Los Orozco

Por Octavio Guevara

Viernes 07 de junio de 2019

El viento de los años no perdona monumentos y los reduce a polvo, el hombre así lo permite con los suyos, cuando reniega u olvida su pasado. Afortunadamente, estimado lector, la historia se ha escrito y hablado durante generaciones, gracias a una labor en conjunto tanto de mayores y aficionados como de estudiosos. Tal es el caso de la familia Orozco, una historia escrita por la tradición oral y el trabajo de archivo, que hoy presento con las pesquisas que Rey Orozco comparte sobre ella, su familia paterna de Concepción del Valle ‘‘La Concha’’. Ahí hay dos familias con ese apellido, aunque hablaremos de los Orozco Tejeda y descendientes.
La niñez y juventud se endulzaron con las interminables y amenas pláticas con los abuelos, los tíos y los mayores de quienes aprendimos consejos, dichos y el pasado familiar. El tío Jesús ‘‘Tutis’’ Orozco (1912-2006), quien fue miembro de la Acordada de la hacienda, fungió como un padre para sus hermanos a raíz de la orfandad, y preservó la memoria familiar más remota. Gracias a sus pláticas, y a las de los mayores que le siguieron, se puede retroceder en el tiempo, evidenciando que en cada siglo se es diferente en la sociedad. Decían que los Orozco eran de Arandas, Jalisco, y efectivamente lo son, pero no se sabía en qué circunstancias vivían ni que solían apellidarse ‘‘Tello de Orozco’’. Eran de calidad ‘‘españoles’’, se les llamaba por ‘‘don’’ y ‘‘doña’’ y vivían en ‘‘puestos’’ y ranchos.
Antes de Arandas, los Orozco vivían en la jurisdicción del pueblo de Ayo el Chico, allá nació Ignacio Tello de Orozco, en noviembre de 1727, hijo legítimo de José (ca.1690) y Lucía de la Mora. Más tarde, en 1746, migraron a Jalostotitlán, donde se casó don Ignacio con María de los Dolores Lomelí, el 25 de febrero de 1748. Con este matrimonio, nació ya en Arandas Francisco Orozco Lomelí (c.1755), quien contrajo nupcias con María Hernández el 08 de noviembre de 1775. Entre sus hijos se cuenta a Juan Antonio Orozco (c.1780), quien contrajo matrimonio con Polonia Ortega, el 25 de abril de 1808. De ellos nació Máximo Orozco Ortega (24 de junio de 1812), quien dejó de apellidarse ‘‘Tello de’’ al unir su vida con Feliciana Hernández, el día 25 de abril de 1832, dando por fruto a Pablo Orozco Hernández (Santa Rita, 15 de enero de 1833). Cobró vida el recuerdo de la familia al mudarse a Nextipac, Zapopan, hacia 1860: ahí enviudó don Pablo, contrajo nupcias con Anacleta Maldonado García, el 08 de marzo de 1876, y se mudaron a El Zapote.
Decía don Tutis que cuando don Isidro Orozco compró la hacienda de La Concha, la familia Orozco se vino con él a trabajar. Esto sucedió en 1897, año en que don Pablo y su esposa se instalaron en una de las casas del lugar con sus pequeños hijos, Prudencia (1882-1962), José (1884-1940), Lucía (1887-1960) y Nicolás (1889-c.1930); aunque un año antes habían llegado los hijos de su primer matrimonio. Se dedicaría a trabajar en labores ligeras, pues a sus 64 años de edad erradicaba las tuzas en los cultivos, hasta que falleció el 15 de diciembre de 1903, no sin antes ver casar a sus hijas Prudencia, con Sixto Álvarez (1901), y Lucía, con Marcelo Macías (1903). Sus hijos varones se dedicarían al campo, pero también a otras actividades, como don José, quien tocaba violín en un mariachi de Tlaquepaque. De éste último, José Orozco, descienden quienes en la actualidad portan este apellido en sus nombres: casado con Paula Pérez, el 24 de mayo de 1911, tuvo por hijos a Jesús ‘‘Tutis’’ (en la imagen, a la izquierda), José Josafat (1923-2000) y Bonifacio (1935-1992); de ellos, quien tuvo descendencia fue José Josafat (en la imagen, a la derecha), casado con Hilaria Tejeda (Tlajomulco, 02 de junio de 1944), en sus hijos Pablo, Estela, Juana, J. Jesús y Luz.
Después de 122 años en La Concha, los Orozco ejercen oficios y profesiones variadas, cada uno con proyectos diferentes, conscientes siempre de un pasado desigual y particular, como en el resto de las familias. Un siglo se apellidan diferente y se les trata con prestigio; otro siglo cambian de color y apellido, son indígenas y luego son mestizos; un siglo obtienen tierras, algunos las pierden y otros la mantienen. A 300 años de estos registros, ¡sólo ellos saben qué sucederá después, en La Concha o en otro terruño!
Foto en la web.

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