LOS MÁS DE CIEN DÍAS DE AMLO

Por Quirino Velázquez 

Martes 26 de marzo de 2019

“No les será fácil entenderlo —dijo un colaborador cercano del presidente—: Andrés Manuel no viene a negociar ni a gestionar sino a tirar las bardas. Mientras tenga el respaldo suficiente, enfrentará a todos los que hicieron del gobierno un negocio de élites y después, aunque se quede solo, seguirá tirando bardas”.

López Obrador llegó a Palacio Nacional como un cañón cargado de esperanza. Más de 30 millones de mexicanos, por encima del 50% de los votos, el mayor apoyo en las urnas en la historia del País, confiaron en las balas del persistente candidato contra los problemas sistémicos: corrupción, impunidad, desigualdad.
Al cruzar la línea de los 100 días de gobierno, el depósito del cañón sigue a rebosar. No lo han desgastado de momento los charcos que han salpicado esta primera etapa del mandatario: la crisis de abastecimiento de gasolina, la polémica cancelación del aeropuerto o el enfriamiento de la economía; da igual que la tasa de homicidios siga subiendo, que el Banco de México rebaje la previsión del PIB o los avisos a la baja de las calificadoras económicas. Lo que de momento está valorando la gente no son los datos, ni siquiera opiniones, son sentimientos. Las encuestas de popularidad le otorgan una aprobación de entre el 70 y el 80%, el mayor respaldo entre los Presidentes recientes de México.
La luna de miel de López Obrador no solo no se termina, sino que es cada vez más tórrida. Su popularidad es de hecho mayor ahora que antes de las elecciones, marcando una línea ascendente que corre en paralelo al crecimiento de la intención de voto durante la campaña a favor de Morena, el partido que fundó hace apenas 5 años a su imagen y semejanza tras dos intentos fallidos a la presidencia.
Ahora que se cumplen un poco más 100 días del gobierno de AMLO, confirmo que el colaborador de AMLO tenía razón: no es fácil pasar juicio a los primeros meses del sexenio desde los miradores habituales, porque la lógica que anima al jefe del Ejecutivo es otra. La epopeya que se ha impuesto se origina en un diagnóstico implacable: las élites conservadoras se adueñaron del País y para salvarlo, no sólo es preciso arrebatárselos sino anularlas. Su misión es someterlas y modificar hasta donde le sea posible la correlación de fuerzas entre los de arriba y los de abajo.
Nadie sabe a ciencia cierta (ni siquiera su colaborador cercano) a dónde irá a parar la épica que se ha propuesto, pero cada día es más claro que la mayor fuerza del gobierno no está en los planes, ni en los presupuestos, ni en las instituciones, ni en los acuerdos sino en los símbolos. Ya se sabía que AMLO es un genio de la comunicación política, pero ahora debe añadirse que lo es por su coherencia emocional: los de arriba son invariablemente malos y los de abajo son invariablemente buenos. ¿Quiénes son los de arriba? Todos los que medraron o contribuyeron o callaron ante el despojo sistemático de los de abajo. ¿Y quiénes, los de abajo? Todos los que fueron víctimas de ese despojo.
Esa reformulación simbólica de la lucha entre antagónicos es, obviamente, debatible e imprecisa. Pero si el Presidente de México admitiera los matices, el mensaje acabaría perdiendo contundencia. La única salida ante cualquier contradicción posible es la rendición sin condiciones. Cualquiera puede sumarse a la tarea de tirar bardas, pero nadie debe ignorar que el propósito es tirarlas.
Ese lenguaje de confrontación sin concesiones ha tocado las cuerdas más sensibles de la gran mayoría de los mexicanos para quienes, en efecto, la política y sus muy diversos personajes se convirtieron en basura. Y en ese saco caben todos los partidos, todos los líderes, todos los infames que se enriquecieron al amparo del poder, todos los expertos e intelectuales (incluyendo a Krauze), todas las organizaciones y todos los beneficiarios directos e indirectos del régimen que premió la lógica del privilegio y la impunidad. Es un lenguaje hostil y divisorio, pero absolutamente preciso, que en lenguaje campirano mexicano sería: si quieres sembrar de nuevo, primero roza, tumba y quema.
Por lo demás, nadie sensato podría objetar que el gobierno de AMLO no haya decidido enfrentar la corrupción desde sus causas más profundas, o que no se proponga derrotar al crimen echando mano de todos los recursos del Estado. Nadie que ame a México se atrevería a contradecir que “por el bien de todos, primero los pobres”. Pero más allá de ese mensaje emocional, nadie en su sano juicio podría decir con claridad qué habrá detrás de las bardas derruidas. O no al menos, todavía. Sabemos que el Estado mexicano que emergerá de esas ruinosas bardas será distinto del que había venido siendo, pero no sabemos aún cómo será. Y a decir verdad no sabemos si será mejor. Yo creo que será mejor.
He aquí el mayor desafío para el futuro próximo: tras la devastación de los territorios donde campean los enemigos y cuando los derrote, el gobierno debe ofrecer un horizonte en el que nunca más vuelva el predominio de los privilegios y la corrupción y ni la impunidad sea el combustible de la vida pública, donde se pueda vivir en paz, en una sociedad igualitaria. Pero ese momento está lejos del presente en el que estamos, pues al transcurrir los 111 días de este gobierno (tomando en cuenta la fecha de entrega de esta colaboración 21 de marzo), todo sigue descansando en la persona y en la hazaña del Presidente.
A poco más de 100 días de mandato, AMLO no acusa el desgaste de sus medidas más polémicas. Sus cotas de aprobación han subido desde las elecciones y superan a los 5 últimos presidentes mexicanos. La gente mantiene la esperanza y la expectativa. También abstencionistas e incluso quienes no votaron a su favor. López Obrador encarna un cambio, al menos en las siglas, y eso tiene su magia. De momento, seguimos en el terreno de las esperanzas y las expectativas.
Por lo pronto, coincido con el colaborador cercano de López Obrador, cuando dice: “No les será fácil entenderlo: Andrés Manuel no viene a negociar ni a gestionar sino a tirar las bardas. Mientras tenga el respaldo suficiente, enfrentará a todos los que hicieron del gobierno un negocio de élites y después, aunque se quede solo, seguirá tirando bardas”.

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