El círculo de la exclusividad

Por Víctor Hugo Ornelas

Viernes 14 de junio de 2019

Es indudable que, si alguien espera mejorar sus condiciones de vida y alcanzar un nivel hasta cierto punto adecuado, o al menos aceptable, debe hacer algo al respecto, pues la época en que los milagros caían del cielo se acabó en cuanto se terminaron de escribir los evangelios.
Sin embargo, también es cierto que el ciudadano requiere de un poco de ayuda y ésta la brinda el Gobierno facilitándole las herramientas y/o los medios para alcanzar aquellas metas propuestas.
Sin embargo, a estas alturas, esas herramientas por llamarles de algún modo, son cada vez más escasas o limitadas. Pero cuáles son éstas herramientas a las que nos referimos, bueno, pues entre ellas están la educación, los proyectos y programas de desarrollo social, la seguridad pública, los servicios públicos, en fin, toda la gama de servicios, proyectos, programas y derechos que fueron desarrollados en su momento con la intención de apoyar al ciudadano en su crecimiento, integración y avance social.
En materia educativa se requiere mucho más que una reforma para lograr salir del bache en el que hemos caído, la calidad de la educación se hunde de manera proporcional a la falta de infraestructura educativa y parece que los docentes no han encontrado la forma de adecuar la educación a la llegada de nuevas tecnologías que hacen al ser humano menos productivo y más dependiente.
En otros tiempos, cada uno de nosotros teníamos registrado en nuestra memoria el número telefónico de al menos las personas más cercanas, el trabajo, la casa y uno que otro más, sin embargo, hoy muchos no saben ni su propio número celular, pues estos aparatos cuentan con una agenda electrónica que recuerda cada dígito y podemos acceder a ellos sin necesidad de quebrarnos la cabeza.
Mientras nuestros hijos aprenden las matemáticas y el español en escuelas con hoyos en el techo, salones de lámina o maestros ausentes, los hijos de los que gobiernan el País acuden a prestigiosos colegios cuya mensualidad es más alta que el salario mínimo de un trabajador y que, por consiguiente, a ese niño le resultará mucho más sencillo encontrar trabajo al mencionar dónde estudió, que uno que lo hace en escuela pública. Y qué pasa cuando un ciudadano llega a la tercera edad en nuestro País, las herramientas que hay para que pueda mantener una vida digna son prácticamente escasas.
Del transporte público ni hablar, esta herramienta es de las que podría decirse que funcionan de peor forma, subirse a un camión puede ser una cosa así como meterse a una máquina de depresión, muchos de los usuarios además de soportar dos o tres horas diarias a bordo de una unidad colectiva, tienen que soportar cada mañana antes de trabajar, viajar con el espacio mínimo para respirar a bordo de algo que es conducido por una persona llamada chofer, que si bien mucha gente odia, no es más que otra víctima de la falta de herramientas que carece este País y que consiguió ese monótono trabajo como uno de los últimos recursos y no como el ideal que se planteó de niño, o haga memoria, ¿Conoce usted a muchos chiquillos que al preguntarles lo que quieren ser de grandes le respondan “quiero ser camionero”?
Claro, mientras esta gente padece todo esto, quienes se dedican al negocio de la movilidad en el Estado viaja en un vehículo de lujo conducido por un chofer privado que le dice “señor”, maneja con cuidado, lo deja en donde quiere y entiende que lo que brinda es un servicio y no un favor.
El asunto es que las herramientas ahí están, pero son accesibles solo para unos cuantos, aquellos que nacieron en un hospital privado, nacerán sus hijos en un hospital privado, mientras que quien nació en un centro de salud, la sala de su casa o una clínica pública, es probable que herede esa suerte a sus descendientes.
Quienes llegan a la función pública puede que sus hijos le sigan el paso con la facilidad de que habrá un camino para hacerlo, mientras que los que padecen por la función pública, su familia y sus hijos lo seguirán haciendo, esa es la condición de vida que parece prevalecer en el País, donde nos prometen una cruzada para acabar con el hambre, pero no se atrae la inversión adecuada para generar empleo. Un País donde los gobiernos enseñan que quienes no tienen, deben pedir limosna, pues la buena calidad de vida es exclusiva para un círculo llamado minoría, y mantenido por la mayoría, como son los pobres.

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