LA OPOSICIÓN

Por Quirino Velázquez 

Martes 02 de julio de 2019

“LA OPOSICIÓN, CON TODOS SUS ESFUERZOS, LEJOS DE CAUSARLE DAÑO A LA AUTORIDAD PUEDE AYUDARLE. […] EL GOBIERNO PUEDE ESTAR MUCHO MÁS SEGURO DEL ÉXITO GENERAL DE UNA MEDIDA, Y DE SU APROBACIÓN PÚBLICA, LUEGO DE QUE ESTA HA SIDO DISCUTIDA POR TODOS LOS PARTIDOS CON LA NACIÓN COMO TESTIGO” -Jeremy Bentham-

A partir del 01 de diciembre del año pasado López Obrador gobierna con apoyo popular mayoritario, con mayorías parlamentarias, tanto a nivel federal como en los Estados, y con una oposición en ruinas. Este escenario tan aparentemente cómodo para el Presidente no es antidemocrático, pero puede convertirse en una bendición envenenada para su sexenio.
Porque uno de los factores determinantes para darle forma a un gobierno es la relación que establece con sus opositores. Se trata de una relación tensa, pero que puede ser muy útil para mejorar el desempeño del partido en el poder. La oposición puede enriquecer la deliberación pública y ayudar a gestionar la pluralidad al darles espacio a preferencias diversas. Al ser una fuente potencial de vigilancia y crítica pueden demandar explicaciones, presionar a los gobernantes para que argumenten sus políticas y rindan cuentas. También, en la medida en que la oposición puede restringir el margen de acción del gobierno y hacerle contrapeso, pueden presionarlo para que sea más incluyente y compartir la carga de sus decisiones.
A decir verdad, la democracia mexicana no ha conocido oposiciones que, al cumplir su función de contrapesos del poder, ayuden a construir.
Entre 2000 y 2006, en el sexenio del nefasto panista Vicente Fox, el PRI conservó mayorías en ambas cámaras y en los Estados, mismas que utilizó para condicionar sus votos en el Congreso y la gobernabilidad del territorio a cambio del fortalecimiento político y financiero de los gobernadores. El saldo de aquella oposición chantajista, aunado a la falta de experiencia e incompetencia manifiesta de Fox, fue un gobierno apocado y decepcionante.
Entre 2006 y 2012, durante la presidencia del también nefasto panista Felipe Calderón, el fantasma de la ilegalidad de las elecciones presidenciales convirtió al PRD, remolcado por el liderazgo de López Obrador, en una oposición intransigente que desconoció su derrota y canceló cualquier posibilidad de interlocución con el nuevo gobierno. Los perredistas desperdiciaron el poder que los electores les habían dado en el Congreso (el contingente legislativo más amplio que había tenido la izquierda mexicana hasta entonces) y empoderaron a un priísmo muy disminuido electoralmente, pero que mañosamente supo aprovechar la coyuntura. El resultado fue un gobierno a la defensiva, desdeñado por el lopezobradorismo y maniatado por los priístas, que se empeñó en querer gobernar con mano dura a pesar de su evidente debilidad.
Finalmente, entre 2012 y 2018, en el sexenio del igualmente nefasto priista Enrique Peña Nieto, ocurrieron dos cambios. Por un lado, la izquierda se dividió: López Obrador abandonó el PRD para fundar MORENA, a cuya creación dedicó buena parte del sexenio. Por el otro lado, el PAN y el PRD se aliaron al PRI en el “Pacto por México”, el paquete de reformas de Peña Nieto. Con AMLO más ocupado en asegurar la viabilidad de su nuevo proyecto que en oponerse, y con el PAN y el PRD domesticados al punto de perder credibilidad como fuerzas opositoras, Peña Nieto gobernó a sus anchas, sin controles ni resistencias políticas. Además de la corrupción y la incompetencia, muchos de los excesos, negligencias y déficits que hicieron al gobierno de Peña Nieto tan impopular y que fueron posibles por la falta de una oposición efectiva.
Ahora López Obrador encabeza otro sexenio casi sin oposición, aunque no por acuerdo cupular sino por mandato electoral. En principio parecía una buena noticia para su presidencia: No obstante, su nueva hegemonía y la fragmentación de la oposición implican que MORENA gobernará sin mucha fiscalización ni grandes contrapesos, por lo que toda la responsabilidad y todos los costos recaerán sobre AMLO y su partido.
México se enfrenta a problemas estructurales muy complejos (violencia, corrupción, impunidad, pobreza y desigualdad) y, en el contexto de una victoria que desató demasiadas expectativas, el gobierno de AMLO corre tres grandes riesgos. Podría cometer el error de confundir fuerza con ser infalible y ensoberbecerse en su mayoría absoluta; desgastarse demasiado rápido, dada la dificultad de dar resultados significativos incluso en el mediano plazo, y, con el sistema de partidos hecho pedazos, de dejar al electorado mexicano sin otra alternativa más que probar oportunidad con alguna figura verdaderamente antisistema.
Para atajar esos peligros, a seis meses de iniciado su gobierno, AMLO tendrá que hacer algo que nunca hizo como oposición: reconocer la legitimidad de sus adversarios, admitir la validez de puntos de vista distintos al suyo, abandonar el gastado recurso de estigmatizar como “mafia en el poder” a todo aquel que lo critique o esté en desacuerdo. Por el bien de su gobierno y de México, López Obrador necesitará una oposición que lo interpele y le impida caer en el engaño o la autocomplacencia; que le exija no solo que haga cosas buenas sino, sobre todo, que las haga bien.
Por otra parte, la falta de resultados, decisiones fallidas y regular administración han iniciado el desgaste presidencial, el cual pudiera acelerarse por el desengaño de quienes creyeron votar por un proyecto distinto. Pero eso no significa en automático el fortalecimiento de los partidos opositores. Falta que estos se vuelvan alternativa. Lo que pierde el gobierno no lo gana en automático la oposición.
Finalmente, si bien en sentido estricto, no la necesita para gobernar, López Obrador haría bien en buscar los beneficios que la oposición (aunque minoritarias) puede brindarle para mejorar la calidad de su gobierno. Como escribió el filósofo, economista, pensador y escritor inglés Jeremy Bentham en su ensayo sobre táctica política: “LA OPOSICIÓN, CON TODOS SUS ESFUERZOS, LEJOS DE CAUSARLE DAÑO A LA AUTORIDAD PUEDE AYUDARLE. […] EL GOBIERNO PUEDE ESTAR MUCHO MÁS SEGURO DEL ÉXITO GENERAL DE UNA MEDIDA, Y DE SU APROBACIÓN PÚBLICA, LUEGO DE QUE ESTA HA SIDO DISCUTIDA POR TODOS LOS PARTIDOS CON LA NACIÓN COMO TESTIGO”.

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