“Los estados son demasiado chicos para afrontar los grandes problemas de la humanidad y demasiado grandes para resolver los problemas de cada individuo” -Daniel Bell-

Quirino Velázquez

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha informado que los coronavirus son una extensa familia de virus que pueden causar enfermedades tanto en animales como en humanos. En los humanos, se sabe que varios coronavirus causan infecciones respiratorias que pueden ir desde el resfriado común hasta enfermedades más graves como el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) y el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS).

También, ha expresado que la COVID-19 es la enfermedad infecciosa causada por el coronavirus que se ha descubierto más recientemente. Tanto el nuevo virus como la enfermedad eran desconocidos antes de que estallara el brote en Wuhan (China) en diciembre del año pasado (2019).

Además, ha comunicado que los síntomas más comunes de la COVID-19 son fiebre, cansancio y tos seca. Algunos pacientes pueden presentar dolores, congestión nasal, dolor de garganta o diarrea. Y que estos síntomas suelen ser leves y aparecen de forma gradual.

Asimismo, la OMS dice que algunas personas se infectan, pero no desarrollan ningún síntoma y no se encuentran mal. Que la mayoría de las personas (alrededor del 80%) se recupera de la enfermedad sin necesidad de realizar ningún tratamiento especial. Que alrededor de 1 de cada 6 personas que contraen la COVID-19 desarrolla una enfermedad grave y tiene dificultad para respirar. Que las personas mayores y las que padecen afecciones médicas subyacentes, como hipertensión arterial, problemas cardiacos o diabetes, tienen más probabilidades de desarrollar una enfermedad grave. Que en torno al 2% de las personas que han contraído la enfermedad han muerto. Y recomienda que las personas que tengan fiebre, tos y dificultad para respirar deben buscar atención médica.

También, en días pasados la OMS declaró a la COVID-19 como una pandemia (enfermedad contagiosa que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región). A decir de la misma OMS, se trata de la primera pandemia causada por un coronavirus.

La anterior información otorgada por la OMS nos lleva a revelar que estamos viviendo tiempos muy amenazadores. Nadie había imaginado que el nuevo siglo irrumpiría montado en un caballo del apocalipsis. Nos habíamos prometido lo contrario: un siglo en el que la comunicación global y la evolución de la tecnología nos permitiría cumplir los objetivos de desarrollo sostenible, soñando con un año 2030 mucho más igualitario, más justo, más limpio, más pacífico. Un mundo sin guerras, sin hambre, sin ignorancia, sin discriminación, sin desigualdad, sin violencia. Uno en el que todos los excesos, los abusos y los despropósitos del siglo XX quedarían definitivamente eliminados.

Sin embargo, estamos asimilando la fuerza de la comunicación global por el ya famosísimo coronavirus COVID-19: nunca habíamos estado tan cerca como ahora, ni más informados de lo que sucede en cada rincón del mundo, ni más conscientes de nuestra vulnerabilidad común. China ya no queda lejos, pues nos anuncia su presencia con el virus que nos amenaza a todos; Europa está a la vuelta de la esquina; los Estados Unidos vuelven a quedarnos demasiado cerca y todos vamos devorando los mensajes que nos envían de todas partes.

No creo que se haya renunciado a los ideales ni que se hayan roto las promesas formuladas. Sin embargo, estamos reconociendo nuestros límites de una forma completamente inesperada: ya habíamos entendido, aun a duras penas, el peligro que entraña la destrucción sistemática del medio ambiente y la amenaza que eso significa para el presente de la humanidad. Pero no habíamos imaginado que la mutación viral sería mucho más potente que nuestra capacidad para enfrentarla, hasta el punto de poner en jaque a todo el mundo. El contagio ha revelado nuestra cercanía, pero también ha mostrado nuestras debilidades: Una buena pregunta ¿De qué servirán ahora los misiles y las armas acumuladas durante décadas por los países más violentos?

La crisis que está viviendo el mundo nos revela que el sistema económico mundial tampoco está preparado para derrotar a este enemigo compartido. De hecho, los contagios son más peligrosos porque la economía de la salud no está diseñada para cuidar a todos y en consecuencia puede desbordarse en cualquier momento: no se teme tanto a la COVID-19 cuanto a la presión masiva sobre el sistema de salud. Y, por otra parte, el indefectible egoísmo del sistema financiero puede acarrear muchas más tragedias por la caída de la producción, de las inversiones y de las expectativas de negocio. La desesperación fiscal y financiera que ya asoma tras la enfermedad viral no sólo nos anuncia otra faceta de este mismo drama, sino que nos confirma que nadie estará completamente a salvo.

En efecto, las consecuencias económicas serán muy duras y significativas. La pandemia ha paralizado amplios sectores de la economía mundial, se reducirá el comercio y el tránsito de personas dentro y fuera de cada país. Recursos valiosos de cada hogar tendrán que ser redirigidos a precauciones o atención médica. El mundo será más pobre al final del año. La distribución relativa de los costos sociales será tan desigual o quizás más que las ganancias en tiempos del neoliberalismo.

Incluso, si este nuevo virus desapareciera de nuestro país en este mismo momento, el impacto económico sería evidente. Así lo sugieren la caída en los precios del petróleo, el alza del tipo de cambio del dólar y los indicadores bursátiles que están gravemente a la baja. Una pandemia pone a todo gobierno frente a un dilema trágico: ¿cuántas vidas deben estar en riesgo antes de parar una economía? ¿Qué vidas deben procurar salvarse antes que otras? ¿Qué paliativos deben ofrecerse a quienes sufran más por la recesión que por la enfermedad?

Hay otra víctima de esta crisis: el desplome de la cooperación entre personas y gobiernos. Muchas personas ya incurren en compras de pánico dejando sin abasto a otras más pobres. Habrá productores y comerciantes que acaparen bienes esperando explotar alzas de precios. Gobiernos que opten por cerrar fronteras y aeropuertos para tener un chivo expiatorio ante una enfermedad que ya se transmite de manera local.

Lo irremediable es que cuando esta pesadilla haya terminado, porque de todos modos habrá de terminar, nada en el mundo será igual. Y por supuesto, tampoco en México. De buena fe, quizás hayamos aprendido a ser más solidarios, menos arrogantes y más sensatos para impedir que otras tragedias nos arrollen, para escuchar más a los expertos y para dejar atrás la candidez que todavía nos hace creer que todos los problemas, de cualquier naturaleza, se pueden remontar por la pura voluntad política de los dueños del poder. Será una lección brutal, pero quizás le ayude al mundo observar la debilidad de nuestros gobernantes ante la potencia destructiva de un bicho microscópico. Pero las virtudes de esa lección vendrán después, cuando despertemos a una nueva realidad cuyos efectos quizás durarán por décadas.

Lo que se nota es que nunca fue más evidente la debilidad de los gobiernos ni más cierto lo que advertía el sociólogo y profesor emérito de la Universidad de Harvard, miembro residente de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, Daniel Bell: “Los Estados son demasiado chicos para afrontar los grandes problemas de la humanidad y demasiado grandes para resolver los problemas de cada individuo”.

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