In memoriam Juana Orozco

Por Octavio Guevara

Viernes 05 de julio de 2019

El pasado en el presente aún sigue vivo entre nosotros, entre nuestros tlajomulquenses, quienes mantienen vivas las tradiciones y costumbres. No obstante, poco a poco, con cada fallecimiento de uno de los nuestros, va ganando terreno un Tlajomulco nuevo y extraño, donde las personas que pisan su suelo raras veces comparten el estilo particular de esta tierra tan conocida por su exquisitez. Esta reflexión, estimado lector, viene a este espacio a raíz del deceso de Juana Orozco Tejeda, oriunda de Concepción del Valle ‘‘La Concha’’, quien partió a la casa del Padre el pasado viernes 21 de junio y cuyo novenario, rezado por doña Lupe Flores, finalizó este lunes 01 de julio.
Nuestros tlajomulquenses se pueden sentir orgullosos de ser de aquí, de tener raíces tan remotas y un papel importante en la historia de sus terruños, y doña Juana pertenece a ellos, pues su familia ha presenciado y participado en incontables sucesos en La Concha (desde 1853), Tlajomulco y Lomas de Tejeda, principalmente, y por el municipio abundan cientos de parientes. Según la historia familiar, Juana pertenece a la octava generación de aquellos indígenas caciques de apellido Tejeda, que llegaron a Tlajomulco hacia 1720 y arrendaron tierras en Cacaluta (de la cofradía de la Purísima Concepción), motivo por el cual se les conoció a esas tierras como el ‘‘Rancho de los indios Tejeda’’ o ‘‘Rancho de Tejedas’’, antes de cambiarse a ‘‘Lomas de Tejeda’’. No es suficiente este espacio, y no se pretende agobiarle, para escribir los numerosos hallazgos sobre la familia en Tlajomulco, que han arrojado algunas investigaciones de particulares.
Un sábado 12 de junio de 1954, los llantos de una criatura recién nacida anunciaban que un matrimonio daba la bienvenida a un nuevo integrante: doña Hilaria Tejeda trajo al mundo a Juanita, la tercera de los cinco hijos que sobrevivieron. José Orozco e Hilaria bautizaron a su pequeña hija el día de la Virgen del Refugio de 1954, en el santuario de Santa Anita. Desde niña, Juana habría de aprender a ser una mujer de su tiempo, cuidando a sus hermanos y preparando los alimentos; pero los golpes del destino la convirtieron en una mujer que trabajaba tanto como los hombres, recorriendo los potreros, trabajando en el cacahuate, en el maíz y otras labores pesadas, madrugando siempre. Esto no quitaba algunas capacidades que adquirió, principalmente en trabajos de costura, donde nacieron exquisitas prendas tejidas a mano (desde una bufanda hasta una colcha o prendas de vestir de tamaño considerable).
Sin duda, el mejor protagonismo fue el que Juana tuvo en la vida de quienes le rodeaban. Sentarse a platicar con ella y su madre era sinónimo de horas de información: así terminaban quienes iban ‘‘de pasada nomás’’, los clientes del negocio y otras visitas; allá iban ‘‘sus niños’’ a jugar maquinitas, por refrescos, por botana; iban las vecinas por agua al pozo, por plantas medicinales y por remedios. En su lúcida memoria podía uno nadar en el mar de sus recuerdos, echando vuelo a su imaginación, conociendo muchas personas que nacieron en el remoto siglo XIX, muchas anécdotas, y duela el etcétera por toda la memoria que se fue con ella al más allá: genealogías, fechas, nombres, sucesos, secretos.
Los recuerdos son los que más duelen con su partida, esos tradicionales viajes a Talpa, a pie hasta Cajititlán; caminar hasta San Sebastián y Santa Anita, cuando no había muchos medios de transporte; los viajes en ferrocarril a Manzanillo, a Sonora, a muchos lares donde Juana posó para la fotografía del recuerdo. Todas sus enseñanzas conforman el mejor de los legados, para los de La Concha duele esta partida. Hoy, sus hermanos y sobrinos vivirán una nueva etapa sin su ‘‘tía Juana’’, donde habrán de hacer frente a los problemas, recordando ante todo la unidad familiar y el respeto a la memoria de sus antepasados, los que moran donde hoy se encuentra Juana Orozco Tejeda.
Descanse en paz.

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