Víctor Hugo Ornelas

En la vida hay pocas cosas que podemos afirmar sin temor a equivocarnos, entre ellas, podemos estar seguros que no importa la hora en la que usted pueda estar leyendo este escrito, mientras lo hace, hay un alto número de personas que están sufriendo por el desabasto de agua potable en su colonia o fraccionamiento.

Ahora bien, si usted está leyendo estas líneas por la noche, le aseguro que hay centenas de ciudadanos que para llegar a casa deben recorrer un camino en total penumbra debido a los problemas con el alumbrado público.

De entre todas esas personas, a muchas les acompaña en cada paso el temor a sufrir algún asalto o agresión física, porque son conscientes que la escalada delictiva y de violencia ya rebasó nuestras posibilidades de disfrutar un paseo nocturno por los alrededores del lugar al que apostaron para ofrecer a su familia y le han invertido el patrimonio de toda una vida.

Si nos situamos en otra hora del día el panorama no es mucho mejor, pensemos en que comenzó a leer este artículo durante la mañana, entonces le puedo asegurar que a tiempo que avanza en cada línea, miles de personas tienen que lidiar con el estrés, la frustración y el enojo producido por un insuficiente servicio colectivo de transporte, al cual invierten de 2 a 4 horas del día y al que le destinan parte importante de su percepción salarial.

Un sistema que muchos han prometido convertir en digno, pero que hoy por hoy no podría estar más alejado del significado de esa palabra, quienes suben a una unidad de transporte público se deben encomendar a que aquel que lo conduce tenga el ánimo de hacerlo de manera responsable y educada, o al menos de buena gana, además tienen que digerir que el costo del pasaje le alcanza únicamente para costear un recorrido que se asemeja a la manera en que se transporta al ganado, claro, con la agravante de protagonizar un accidente o asalto a bordo de la unidad.

No importa la hora en la que lea éste escrito, hay al menos una persona que trata de hacer las cosas de manera adecuada porque entiende de valores y principios, pero mientras suda, sufre y se angustia por ser un buen ciudadano, es testigo de que la corrupción, el influyentísimo y sobre todo la impunidad, le pasan por encima a lo que socialmente está establecido como lo correcto.

Algún día, unos cuantos establecieron que había que segmentar las clases sociales, que se tenía que separar a los que más y a los que menos tienen, catalogar las clases por debajo de ellos como media, media baja, baja, pobre y pobre en extremo, decidieron además que todos ellos se encargarían de sostener a las clases que estuvieran por encima de las mencionadas, optaron simplemente por ignorar el respeto igualitario de los derechos y las obligaciones de cada ser humano, se olvidaron de la justicia social sencillamente porque no padecen ni la mitad de lo que el ciudadano promedio.

Muchos de los que hoy gobiernan y tienen poder nacieron en clases que están por encima de la mayoría, sus padres pudieron costear escuelas de prestigio y así asegurar su futuro, a ellos no les importa ni les conviene que una escuela pública compita con las privadas, porque saben que, en iguales condiciones, perderían muchas batallas.

Esas personas que en cada elección piden el voto se encargan de sostener un círculo vicioso que les ha sido redituable desde hace muchos años, dejan que se generen problemas, carencias y necesidades, para que cuando llegue el momento en su calendario apegado a un proceso electoral, emerjan como salvadores y con frases como “estamos trabajando” y “nos esforzamos” se jacten de escuchar, de atender y de solucionar para que aquellos que sufren a diario los sigan manteniendo en su lugar privilegiado.

La clase política en éste país se confía a la ceguera unos y la mala memoria de otros en una sociedad que aún en estos tiempos se encarga de seguir falsos salvadores, personajes que aseguran con voz profética hacer lo que los otros no hicieron, sujetos que esbozan un futuro con promesas que no tienen la mínima intención de cumplir, que se alimentan de votos, de paleros, de likes en sus publicaciones pagadas en las redes, de aduladores y de ingenuos que sean capaces de adorarlos y defenderlos.

Mientras yo escribía, mientras usted lee esto, en la agenda de muchos de los que “mandan” se están estableciendo prioridades, de lo que tenemos que empezar a darnos cuenta es que son completamente diferentes a las nuestras, en ellas hay reuniones con constructores y empresarios, es prioridad escuchar a todo aquel que les represente negocio y deje dinero, en sus «pendientes» no aparece el nombre de un ciudadano, sus problemas o necesidades, eso se atiende si sobra tiempo.

Como ciudadanos debemos replantearnos el papel que jugamos, pues hay otra realidad irrefutable, sin la gente, los actores políticos no son nada, es el ciudadano el actor principal y más necesario, pero mientras no exijamos, mientras no presionemos, mientras no pidamos cuentas, el ciudadano seguirá con el papel de principal proveedor y a la vez como el más afectado, y así funcionará esto: ellos harán lo que quieran y nosotros, a sufrir hasta donde aguantemos.

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