Quirino Velazquez

Toda mi vida la he pasado y pensado en las crisis. Pertenezco a una generación de mexicanos que hemos vivo en recurrentes crisis: la 1968, 1971, 1976, 1982, 1995, 2001, 2008 y 2016 (a lo mejor se me escapa alguna). Eso nos ha formado y nos ha forzado.

Y, sin embargo, muy poco sabemos del tratamiento de la información de las crisis. Quizá, por eso, los jóvenes de hoy no nos creen que antes vivimos años en los que nuestra economía decreció al -6% (menos seis por cientos), con inflación del 160% (ciento sesenta por ciento), lo cual es pavoroso y, por eso, les asusta mucho que podamos tener un crecimiento cero, con inflación del 4%. Que creen que el dólar a 25 pesos es un récord histórico, aunque, en 1982, estuvo a $70 (setenta) peso por dólar y, en 1993, … a $3,000 (tres mil) pesos por dólar.

Así es que mi generación sigue preguntándose sobre las crisis. A mí, una de las dudas que me han acosado en los días recientes, aunque no es un acoso de nuevo cuño, es la siguiente: ¿por qué una crisis de naturaleza diversa se convierte en una crisis de gobierno? Hasta hoy, no hay respuestas en las bibliotecas y no hay respuestas en palacio nacional. No obstante, puede haber una somera explicación:

Nadie con un poco de seriedad, puede darse licencia para regocijarse con la difícil circunstancia por la que transita el país. Sin embargo, lamentablemente muchos (neoliberales, derecha reaccionaria, fifís, etc.) dejan ver su bajeza y se relamen los bigotes por cómo la está pasando el gobierno (no la gente) por la crisis (sanitaria y económica) provocada por el coronavirus.

En efecto, se ha visto, como consecuencia de esta crisis, de manera clara y contundente un proyecto derechista protagonizado por una amalgama de personajes directamente entroncados por los lazos de privilegios políticos que recoge y transfigura el viejo proyecto político derechista del prian, que en este marco de la pandemia, atizan el odio y la desconfianza entre la ciudadanía, porque, según ellos es rentable para la oposición de la llamada 4ta transformación.

No se trata de que no puedan existir diferencias de visiones, recelos e incluso motivos de contrariedad entre políticos por la crisis económica y de salud que vivimos. Pero es obvio que lo deseable es que, los políticos, de un lado y de otro, ante un enemigo común (el Covid-19) al pueblo se le recubra, y se ponga en pausa sus rencillas cotidianas y marchen juntos a la guerra contra ese terrible enemigo común y establezcan mecanismos con los cuales puedan dirimirse las diferencias dentro de un marco y un estilo de convivencia constructiva, y colocar los problemas en un plano de racionalidad y veracidad informativa.

Cosa que hasta hoy eso no está sucediendo México frente a la tragedia sanitaria y económica que ha desencadenado el Covid-19. Lejos de fortalecerse el acuerdo político, la crisis ha provocado una aceleración del acostumbrado canibalismo en la esfera política y en las redes sociales.

Lo que hacen muchos de esa derecha reaccionario es exactamente eso: expulsar toda racionalidad, toda información veraz, y atizar el odio irracional entre el pueblo, con la insensata esperanza de capitalizar ese odio para su propio reforzamiento electoral, aun a costa del deterioro de la harmonía y de la propia guerra contra la pandemia.

Así es, parece que todo lo que hace o deje de hacer el gobierno del AMLO está mal, a los ojos de esa derecha reaccionaria. Si no lo hace, porque se está tardando?, y si lo hace está mal hecho. No hay explicación técnica que valga, así venga de un experto calificado. Para esa derecha neoliberal, la tragedia que se avecina ya tiene nombre y apellido (AMLO-Morena). Es tal la animadversión, que se advierte el festín embozado de todos aquellos que fueron desplazados de sus privilegios y que celebran, por anticipado el cumplimiento, por fin, de la negra profecía que habían adelantado con respecto al presidente.

Por otra parte, los pintorescos rasgos de AMLO, su rijosidad incomprensible, sus fatigosas mañaneras y su actitud frente a la crisis tampoco es que esté ayudando mucho a calmar los ánimos. Frente a la pandemia y lo que se viene con ella, él ha tratado de aferrarse a sus bitácoras de toda la vida: la noción de que la prioridad son los pobres y la confianza ilimitada en las virtudes del pueblo mexicano. Bitácoras que sin duda servirán para que las calamidades por venir no se engruesen en los más desprotegidos, como siempre ha sido el caso. Pero a muchos les parece que es un horizonte de visibilidad que se queda corto frente al momento inédito que vivimos y los complejos efectos que la crisis provocará a lo largo y ancho de la sociedad y la economía del país.

Así, estamos ante una guerra que parece imposible de ganar porque no se identifica bien al enemigo, porque no hay parque suficiente y porque se atacan los que deben ser aliados. Es imposible de ganar cuando los mariscales de campo están distraídos, cuando nadie sabe a ciencia cierta cómo evoluciona la batalla ni cuántas armas hay. Y menos aun cuando el general que la dirige está reconcentrado en la búsqueda del camino que lo eternizará; y cuando los que debería solidarizarse y apoyar celebra el caos como una oportunidad para minar a quien se opuso a sus privilegios.

Y para colmo de esta grotesca guerra, en lugar de proteger al cuerpo médico de manera prioritaria y ofrecer a cada uno de ellos los mejores medios y las más completas garantías para que desplieguen sus habilidades con seguridad, se les escatima los suministros más elementales, se les oculta información y se los somete al riesgo de contagio en los mismos hospitales donde actúan. Y encima, hay gente estúpida (por no decir hija de la chingada) que los agrede por la calle, los discrimina y les arroja cloro con desprecio.

Sin duda, el coronavirus nos tiene en crisis: “Situación grave y decisiva que pone en peligro el desarrollo de un asunto o un proceso”.

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