EL TIEMPO DEL PODER

“…EL TIEMPO PASA Y EL NUNCA PERDONA…”  -Juan Gabriel-

Decir que el paso del tiempo es inexorable es una obviedad. Pero cobra un sentido distinto cuando se plantea desde el inevitable desgaste cotidiano al que se somete el poder público.

Todavía no se cumple el primer año de los nuevos gobiernos federal y estatal (se cumple el 1° y 6 del próximo diciembre respectivamente), en el caso del Municipio ya se cumplió, y ese enemigo implacable, el tiempo, ya comienza a ejercer su corrosiva labor. Ese maldito tiempo, que va cerrando la puerta a las oportunidades perdidas, que va modificando el cuadro de actores, escenas y protagonistas políticos, que va perfeccionando los viejos problemas y acumulando desafíos nuevos, mientras transcurre, impasible.

El ejercicio del poder tiene muchas ventajas: el control de la agenda y el predominio de la versión propia sobre cualquier otra, están entre las principales. Pero ninguna de las dos dura mucho. Mientras se construye, el poder político va ganando espacios en la atención colectiva, va fijando los temas que habrán de imponerse en la deliberación pública y va determinando la forma y los contenidos para abordarlos. Dominar la agenda significa gobernar el uso del tiempo: quien lo consigue (en una relación personal, en una familia, en una organización, en el país, en la entidad federativa o en el municipio) goza del privilegio de decidir sobre el tiempo y la atención de los demás. ¿Quién manda aquí? Manda quien decide lo que se hará cada día y quien ordena los temas y sus contenidos. He aquí la síntesis del poder realmente ejercido: el que se mide por la cantidad de tiempo que cada uno logra imponer a los otros.

Sin embargo, el tiempo es un arma de doble filo. No solo es un recurso limitado y no renovable, de modo que cada segundo perdido es simplemente irrecuperable, sino que también es irremplazable. Podrán corregirse los errores ya cometidos, pero es imposible volver al momento exacto en que se cometieron: enmendar equivale a gastar tiempo, más tiempo. Y de otro lado, su transcurso impone ciclos eslabonados de causas y efectos; es decir, va tejiendo consecuencias sobre las decisiones tomadas. La noción de que no importa el tiempo, que éste es un recurso infinito y que las cosas se resuelven solas es muy atractiva, pero falaz y constituye un entorno fenomenal para liderazgos que prometen soluciones milagrosas que jamás podrían satisfacer. Aquí se habla del tiempo perdido que, como dice el dicho, los santos lo lloran.

De entrada, conforme evolucione el trienio (en el caso municipal) y el sexenio (en los casos estatal y federal) irá agotándose poco a poco el espacio disponible para seguir cargando sobre el pasado todas las razones de los problemas presentes; como recurso político, el pasado también tiene caducidad. Y lo mismo puede decirse de los compromisos ya formulados y, especialmente, de los más ambiciosos. Conforme avancen las horas, se irán estrechando los márgenes disponibles para mejorar el trasporte, para mejorar la circulación en las vialidades, para someter a la corrupción, para garantizar la seguridad, en fin, para la trasformación, para la refundación, para la ciudad modelo. No es lo mismo hablar de estos temas con la libertad que ofrece el nacimiento de un nuevo gobierno, que hacerlo mientras corre el reloj: proponer soluciones audaces no es lo mismo que ofrecer resultados tangibles; entre unas y otros se cuela la pátina (debilitamiento del color que produce el paso del tiempo en algunos objetos).

Dice una cita del maestro chino llamado Han Shan que nadie puede beber el agua de un espejismo. Ese charco en el desierto que a lo lejos nos parece tan real se difumina conforme nos acercamos hasta que, al estar lo suficientemente cerca, nos damos cuenta de que realmente no existe: el agua no era más que una ilusión, un deseo.

Algo similar ocurre con el tiempo en poder público. Desde lejos parece no acabarse nunca, vemos el fin del mismo como algo lejano que no sucederá próximamente, pero conforme nos vamos acercando, vamos haciéndonos conscientes de que, así como el charco no era real, la ilusión infinita del tiempo en el poder, tampoco lo es.

En efecto, el tiempo produce cambios en el escenario político. Inexorablemente, la figura presidencial, la del gobernador y la de los alcaldes, irán cediendo su espacio a otros personajes, como de hecho a sucedido y seguirá sucediendo: otros poco a poco irán ganando notoriedad, por buenas y por malas razones, e irán disputando la agenda prioritaria de los actuales mandatarios hasta, eventualmente, ir imponiendo sus propios temas.

Así que repito: decir que el paso del tiempo es inexorable es una obviedad, pero más vale tenerla presente. Si alguien cree que la situación que hoy vivimos será eterna y toma decisiones haciendo caso omiso al paso del tiempo, habrá cometido un error garrafal: más vale aplacarse. El trienio y el sexenio comienza a moverse y nadie, nadie absolutamente, puede evitarlo. El tiempo no se detiene y las manecillas del reloj siguen avanzando hacia un final que sabemos que es inevitable.

Y si no lo creen, que escuchen la hermosa canción titulada “Abrázame muy fuerte” del famosísimo cantautor michoacano Juan Gabriel (Alberto Aguilera) que entre otras estrofas bien dice “…EL TIEMPO PASA Y EL NUNCA PERDONA…”.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s