Religión y Coronavirus

Tiempo de contar…

“Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza”. -Jeremías 29:11-

La definición más corta de religión es interrupción. Una gran palabra. El teólogo católico Johann Baptist Metz (1928-2019) la retomó hace décadas del filósofo Sören Kierkegaard (1813-1855). Metz, el padre de la nueva teología política, combinó la promesa, para los que sufren el dolor del mundo, y la advertencia, sobre una religión que era demasiado burguesa con su forma de vida.

Y ahora el mundo está experimentando la interrupción sin fronteras y en todas las capas sociales, porque el coronavirus no conoce límites. La Covid-19 es una pandemia, una amenaza global. El mundo está paralizado, tiene miedo. Esto es un hecho inusual, porque si cientos de miles mueren de hambre en África, si un volcán erupciona en Islandia o si un tsunami azota a Asia, causando sufrimiento y muerte, la mayor parte del mundo puede seguir estos acontecimientos desde la distancia. Pero eso se acabó, porque el coronavirus nos afecta a todos.

El coronavirus también se ha convertido en una cuestión religiosa, espiritual. Dolor, pena, duda, ira. Los muy creyente dicen hay que soportar que algo así sea posible incluso como parte de la creación de Dios. Hay quien ve en el coronavirus un castigo de Dios, pero, en ese caso, más bien sería solo una imagen confusa de Dios.

En estos días, el coronavirus significa interrupción. Sí la Semana Santa se ha teñido de coronavirus. Los hospitales están cada vez más llenos de enfermos, las personas han tenido que permanecer en sus hogares; muchos se encuentran aislados para detectar posibles contagios, pero en medio de esta realidad volveremos a recordar la pasión, muerte y resurrección de Cristo, la cual, no será anulada por esta pandemia que tiene al mundo a prueba en su sistema de salud, en su economía y en la disponibilidad de las personas para ser solidarias en tiempos difíciles.

El coronavirus ha suspendido todo: playas, paseos, vacaciones, actos religiosos, meditaciones, etc. Nos llevó a cambiar las fichas del jugar, nos bajó de la nube, nos trasladó a nuevos senderos. Al parecer, nos cambió el mundo en fracciones de segundos, redujo todas nuestras posibilidades a su mínima expresión, dejándonos únicamente lo necesario: familia, comida y salud. El coronavirus hizo que recordáramos aquella frase, “Hay que estar listo para todo lo que venga en la vida”. Porque en cualquier circunstancia el ser humano debe reinventarse para poder sobrevivir y no dejar morir la esperanza, esa esperanza que Dios ha depositado en nosotros. 

La actitud positiva es importante en estos momentos de crisis, pues ya lo dice el refrán: “A mal tiempo, buena cara”. Lamentarse de lo que solíamos hacer y que dado los acontecimientos que nos ha tocado experimentar, ya no es posible realizar, no nos conducirá a ninguna parte. Tampoco llenará nuestros vacíos interiores ni mucho menos nos dejará satisfecho. Todo lo contrario, nos quitará el ánimo y las fuerzas para ver la vida con ojos nuevos. Lo que sí podemos hacer es aprovechar “el aquí y el ahora” para descubrir nuevas cualidades que nos permitan adaptarnos y reinventarnos, y poder así reconocer de la valía con la que estamos hechos. 

Creo que lo más importa, aparte de la familia, la salud y tener lo básico para vivir, es encontrar con Cristo que camina entre nosotros en Semana Santa. Porque, ¿quién sabe más de dolor, sufrimiento y sacrificio que el mismo Jesús? Por eso, sacar un rato para meditar el gran gesto de amor que tuvo el Maestro por la humanidad, es propicio para llenar nuestro espíritu de fortaleza. Él, siendo poderos se hizo pobre, y tomando la condición de esclavo pasó por este mundo haciendo el bien. Es decir, el Señor no le corría a las dificultades, asumió con valentía y coraje cada situación de la vida para que luego continuáramos sus huellas.

Que el miedo, el pánico y todas las realidades pesimistas que nos podrían llegar, no provoquen que perdamos la dirección de encontrarnos con Jesús en el camino hacia la cruz. Que estemos atentos para verlo pasar por nuestras calles y por nuestras ciudades, para expresarle como el bueno ladrón que estuvo a su lado y que también fue crucificado: “Jesús acuérdate de mí cuando comiences a reinar”. Ahora no solo se lo pediremos de forma individual, ahora lo haremos de manera colectiva, “Señor, no nos olvides en esta pandemia”.

Les cuento, que la bendición «Urbi et orbi» (Expresión latina que significa “a la ciudad y al mundo”) del Papa Francisco en la Plaza de San Pedro, a fines de marzo, ya se considera la imagen de la pandemia. El Papa rezó, le rogó a Dios. Ante una imagen de la Plaza de San Pedro en el Vaticano sin gente, un lugar vacío, símbolo de todas las víctimas y las personas infectadas que luchan por sus vidas.

Las iglesias, sinagogas y mezquitas permanecen cerradas por primera vez, incluso en estas relevantes fechas religiosas de Semana Santa. Pero esto puede ser también una oportunidad para los creyentes y no creyentes, una oportunidad para la reflexión. Una oportunidad para reanimar la esperanza y estar en paz con Dios (cualquiera que sea nuestra idea de él).

Concluyo con este hermoso versículo de la biblia (Jeremías 29:11) “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza”.

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