Ni es lo que nos dijeron, ni somos lo que creíamos

Por Víctor Hugo Ornelas

Viernes 22 de marzo de 2019

México es un País que cuenta con una organización política territorial, con órganos de gobierno y poderes establecidos, además es una de las naciones del mundo que posee la mayor cantidad de leyes y es por ello que resulta difícil comprender que a su vez, sea uno de los países con mayores índices de corrupción, inseguridad y baja calidad de vida para sus habitantes.
Si bien podemos decir que todo se trata de una responsabilidad compartida, en la que sin lugar a duda existe una carga que se debe atribuir a la sociedad en general, también debemos de mantener siempre presente que el Estado y sus autoridades, son quienes tienen la responsabilidad y obligación de preservar el Estado de Derecho.
Ese término de Estado de Derecho no es otra cosa, sino que las actividades y el poder se ejerzan, ejecuten y desarrollen bajo un marco legal previamente establecido de manera democrática para otorgar a cada uno de los ciudadanos, sin importar su edad, sexo o condición social, un conjunto de garantías.
Pero el México en que vivimos está alejado de una realidad en la que las autoridades tengan la capacidad de garantizar el Estado de Derecho de sus ciudadanos, es un País donde son violentadas las más básicas de las normas que fueron constituidas para preservar el bien común.
De manera histórica el sistema político mexicano se ha visto rebasado por las necesidades ciudadanas, así como por los problemas sociales que se derivan de lo anteriormente planteado.
Los gobiernos no son capaces de dotar de los servicios básicos a sus gobernados y tal parece que esa situación la hemos normalizado al considerar que se trata de una condición generalizada, y en ocasiones, hasta nos sentimos afortunados cuando no padecemos los problemas que enfrenta una colonia vecina, cuando la realidad es que no se trata de un privilegio, sino de una obligación que no está siendo cubierta.
En temas de violencia, cuando creíamos que habíamos tocado fondo, la realidad nos golpea y nos muestra que ya no sabemos cuál es o será el límite. Hace unos días, al interior de un canal pluvial, en un punto situado en los límites de los municipios de El Salto, Ixtlahuacán de los Membrillos y Tlajomulco, fueron localizados 20 cadáveres, días después, seis personas asesinadas por un grupo armado en Santa Cruz del Valle, debemos sumar además que la cifra de desaparecidos en el Estado llega a más de 7 mil casos sin resolver.
Aunado a ello, en el lapso de un mes, han fallecido seis policías tras ser agredidos o privados de su libertad por integrantes de la delincuencia organizada, una muestra de la vulnerabilidad de las fuerzas policiacas, que se ven infiltradas y disminuidas por criminales.
El escenario no es grato, vivimos en condiciones que para otros países resultan absurdas y difíciles de entender, pero aquí hemos convertido en un estilo de vida el escuchar balazos, en comentar que asesinaron, asaltaron, secuestraron o extorsionaron a alguien cercano a nosotros; en ver a madres recorriendo los Semefos del País para tratar de localizar los restos de un ser querido.
El México que hemos permitido que se edifique desde las posiciones de poder, dista mucho de la nación que pretendemos creer que somos, los gobernantes que tenemos están lejos de ser lo que ellos prometieron que serían, pero de pronto, como individuos y en lo colectivo, fallamos con respecto al papel que deberíamos jugar, así entonces naufragamos de manera violenta en un océano de incertidumbre al que llamamos hogar.

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