CORRUPCIÓN

Por Quirino Velázquez

Lunes 5 de agosto del 2019

“SERVIRSE DE UN CARGO PÚBLICO PARA ENRIQUECIMIENTO PERSONAL RESULTA NO YA INMORAL, SINO CRIMINAL Y ABOMINABLE”. -Cicerón-

Sabemos poco de ella pero se aparece en todas nuestras transacciones: en el pago de servicios supuestamente gratuitos como la recolección de basura, en el expendio de litros de gasolina que en lugar de tener mil mililitros como en todo el mundo en México solo tienen 900 ml, en la ocupación privada de un espacio público a cambio de una renta mensual, en la asignación de un proyecto de infraestructura que debió ser licitado, en la entrega de información confidencial para ganar una subasta, en la exoneración de la entrega de impuestos que fueron retenidos, en el desvío de recursos de la federación etiquetados para equipar a la policía o las aulas de las escuelas.
Algunos analistas refieren que el fenómeno de la corrupción es complejo, sistémico, estructural, trasversal, multicausal, ligado al poder. En los últimos años, el caso de México ha destacado debido a los altos niveles de corrupción e impunidad que se perciben. Desde hace más de 30 años, Gabriel Zaid (en la propiedad privada de las funciones públicas) señaló que “la corrupción no es una característica desagradable del sistema político mexicano: es el sistema mismo”. El sistema consiste en “disponer de las funciones públicas como si fueran propiedad privada”. Zaid señala que la esencia de la corrupción no está en el lucro derivado de las funciones públicas sino en la mentira de que el poder es público, ya que no le rinde cuentas a nadie, lo que lo hace impune.
María Amparo Casar (en Anatomía de la corrupción) define a la corrupción como “el abuso de cualquier posición de poder, pública o privada, con el fin de generar un beneficio indebido a costa bienestar colectivo o individual”.
Irma Eréndira Sandoval (en la corrupción = dominación social + impunidad – voz ciudadana): afirmó que la corrupción se encuentra en las estructuras del poder político mexicano que se manifiesta en el abuso del poder, más la impunidad menos la participación ciudadana.
¿Cuál es el problema de la corrupción? ¿cómo nos afecta? La corrupción desvía recursos públicos, destinados a cubrir necesidades sociales, para el beneficio de unos cuantos; devora presupuestos; incrementa vertiginosa y artificialmente los costos de las compras y obras gubernamentales; eleva estratosféricamente la deuda pública; es pésima administradora de los recursos públicos; crea obras fantasmas; genera “aviadores” y empleos falsos; propicia el “clientelismo político” a través de redes simulando comités de participación ciudadana y por tanto desvirtúa la misión de las instituciones públicas, desviándolas de sus fines; deteriora todo lo que toca, organismos públicos y privados, grupos y personas; enmohece y corroe las bisagras de puertas y ventanas para que no se abran a la luz.
Así, podemos decir que conocemos algunas de sus causas, pero no logramos comprender cómo se concatenan para constituir un modo de vida público y social. Observamos que tiene consecuencias negativas en el crecimiento, pero la dejamos operar. Sabemos que daña la economía familiar de los más necesitados, que profundiza la desigualdad y que disminuye el bienestar, pero optamos por practicarla. Identificamos a los que la cometen, pero los premiamos con puestos de gobierno y con un lugar privilegiado en la sociedad (los corruptos viven en fraccionamientos de lujo). Estudiamos casos exitosos para erradicarla, pero no los replicamos. La condenamos, pero la justificamos.
No sabemos a ciencia cierta si todas aquellas conductas que engloba el término de corrupción han aumentado o disminuido a lo largo del tiempo. Pero sabemos tres cosas. Primero, la percepción sobre la corrupción, particularmente la que campea entre los políticos (de todos los niveles) y el sector público, crecía año con año (hay que ver como termina este 2019). Segundo, en las mediciones de percepción de los problemas que aquejan a nuestro país, la corrupción se ha posicionado como una de las principales preocupaciones, incluso por encima de la pobreza. Tercero, la impunidad que acompaña a la corrupción se ha mantenido constante.
Como ocurre con el resto de los delitos, faltas e infracciones en México, los que se definen como actos o hechos de corrupción casi nunca se castigan. La cifra negra (el porcentaje de delitos de corrupción cometidos, pero no castigados) es de: 97%. De lo que sí hemos sido testigos en las últimas fechas, es del incremento en la exhibición (que no de la denuncia o consignación judicial) de los escándalos de corrupción en las modalidades privada y pública y, dentro de esta última, en las tres ramas y los tres órdenes de gobierno.
Cierto, hay gobiernos y servidores públicos de todos los colores partidarios y de todos los niveles jerárquicos que han estado inmiscuidos en denuncias públicas que involucran el uso y abuso del poder para beneficio privado. Pero también hay algo más que afecta mucho a la imagen de esos políticos, que además de corruptos, son incumplidos con sus compromisos contraídos. Bien lo indica José Elías Romero en su artículo titulado La seriedad como alta política: “En el lado de los gángsters, el que no cumple se muere o desaparece. En el lado de los gobernantes, el que no cumple se burla o se ríe”.
Ya desde antes de la época de Cristo el jurista, escritor, filósofo, político estadista, investigador y orador romano Marco Tulio Cicerón bien decía: “SERVIRSE DE UN CARGO PÚBLICO PARA ENRIQUECIMIENTO PERSONAL RESULTA NO YA INMORAL, SINO CRIMINAL Y ABOMINABLE”.

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