, el futuro luminoso que sobrevendrá gracias a su voluntad. Que no hay argumentos sino descalificaciones, que no hay datos sino especulaciones y que no hay ninguna capacidad para escuchar, excepto el eco de sus voces. Que lo que al principio

parecía una estrategia diseñada para armar la autoridad moral de sus proyectos, se convirtió en una práctica cotidiana de polarización deliberada, destinada a separar de tajo a los federales y estatales, a los rebeldes y obedientes, a los malos y buenos, aquellos y estos.

Sin embargo, la magnitud de las dificultades que ensombrecen al país y desde luego a nuestra entidad federativa, está sacando del letargo a quienes creían que la política era cosa de unos cuantos políticos profesionales. Un error que produjo otros errores, como la creencia generalizada de que la política era una actividad inevitablemente sucia que corrompía a quienes la practicaban; o como la idea según la cual, la representación equivalía al dominio colectivo y al uso arbitrario y abusivo de la autoridad. Fue a esa mecánica de oligarquías añejas y mañosas a la que se opusieron como líderes sociales, con tanta valentía como visión, el ahora presidente López Obrador y el ahora gobernador Alfaro: confrontaron a los líderes de los partidos tradicionales y al régimen que produjeron y se convirtieron, por méritos propios e indiscutibles, en los portavoces del desencanto generalizado por la corrupción y los magros y contradictorios resultados ofrecidos durante décadas del PRIAN. Ambos propusieron la dignificación de la política, rescatándola del absolutismo y de quienes la habían convertido en patrimonio de unos cuantos, para beneficio de otros tantos.

Hace apenas un par de años, todavía era difícil suponer que sería el mismo presidente y el mismo gobernador quienes descalificarían acremente a quienes participan de la vida pública con voz propia y libertad, y quienes descalificarían a quienes critican sus decisiones o la hegemonía acrítica (el concepto se utiliza para calificar a aquello que no dispone de perspectiva crítica) de sus partidos. Y durante meses (16), se han quejado de quienes se atreven a disentir o criticar, tratando de meterlos a todos en el mismo saco. Los ejecutivos, sus voceros oficiales y oficiosos (especialmente los mandatarios) han infectado la deliberación y parece que han vuelto aquellos tiempos clásicos del PRI, en los que todo el aparato del Estado se ponía al servicio de la voz y de la voluntad del mandatario.

Para concluir sólo diría que bueno fuera que, en este tiempo de pandemia y decisiones difíciles, nuestros ejecutivos leyeran, entendieran, aprendieran y practicaran la teoría de John Locke, filósofo y médico inglés, considerado como uno de los más influyentes pensadores del empirismo (teoría filosófica que enfatiza el papel de la experiencia y la evidencia) y conocido como el “Padre del Liberalismo Clásico” quien representa la oposición radical entre un modelo de Estado liberal y otro absolutista, el cual es desarrollado en su teoría de la resistencia a la tiranía. Locke parte de una serie de categorías como son la de un individuo libre, igual y racional, la del pacto como elemento fundador del poder político y la de la representación política; pero con la justificación del derecho del pueblo a resistirse de manera legítima contra los detentadores del poder. Que no se sorprendan (el presidente y el gobernador): si honraran su memoria y su propia trayectoria, se sumarían gustosos a quienes han decidido oponerse, abierta y francamente, al absolutismo. Al menos que en su desempeño sigan la hipótesis absolutista del filósofo ingles Thomas Hobbes.

#QuédateEnCasa

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