MORENA y los tres anteriores “grandes” partidos mexicanos

Tiempo de contar…

“Puertas abiertas para que ingresen quienes tengan algo que aportar; puerta abierta para que se vayan los oportunistas (persona que se acomoda a las circunstancias para obtener provecho, subordinando, incluso, sus propios principios), mal que sufre cualquier partido en el poder”.  -Jesús Reyes Heroles-

Quirino Velázquez

La política no es algo elemental y sencillo, sino que es algo muy confuso y difícil. Sobre todo, en un país tan enredado como el nuestro. Con población y territorio muy grandes. Con desigualdades muy polarizadas. Con perversiones estructurales muy arraigadas. Con sistemas de sostén muy fracturados. Con dos vecindades muy conflictivas. Con un gobierno que aún no logra encarrilarse y con una oposición que aún no logra cimentarse. Y para acabarla, con factores anímicos que en mucho nos estorban y que en muy poco nos inspiran.

Así, es que no es nada fácil pensar la política. Mucho más difícil es hablar de política. Pero mucho más complicado que todo lo anterior, es hacer política. Y si no lo creen pregúntenles a los partidos y en particular a Morena.

En efecto, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) se encuentra ante una de las encrucijadas decisivas de su historia, que solo podía abordar asumiendo su responsabilidad como lo que debería ser: un partido político hecho y derecho (con todas la de ley) cuya labor fundamentalmente es hacer política. Sin embargo, y muy a pesar de todo, los hechos demuestran lo contrario.

Hace algunos meses nos preguntamos si la política partidaria mexicana iba a cambiar por el hecho de que teníamos nuevo de presidente y nuevo partido en el poder. Al parecer la realidad nos dice que la política en los partidos no ha cambiado en nada.

Hagamos un pequeño repaso de la historia reciente de los partidos políticos en México.

Los anteriores “grandes” partidos mexicanos (PRI, PAN y PRD) se fueron hundiendo en su propia antinaturaleza. Todos fueron contribuyendo a su propia debacle y a su autonegación. Dejaron de ser aquello para lo que cada uno existía y quisieron convertirse en otra cosa distinta. Como en el circo: saltaron sin red y se estrellaron de manera terminal.

El PRI, que debía su origen y su existencia a un proyecto y a una promesa de bienestar y de progreso, quizás medios cumplidos durante sus primeros 40 años, no pudo procesar su paso temporal. Abrazó el gusto por un México aristocrático y desigual. Se corrompió ideológicamente. Después, se corrompió económicamente. Por último, se corrompió funcionalmente.

Al final de cuentas, en el 2018 para ser más exactos, el PRI no pudo resistir la opinión de los jóvenes. A todos los priistas los acusaron de ser rateros. A los pocos que no lo eran y a los muchos que si lo eran. La historia los enjuició al parejo. Nadie pudo (puede) defenderlos. Las nuevas generaciones los llevaron al paredón político.

El PAN, que debía su origen y su existencia a un proyecto de cambio, no pudo procesar su ineficiencia. Con el tiempo y con algunas concesiones del antiguo régimen fue logrando posiciones de poder. Primero, diputaciones y alcaldías. Más tarde, senadurías, gubernaturas y hasta la banda presidencial (con el “bembo” de Fox y el “tomandante bororlas” Calderón). Para que cambiara lo que los tricolores habían hecho mal o habían deteriorado. Para restaurar la seguridad. Para fortalecer la economía. Pero no pudieron. Todo se le fue en acusar al pasado. En renegar de los opositores (particularmente de AMLO). En deslindarse de responsabilidades y en tratar de endilgarles a otros sus ineptitudes. El cambio no llegó. La corrupción sobrevivió con más fuerza. A ella se asoció la inseguridad que aún prevalece y la ineficiencia panista. El resultado fue desastroso.

El PAN al igual que los tricolores, al final de cuentas (en el 2018) no pudo resistir la opinión de los jóvenes. A todos los acusaron de ser “pendejos”, persignados y rateros. A los pocos que no lo eran y a los muchos que si lo eran. La historia los enjuició al parejo. Su incapacidad no pudo defenderlos. Las nuevas generaciones los llevaron a la horca política.

El PRD, que debía su origen y su existencia a una oferta de salvamento, no pudo procesar su extravío. El tiempo se encargó de envejecerlo vertiginosa y prematuramente. Casi desde su nacimiento se mostró como un partido anciano y obsoleto. Rápidamente se llenó de los vicios que a los otros los habían invadido en décadas. Buscó posiciones y se burocratizó. Buscó recursos y se corrompió. Buscó un discurso y se confundió. Cuando resulto gobierno se parecía mucho al PRI. Cuando resultaba oposición se parecía mucho al PAN. Pero nunca logró una identidad propia y original.

El PRD al igual que los tricolores y los blanquiazules, al final de cuentas (en el 2018) no pudo resistir la opinión de los jóvenes. A todos los acusaron de ser salvajes e insurrectos por todo. A los pocos que no lo eran y a los muchos que si lo eran. La historia los enjuició al parejo. Su extravío no pudo defenderlos. Las nuevas generaciones los llevaron a la guillotina política.

Esos tres anteriores “grandes” partidos mexicanos habían llegado a ser verdaderos trasatlánticos de lujo. Pero el iceberg, el enemigo y la colisión que los golpeó tenían filosas puntas. Una de ellas fue su insensibilidad cupular. Malas dirigencias. Estancos de poder. Apropiación individual de la fuerza colectiva. La otra fue su incapacidad de renovación. Su mala aptitud para conectarse transgeneracionalmente. Con ambas puntas fueron golpeados, hicieron agua, no supieron sortear la marea, no tenían equipo de salvamento y naufragaron hasta tocar fondo.

Eso sí, eso tres anteriores “grandes” partidos (PRI, PAN y PRD) fueron como el famoso Titanic. Lo más suntuoso de la navegación política (gastaron y gastan mucho dinero). Pero se hundieron. Yo creo que ya no pueden rescatarse. La historia nos demuestra cómo los tres anteriores “grandes” partidos políticos mexicanos se fueron difuminando hasta casi extinguirse.

A raíz de aquello, emergieron nuevas corrientes, pero sobre todo nuevas agrupaciones, como Morena, para el ejercicio de la política. Morena podrían haber carecido de innovación ideológica y hasta programática. Pero representaban el atractivo de una alternativa confiable y respetable para los nuevos electores mexicanos. Sin embargo, parce que resultó casi igual que los otros (corrupción, ineficiencia, rijosidad, insensibilidad de su cúpula, etc.) por lo que no se le adivina futuro transexenal.

Así las cosas, se acerca la elección del 2021 (la elección más grande, más compleja
y probablemente con la mayor cantidad de partidos disputándose 17 gubernaturas, la cámara de diputados, numerosos congresos locales y centenares de municipios) y, como ya quedó evidenciado, Morena no existe como partido. No son capaces ni de organizar una elección interna porque, en realidad, solamente parecen ser una enorme masa de voluntades que se nutre de la autoridad moral y política que tiene el presidente AMLO. Sin su liderazgo, Morena no existiría y muchos no hubieran alcanzado los espacios que ahora ocupan (incluyendo algún regidor de Tlajo que ni en su corral lo hacían).

La encrucijada de Morena no puede terminar bien. Llama la atención que un partido joven, que ha alcanzado tales cotos de poder, esté enfrascado en una lucha interna tan virulenta, tan dura, con posiciones tan antagónicas en donde, incluso, lo que parece ser la única razón de ser del movimiento reconvertido en partido, la afinidad en torno al presidente López Obrador quien por momentos se ve ignorado.

La verdad, no hay modo con Morena. Sigue atrapado en un movimiento que, no partido, en el que prevalece el enfrentamiento y la lucha, implacable, por el poder. El domingo 26 de enero se dio otro capítulo de su incapacidad para asumirse como partido político y se refleja en dos vías: la distancia de AMLO con Morena, que él creó, y la incapacidad del partido para asumirse como tal.

En el Congreso de ese domingo, eligieron a Alfonso Ramírez Cuéllar (“La Polla” cómo se le conoce) cómo su presidente interino, lo que la presidenta en funciones, Yeidckol Polevnsky, desconoció, confirmando no la división, sino el enfrentamiento que, sólo la mano de López Obrador, aunque no quiera, podrá resolver.

Pero ese penoso acontecimiento parece no preocuparle al dueño, fundador y principal accionista del partido en el poder, argumentando que él no tiene por qué participar en el proceso de elección del dirigente de su partido. ¿Cuál es la línea para nombrar a los dirigentes del partido?, se preguntó el presidente AMLO en la mañanera. Y él mismo se respondió: La línea es que no hay línea, que se resuelva de manera democrática. ¡Por mí que se agarren a chingadazos!, quiso decir.

Aunque suene demasiado anticipado, muchos analistas, incluso encumbrados morenistas, dicen que lo que está en juego hoy en Morena es su candidatura presidencial para 2024. Bertha Luján y Alfonso Ramírez Cuéllar son claramente dos piezas clave en el equipo político de Claudia Sheinbaum. Los demás aspirantes a dirigir el partido pertenecen a otros grupos políticos. Mario Delgado, incondicional de Marcelo Ebrard, y Alejandro Rojas Díaz Durán, del equipo político de Ricardo Monreal. Por su parte Yeidckol Polevnsky corre por la libre de la mano de los hijos el mandamás, identificada como una de las responsables de la crisis por su afán de querer ser presidenta de la República. Se dice que ellos y otros más han convertido a este partido, en un botín de las ambiciones e intereses personales antes que en instrumento político para el fortalecimiento de la democracia en el país.

Por lo pronto Morena tiene hoy dos presidentes, y al mismo tiempo, ninguno. El presidente Andrés Manuel López Obrador, su creador, fundador y dueño no ha sido capaz de poner orden en el interior de su movimiento. El problema es que, con su actual crisis interna, Morena envía el mensaje de que es igual que los demás partidos. Sus grupos internos se disputan el poder, la militancia y las prerrogativas. Ojalá no se les olvide la historia de los tres anteriores “grandes” partidos mexicanos.

Morena debería hacerle caso al ideólogo Don Jesús Reyes Heroles cuando dijo: “Puertas abiertas para que ingresen quienes tengan algo que aportar; puerta abierta para que se vayan los oportunistas (Persona que se acomoda a las circunstancias para obtener provecho, subordinando, incluso, sus propios principios), mal que sufre cualquier partido en el poder” 

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