EL DESAFIO DE MORENA

Tiempo de contar…

“El desafío del futuro desconocido es mucho más emocionante que las historias del pasado consumado”. -Simon Sinek-

El desafío para Morena es tan grande como el que tuvo el PRI a lo largo de décadas, en ese complicado ejercicio de tratar de ser el partido en el poder y no el poder con partido.

Una de las características de Morena es su enorme complejidad. Ya lo he mencionado en otras colaboraciones, que parece más, un movimiento que una organización partidista y si eso funcionó muy bien para la contienda de 2018, ya se empieza a complicar ante las exigencias de ser gobierno, de estar en el poder. Las disputas por la dirigencia nacional son muestra de las tensiones y del pulso entre los distintos factores de influencia.

En Morena aún no se han podido resolver lo de la elección (unos dicen que está suspendida otros que no) de quien asumirá la responsabilidad de conducir al partido en un contexto de altas exigencias y que tiene que preparase para la aduana del 2021, donde puede refrendar la mayoría legislativa en la Cámara o enfrentarse a una realidad distinta, donde tenga que negociar con mayor intensidad y en la que las propuestas presidenciales no sean aceptadas con las relativas facilidades con las que ahora se cuenta.

En la lógica política este no es un asunto menor y, por el contrario, de este depende, en mucho, la intensidad de las propias trasformaciones y la capacidad para prolongar la fuerza a lo largo de cada periodo electoral. Para Morena, está claro, las cosas no van a resultar sencillas y ese, paradójicamente, es el precio de su propio éxito.

Por otra parte, habrá que decir que la política mexicana siempre ha sido un juego de espejos en el que hay que leer las declaraciones en el sentido opuesto del que se emiten.

El anuncio de Andrés Manuel López Obrador de distanciarse de su partido para dedicarse exclusivamente a ser Presidente es de tal trascendencia que significará el fin o la confirmación de esa práctica de simulación.

Aquí hay que preguntarse si una organización política con cinco años de existencia, formada en torno del hoy Presidente, realmente tendría la capacidad de vivir sin él. Y también, si el proyecto de la 4T puede seguir adelante sin un partido en el que López Obrador ha fungido como líder real y gran árbitro y que ante su ausencia inevitablemente quedaría al garete. ¿Sera serio el anuncio o es parte de los juegos de espejos de la política?

Con la interrogante anterior, recordemos que “Morena es AMLO” según aquel lema que el partido utilizó en 2015, cuando apareció por primera vez en las boletas electorales. Entonces quería evitar que los votantes creyeran que López Obrador seguía siendo miembro del PRD, al que renunció en septiembre de 2012.

El lema sigue siendo válido al día de hoy: Morena es AMLO. Sin él al timón, Morena no sería mucho más que el actual PRI (discúlpenme la comparación).

El tiempo lo dirá, pero dudo que de cara a los procesos electorales de 2021 (que serán una especie de referéndum del gobierno de López Obrador en medio de la incertidumbre económica mundial que pueda cobrar factura), el Presidente renuncie al control del partido que fundó.

Pienso, más bien, que resulte quien resulte próximo líder de Morena (Mario Delgado, Bertha Luján o Yeidckol Polevnsky), esa persona tendrá una fuerza simbólica, cuyo objetivo consistirá en guardar las apariencias políticas y las formas legales. Eso no obsta para que el proceso de renovación de la dirigencia formal de Morena sea motivo de una agria disputa entre los aspirantes, que incluso le pueden dar “al traste” si siguen como van.

Lo es porque el gen del disenso entre compañeros de partido está profundamente arraigado en la izquierda mexicana (como le decía aquí en la colaboración pasada). Pero no tendrá, como creen algunos, una plataforma para incidir en los asuntos de la 4T, en la designación de candidatos, jefes de bancada y funcionarios.

Sería un cambio extraordinario que los candidatos de Morena dejaran de ser palomeados por el Presidente de la República con la misma acuciosidad con la que él decide qué servidores públicos pueden realizar un viaje al extranjero.

Así ha pasado con todas las candidaturas importantes que ha presentado Morena desde que obtuvo su registro en 2014. Por ejemplo, a la fecha no se ha visto una sola evidencia de la encuesta que supuestamente se realizó para que Claudia Sheinbaum alcanzara la postulación para la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, hecho que ocasionó una ruptura temporal entre López Obrador y el hoy líder de la mayoría de Morena en el Senado, Ricardo Monreal.

Imaginemos hasta dónde llegarían disputas internas como ésa, si el Presidente dejara solo al partido. Que no haya equívoco: el signo de la Presidencia de López Obrador es la concentración del poder y Morena es uno de los medios para lograrla.

No obstante, a un año de alcanzar el poder presidencial, Morena muestra esa debilidad institucional de no estar estructurado como partido, sino de mantenerse como una agrupación social cuyo eje es el presidente Andrés Manuel López Obrador, pero que se disputan varias corrientes con la intención de usarlo como catapulta en las próximas elecciones.

Se cuenta en los corrillos de Morena, que hasta el momento hay cuatro corrientes que se pelean el control del partido. Por una parte, Marcelo Ebrard con Mario Delgado a la cabeza; por el otro Ricardo Monreal; como tercero en discordia está Bertha Lujan, quien es señalada como la favorita; sin olvidar a la actual presidenta, Yeidckol Polevnsky.

También se dice que antes de que concluya el año, Morena habrá de tener una nueva dirigencia (por congreso o por encuesta) que conduzca las riendas en los próximos años. Y que la renovación de su dirigencia nacional será como lo decida el presidente López Obrador quien, ante las pugnas internas entre los interesados en dirigir el partido, amenazó con salirse de sus filas, lo cual generaría una crisis severa que pondría en riesgo su permanencia.

Lo cierto es que, como partido, Morena no muestra diferencias sustanciales en comparación con los demás partidos existentes. Más que un movimiento social, lo que ha demostrado en un año de estar en el poder son las mismas deficiencias y semejanzas de los otros partidos: la lucha de grupos de poder con escasa disposición en la representación social.

Los hasta hoy cuatro aspirantes a la dirigencia nacional tienen el interés particular de manejar el partido para ganar posiciones en la Cámara de Diputados en la elección intermedia del 2021, en las elecciones a gobernador que se darán en los próximos años, y hasta llegar al 2024 y tener en sus manos la candidatura presidencial.

Pero más allá de los deseos de cada una de estas cuatro corrientes de Morena, es más que claro que el presidente López Obrador es el militante número uno y que el Congreso o más bien dicho la encuesta que se haga para elegir al nuevo dirigente nacional, será una formalidad de un proceso que estará definido de antemano.

La figura de López Obrador seguirá siendo determinante en la vida de Morena que tiene el enorme desafío de independizarse del presidente y consolidarse como partido político. Desafío que en este primer proceso de renovación se ve difícil de resolver pero que, sin duda, será la meta o el objetivo a alcanzar si se quiere consolidar y trascender como una opción política más allá de la 4T.

A Morena le combine aplicar la famosa frase, del escritor y motivador inglés, conocido por su concepto de “El círculo dorado” Simon Sinek: “El desafío del futuro desconocido es mucho más emocionante que las historias del pasado consumado”.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: