La violencia en la historia tlajomulquense

Por Octavio Guevara

Viernes 14 de junio de 2019

Está más que evidenciado que vivimos en días negros, en lo que respecta a la seguridad de nuestro País; la violencia es el pan de cada día. Las noticias sobre casos particulares conmocionan al País, pues representan a los otros miles de casos similares que son callados en las estadísticas y las versiones oficiales. La violencia no distingue género, arrasa con todos por igual: hijos e hijas, padres y madres; estudiantes, profesores, periodistas, activistas, trabajadores y, en el largo etcétera, hará usted bien en pensar en otros no mencionados aquí. No hablamos exclusivamente de la guerra contra el narco: ante la desgracia del ciudadano ya no se puede decir que ‘‘andaba en malos pasos’’, ‘‘seguramente fue por algo’’, ‘‘él o ella se lo buscó’’, ‘‘seguramente fue un ajuste de cuentas’’, etc.
Los casos difundidos, en su mayoría, evidencian la impunidad y la incompetencia de las autoridades en todos sus niveles: la desgraciada fama que tiene nuestro País a nivel mundial (se ajusticia a los grandes criminales mexicanos en otros países). Toda esta ola de inseguridad que ahoga al País no es un tema ajeno para un historiador, quien, en sus continuas labores de investigación, en algún momento se encuentra con situaciones de violencia en los documentos que explora. Cada caso en el pasado evidencia el ambiente propicio para que se geste la violencia, muchas veces este proceso se da en la familia (en todos sus papeles funcionales); el pasado en el presente sigue vigente.
Detengámonos por ahora en un lamentable caso sucedido en el pasado mes de abril, frente a Casa Jalisco: Vanessa Gaytán fue asesinada por su marido, en las narices de las autoridades, aun contando con órdenes de protección a su integridad. El suceso dio mucho de qué hablar, pero en especial se cuestionó la actuación del Estado para garantizar la seguridad de la ciudadanía. Por otro lado, tanto un servidor como Rey Orozco comentábamos sobre la similitud de este caso respecto a otro, sucedido en Tlajomulco hace casi tres siglos: Nicolasa de Escobar y Cristóbal de Zárate, su marido, en enero de 1721.
En aquella sociedad religiosa, Nicolasa tuvo que hacer a un lado las críticas y consejos de sumisión para solicitar el divorcio ante las autoridades eclesiásticas de Guadalajara. La causa era su marido: ‘‘la mala y cruel vida que le da, moliéndola a palos, azotes y otras penas con que ha largo espacio de tiempo la aflige continuamente’’. Cristóbal fue detenido e ingresado en la cárcel, pero más tarde acusó el sacerdote: ‘‘consta haber salido de la cárcel en que se hallaba de mi cuenta, debajo de fianza que dio de su enmienda […] ha vuelto a reincidir y maltratar a su mujer y, para que este juicio se proceda con audiencia de él, como se debe, y para que pueda ser castigada su osadía, suplico a V.P. me lo remita con la calidad de preso a esta ciudad con toda seguridad, porque estoy certificado el que como fugitivo se ha retirado a ese pueblo’’.
Lo mismo sucedió con Vanessa, meses atrás, al denunciar la violencia doméstica, pese al miedo y las amenazas, aunque su pareja logró acabar con su vida. La palabra ‘‘reincidir’’ se ve en ambas situaciones, dejando ver que la inseguridad rebasa a las mismas autoridades; una cárcel parece no ser lo suficiente, libertad bajo fianza es muestra de la impunidad y, cuando los encargados del orden quieren recapturar al fugitivo, ya es demasiado tarde. No obstante, las leyes mexicanas parecen no tener efecto sobre el gran responsable en la historia: la familia. En este grupo se gestan, a temprana edad, los futuros victimarios y víctimas que la sociedad recibe como ciudadanos; el ejemplo educa, el ‘‘alto’’ comienza ahí, la disciplina moldea, la responsabilidad se mama, la reprensión define la reinserción, incluso, aunque parezca ironía, no tener familia atrae los mismos riesgos. La familia tiene una deuda histórica en nuestros oscuros días.

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