AMLO ABUCHEADO

Por Quirino Velázquez 

Sábado 30 de marzo de 2019

“El gran abucheo es mil veces más fuerte, más poderoso, más noble que la gran apoteosis. Los admiradores corrompen”. -Nelson Rodrigues-

El sábado 23 de marzo, en la inauguración del estadio de béisbol “Alfredo Harp Helú” que será la sede del equipo los Diablos Rojos del México, se presentó un momento de abucheo al Presidente López Obrador que inmediatamente se viralizó en redes sociales.
Para algunos la reprobación del respetable para AMLO debe avivar a los estrategas de la 4ª Trasformación. Ese sábado lo que pintaba para ser una nota meramente deportiva, casi rosa, se convirtió en un asunto político que, según los estudiosos, debería levantar las antenas de los estrategas y asesores del Presidente de México.
El marco parecía ideal, la inauguración del estadio de beisbol más grande e importante de las últimas décadas. López Obrador, siendo el primer Presidente en apoyar al rey de los deportes (béisbol), pensó que tendría una tarde tersa. Llegó al inmueble acompañado de su hijo menor, Jesús Ernesto. Estaba a reventar, los 20 mil asientos del estadio estaban ocupados y pintados de carmesí para apoyar a los Diablos Rojos.
En cuanto las pantallas mostraron al Presidente saliendo del túnel hacia el diamante comenzaron los abucheos, la rechifla, los insultos y recordatorios familiares. La hostilidad fue intensa y prolongada. López Obrador no pudo ocultar su molestia y desconcierto, estaba acostumbrado a multitudes totalmente entregadas que lo veneran. Lo acompañaba Alfredo Harp Helú, el dueño del estadio y del equipo de beisbol los Diablos Rojos de México, flanqueado de su familia. Las sonrisas se petrificaron. El Presidente estaba descompuesto, su sonrisa fingida no disimulaba su enojo. De reojo intentaba ver a las gradas para identificar quién osaba repudiarlo o si se trataba de un abucheo montado.
Los fanáticos del mandatario estaban desesperados y no podrían creer lo que veían y escuchaban. Comenzaron entonces las teorías de la conspiración. Que contrataron decenas de autobuses con acarreados para abuchear al Presidente; que fueron abucheos grabados a un dirigente beisbolero que se utilizaron para dañar la imagen de AMLO. Pero no, el estadio estaba lleno de gente que pagó su boleto y que quería ver beisbol y no a López Obrador. Quienes estuvieron presentes calculan que al menos la mitad de los aficionados nutrió el repudio. López Obrador, acostumbrado a las multitudes que lo vitorean, reaccionó mal. Tomó el micrófono, prometió y cumplió, que no hablaría mucho. De inmediato culpó de los abucheos a la “porra del equipo fifí”, y “vamos a seguir ponchando a los de la mafia del poder”, advirtió a quienes lo abucheaban. Error.
A López Obrador le faltaba enfrentar la prueba del estadio, donde el respetable suele ser hostil a los políticos. Le pasó a Gustavo Díaz Ordaz en 1968, a Miguel De la Madrid en el Mundial del 86, a Salinas de Gortari y a Felipe Calderón. Es lo normal.
Y digo que es normal porque al estadio no vamos, nunca hemos ido, para escuchar discursos de ningún tipo, para eso hay otros foros. Vamos al estadio a divertirnos. El negocio de los deportes profesionales radica en los aficionados que gastan su dinero para pasarla bien.
Ir a ver un juego deportivo a un estadio es importante porque cumple con la dosis recreativa que un ser humano aprovecha para tener un estado de sanidad mental; es un asunto de gustos, bien podría ser sustituido por otra diversión. Muchos elegimos el futbol sobre un concierto, una exposición, o una feria con juegos mecánicos, por poner un ejemplo.
Estamos bombardeados por politiquería, por rollos, por pronunciamientos políticos, lo menos que queremos es escuchar más de ese tipo de asuntos en nuestros eventos deportivos. Es como hablar de la guerra en misa, es molesto e innecesario.
Los políticos de hoy lo saben, lo entienden, lo han visto en repetidas ocasiones con sus antecesores, los aficionados no quieren política en los estadios. Me imagino que, si un político decide hacer un pronunciamiento en un estadio, ante aficionados, tiene presupuestado el abucheo y la rechifla, no tiene por qué ser de otro modo.
En el caso del estadio de los Diablos Rojos podría ser, quizás, que el ego del éxito presente hizo que AMLO jugará una mala jugada, y le hizo pensar que con él será diferente, que la gente sí lo iba aplaudir sin parar.
Yo creo que un político abucheado en un evento deportivo no debe darle mayor relevancia a las rechiflas. No tiene sentido, es lo normal. Lo que siempre pasa, lo que seguirá pasando. La “culpa” no es del político en sí, es más bien del acto que incluye un discurso político en un estadio.
Por lo tanto, no se lo puede tomar como algo personal, por lo menos no en una sociedad democrática. Sería muy parecido a ofenderse por leer “puto el que lo lea” pintado en un muro de cualquier calle de la ciudad.
Al estadio vamos a tomar cerveza, bailar, gritar, reír, aplaudir, hacer “la ola”, comer, echar porras… los discursos políticos ahí no tienen nada que hacer.
Finalmente, una interrogante: ¿Afecta el abucheo del estadio la popularidad de AMLO? No sé, depende de reacciones del propio López Obrador y de otras variables muy alejadas del estadio (empleo, seguridad, programas sociales, inflación). Lo que es un hecho es que si algún mensaje manda este evento es que el Presidente está equivocado cuando cree que todo el pueblo lo quiere.
Pero más allá de lo bueno o lo malo del abucheo para AMLO en el estadio de los Diablos Rojos, cabe la frase el extinto periodista, escritor y dramaturgo brasileño Nelson Rodrigues: “El gran abucheo es mil veces más fuerte, más poderoso, más noble que la gran apoteosis. Los admiradores corrompen”.

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