La libertad de creer

Por Octavio Guevara

Martes 12 de marzo de 2019

Siempre que estudio el pasado de Tlajomulco, estimado lector, no puedo evitar sentir emoción, inspiración, alegría, sentimiento de llorar ante la grandeza de lo que aun sobrevive a la destrucción. ¿Qué hace grande a Tlajomulco, si no es su gente? La grandeza de nuestro suelo ha sido construida con el esfuerzo de nuestros antepasados, acompañado de fatigas, sudor, sangre y la gloriosa muerte, dejando de lado intereses personales y viendo por la comunidad. Ahí es donde nace el amor por Tlajomulco, donde nace el arraigo como fruto del trabajo y señal de respeto a esos constructores, pobres, tal vez, pero grandes por lo que nos han dado.
Lejos de ser un discurso patriota, esto es una realidad observable. Para ser más claro, le hablaré de uno de nuestros patrimonios del municipio: la Cofradía de la Purísima Concepción, en su Templo del Hospital. Si queremos observar los logros de un proyecto histórico, no hay mejor ejemplo que ese lugar tan emotivo. ¿Proyecto histórico? Sí, los evangelizadores del siglo XVI trataban de unir cristianamente a los indígenas a través de las cofradías. El pueblo de Tlajomulco supo fusionar su legado prehispánico e hispánico en esta institución, dando paso a una auténtica casta valiente. La Cofradía es el escudo de un guerrero: protege la unión, la defensa de lo más sagrado (la libertad del pensamiento), el cobijo de los más débiles, la expresión de sus sentimientos, el amor a Dios.
Cuando los intereses de unos cuantos deciden imponerse al bienestar común, la comunidad se ve en peligro de desaparecer. Eso comprendieron los tlajomulquenses hace algunos años, cuando el Padre Flaviano Ramos decidió agredir su organización en torno a la figura de dicha cofradía. Más de 360 padres de familia manifestaron al Arzobispo de Guadalajara su preocupación y denuncias, el 16 de marzo de 1937, ‘‘para que los tome en cuenta y vea a conciencia, si es justo todo lo que este Tlajomulco está sufriendo con el señor cura Ramos’’. Dejaban en claro que en su pueblo no hay desunión, cuando se agrede su forma de vivir, manifestando que la base de todo gobierno reside en el pueblo.
Decían los manifestantes que el cura los acusaba de idolatría, pero que este prefería ir a cobrar dinero a los hombres en lugar de atender las necesidades espirituales de los fieles; que les destruyó parte de las instalaciones de su hospital, en que se atendían a los enfermos y daban posada a pobres y pasajeros; que hacía boicot a los músicos que tocaban en el Templo del Hospital, quitando el ingreso económico a sus familias; que si había ‘‘judea’’, él cerraría los templos y que no habría Semana Santa.
Sabían ellos que la autoridad está para servir al pueblo, no para servirse de él: ‘‘Dios nuestro Señor no fue vengativo, ¿por qué él [el cura] se venga así con nosotros? Y que si así lo hiciere el cura, pedimos se nos ponga mejor, como la otra vez, señor cura nuevo porque este se ve que ya no es cura ni es nada, quién sabe qué cosa será, porque nos quiere quitar nuestra creencia […] vemos que está por conveniencia del dinero y por derecho quitándonos la fe y la vivencia que nuestros padres nos infundieron’’. No había temor en sus palabras y así lograron que se les respetara sus creencias. Sin lugar a dudas, nos dejan grandes enseñanzas inmutables: defender la libertad de nuestros ideales. ¿Usted qué opina? Todo mi reconocimiento al pueblo de Tlajomulco.

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