Vivir en libertad en tiempos de crisis

Fabiola Serratos

Hemos hablado mucho sobre la parte vulnerable de la sociedad ante esta pandemia, la que no puede quedarse en casa, la que su sustento depende del trabajo diario y que estas últimas semanas ha sido cada vez más complicado adquirir.

También hemos charlado de la indiferencia y el cinismo de algunos gobiernos promoviendo desde la comodidad y el lujo el “quédate en tu casa”

Parte de lo que se nos ha enseñado a la clase obrera es la colectividad y los principios dentro de ésta, tiene muchas ventajas el trabajo en equipo, pues los grandes movimientos surgen de la exigencia de los pueblos bien organizados, sin embargo una desventaja de los grupos también es la falta de responsabilidad personal que algunos viven.

La vulnerabilidad de los grupos radica en volver la empatía una carga que exige al otro hacerse responsable de los miedos y caprichos personales. Una idea muy conservadora y un tanto cristiana en la cual debemos recordar que todo lo que somos (sobre todo lo dañino) puede y tiene alguien más la responsabilidad de arreglarlo y/o perdonarlo.

Volvemos la empatía un capricho egoísta y de la misma manera en que existen grupos organizados también se generan los desorganizados, los contra-principios de los ideales colectivos. Y entonces surge la parte que no sabe ser libre, porque la libertad surge de la rebeldía pero nunca se pone cómoda ahí pues necesitará de mucha indiferencia para seguir justificando su arrogancia.

La libertad implica gestos como la responsabilidad individual, el buen trabajo en conjunto debe evitar de todas las formas convertirse en masa y eso dependerá de conocer las virtudes desde lo personal para poder crear dignamente principios colectivos.

La parte que no comprende desde sí misma su propia responsabilidad es aquella a la que vemos continuar con una vida tan normal que pone en riesgo la de otros y con esto hablamos de otra clase de grupo social que surge en esta pandemia.

La indiferente, la que justifica la libertad con la rebeldía, la que sale a las calles por diversión y continua un ritmo de vida sin empatía ni solidaridad. La que ha visto la cuarentena como un periodo vacacional, la que después de la desgracia seguro buscará responsables de sus actos.

El problema repito no es la colectividad sino los principios y los ideales que utilicen los grupos, son ellos los que continuarán generando masas sociales a las cuales sólo puede tratárseles con el miedo, el castigo y la imposición (cómo ha sido a lo largo de la historia) o sujetos que a partir de su propia conciencia comprendan que la sociedad y la participación grupal se forma desde la responsabilidad que tengamos sobre los derechos y obligaciones internos que deben ser por voluntad y no imposición o presunción de la libertad como un premio.

El encierro no nos convierte en prisioneros cuando sabemos ejercer una ciudadanía digna, responsable y por supuesto podemos continuar desde lo personal ejerciendo la solidaridad, el apoyo y el respeto por los otros.

Porque los otros también forman parte de esta sociedad e inevitablemente lo que acontezca desde lo interno puede beneficiar o perjudicar a los otros.

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