LA GUARDIA NACIONAL

Por Quirino Velázquez 

Sábado 02 de marzo de 2019

“EL VERDADERO SOLDADO NO LUCHA PORQUE ODIA LO QUE TIENE DELANTE, SINO PORQUE AMA LO QUE TIENE DETRÁS” -G.K. Chesterton-

Todos lo sabemos, porque lo hemos leído por años. En México hay decenas de miles de personas desaparecidas, ya sea por el crimen, por integrantes del Estado, o por complicidad entre ambas partes; cientos de miles de personas muertas; miles de feminicidios; tortura sistemática durante procesos judiciales, ejecuciones extrajudiciales. En nuestro País, 50% de los reos federales no tienen sentencia y hay personas que pasan hasta 16 años en prisión sin una resolución en un juicio con debido proceso; muchas de ellas, por no contar con recursos para sus defensas, otras por el desprecio e incompetencia de las autoridades. En los últimos 5 años, la cantidad de mujeres en prisión ha aumentado en 56%. Y se cuenta que 8 de cada 10 mujeres que son detenidas por la Policía, el Ejército y la Marina, sufren tortura sexual.
Con la llamada guerra contra el crimen (iniciada con el sátrapa de Felipe Calderón) no sólo NO se redujo el crimen (por el contrario), ni bajo la violencia en el País (cada año alcanza cifras históricas); en cambio, la expectativa de vida se redujo por primera vez desde la revolución. Es decir, lo que hemos perdido las y los mexicanos con esta política de seguridad, es nuestra vida. Todo esto ha sucedido a pesar y producto de la presencia del Ejército y la Marina en las calles.
Hoy en México hay un Presidente con credibilidad y legitimidad. Su creciente popularidad lo demuestra. AMLO tiene vehículo con capital político que bien utilizado puede impulsar a México para dar el salto que hace tiempo anhelamos. La crítica, los contrapesos y la oposición sirven para que ese carro avance por la autopista y no se desbarranque. La popularidad pavimenta la carretera, la crítica le pone barreras metálicas laterales para que no caiga al precipicio.
El episodio reciente de una Guardia Nacional aprobada por unanimidad en el Senado, con el aval de expertos y organismos de la sociedad civil, debería ser motor de una nueva relación del Presidente López Obrador con aquellos a quienes arroja en el mismo costal del desdén: los críticos, los contrapesos, la oposición.
Tras la aprobación unánime de la Guardia Nacional, todos los grupos parlamentarios se entregaron a la alegría e incluso se disputaron la autoría de la obra legislativa. “Sí se pudo”, pusieron en cartelitos los legisladores de la oposición durante su conferencia de prensa; “¡Lologramos!”, festejaron los de Morena, al pie de la tribuna de la cámara alta.
Tanta alegría asombra, porque la Guardia Nacional es, en el mejor de los casos, el resultado de un enorme fracaso. Es una de las expresiones más tristes de la decadencia del viejo régimen frente al crimen. Es una prueba inequívoca de la brutalidad en la que vivimos. Es el reconocimiento explícito de que los cuerpos de policía que se diseñaron durante los gobiernos (del PRI y PAN) pasados fueron incapaces de cumplir su misión. Es la confesión de que se corrompieron e hicieron aún más grave el problema que debían atender. Es la renuncia explícita a abandonar el camino de la militarización que inició el nefasto gobierno de Calderón. Es la sumisión vagamente condicionada de gobernadores y presidentes municipales ante un desafío que los rebasa completamente. Es la formalización de la entrega de esa misión a los militares.
La celebración de Morena (explican sus partidarios) responde a la voluntad de respaldar (sin chistar) las decisiones del titular del Ejecutivo. Pero pasan por alto que el presidente López Obrador ha dicho cien veces que las fuerzas civiles con las que cuenta para enfrentar la inseguridad son escasas y poco confiables; que se trata de una solución necesaria y urgente, aunque refrende la ruta de la militarización que se inició en los sexenios del periodo neoliberal. Detrás de esa decisión hay razones de peso terribles, pero el hecho es el mismo: el Estado mexicano ha formalizado la entrega de su seguridad a los soldados y a los marinos, al menos, por los próximos cinco años. El pueblo uniformado tendrá que aplacar al resto del pueblo, sin uniforme.
Del otro lado, la oposición celebró una victoria pírrica: pudo ser peor, dicen. Lo que quería el presidente, alegan, era eternizar la presencia de las fuerzas armadas en tareas de seguridad, entregarles el mando operativo de manera definitiva y desplazar de todas las decisiones a los gobiernos civiles. Arguyen que, de no haber opuesto una firme resistencia legislativa, la iniciativa habría desembocado en el control absoluto y permanente de todas las decisiones relacionadas con el uso de la violencia de Estado en la cúpula militar del País, bajo el mando supremo y único del presidente de la República. Ganaron en cambio el mando civil de la Guardia Nacional (que podría recaer en un militar con licencia) y cinco años de plazo para inventar una policía digna que, de prosperar, se parecerá a las fuerzas armadas como dos gotas de agua. Entretanto, soldados y marinos tendrán de todas maneras el control de la seguridad en todos los rincones de la República. Para bien o para mal, México se ha puesto en sus manos. Ojalá que sea para bien.
También, lo que yo veo es el fracaso de todas las políticas de seguridad anteriores, veo una de las peores expresiones de la corrupción arraigada en la vida de la República, veo la derrota de los gobiernos estatales y municipales y veo la profundización de la obligada militarización del País. No veo motivos de celebración sino, acaso, de resignación. Y en el mejor de los casos, el eufórico triunfo de la esperanza sobre la desesperanza.
Yo espero que los militares de la Guardia Nacional apliquen la frase del escritor y periodista británico de inicios del siglo XX Gilbert Keith Chesterton: “EL VERDADERO SOLDADO NO LUCHA PORQUE ODIA LO QUE TIENE DELANTE, SINO PORQUE AMA LO QUE TIENE DETRÁS”.

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