AMLO Y LA OPÓSICIÓN

Por Quirino Velázquez 

Sábado 23 de febrero de 2019
“NINGÚN GOBIERNO PUEDE MANTENERSE SÓLIDO MUCHO TIEMPO SIN UNA OPOSICIÓN TEMIBLE”. -Benjamín Disraeli-
El triunfo, en el paso proceso electoral, de Andrés Manuel López Obrador y su partido, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), fue contundente. Lo convirtió el primer Presidente de la historia democrática de México elegido por mayoría absoluta y su coalición tiene mayoría en la Cámara de Diputados y en el Senado. De nueve gobiernos estatales en disputa, ganó cinco y tiene mayorías en diecinueve de los veintisiete congresos locales que se renovaron en aquella jornada.
En ese mismo proceso, la oposición jamás había lucido tan débil. En la contienda por la presidencia, la ventaja de AMLO sobre el segundo lugar fue mayor a treinta puntos. Los candidatos del Partido Acción Nacional (PAN) y Partido Revolucionario Institucional (PRI) obtuvieron las votaciones más bajas desde que en México hay elecciones democráticas. En la Cámara de Diputados, el PAN, la segunda bancada más grande, alcanzará solo el 17 por ciento. Y el PRI, que en la legislatura previa tenía 41 por ciento, ahora controlará apenas 11 por ciento. El PAN también es la segunda fuerza en la Cámara de Senadores, pero solo tendrá menos de la mitad de las curules que Morena y del PRD mejor ni hablo.
A partir del pasado 01 de diciembre, López Obrador gobierna con apoyo popular mayoritario, con mayorías parlamentarias, tanto a nivel federal como en los Estados, y con una oposición en ruinas. Este escenario tan aparentemente cómodo para el Presidente no es antidemocrático, pero puede convertirse en una bendición envenenada para su sexenio.
Uno de los factores determinantes para darle forma a un gobierno es la relación que establece con sus opositores. Se trata de una relación tensa, pero que puede ser muy útil para mejorar el desempeño del partido en el poder.
Las oposiciones pueden enriquecer la deliberación pública y ayudar a gestionar la pluralidad al darles espacio a preferencias diversas. Al ser una fuente potencial de vigilancia y crítica pueden demandar explicaciones, presionar a los gobernantes para que argumenten sus políticas y rindan cuentas. También, en la medida en que las oposiciones pueden restringir el margen de acción del gobierno y hacerle contrapeso, pueden presionarlo para que sea más incluyente y compartir la carga de sus decisiones.
Por otra parte, es cierto que México se enfrenta a problemas estructurales muy complejos (violencia, corrupción, impunidad, pobreza y desigualdad) y, en el contexto donde se han desatado demasiadas expectativas, el gobierno de AMLO corre tres grandes riesgos. Podría cometer el error de confundir fuerza con infalibilidad y ensoberbecerse en su mayoría absoluta; desgastarse demasiado rápido, dada la dificultad de dar resultados significativos en el corto e incluso en el mediano plazo, y, con el sistema de partidos hecho pedazos, de dejar al electorado mexicano sin otra alternativa más que probar oportunidad con alguna figura verdaderamente antisistema.
La teoría y la praxis señalan que, para atajar esos peligros, el lopezobradorismo tendría que hacer como gobierno algo que nunca hizo como oposición: reconocer la legitimidad de sus adversarios, admitir la validez de puntos de vista distintos al suyo, abandonar el gastado recurso de estigmatizar como “mafia en el poder” a todo aquel que lo critique o esté en desacuerdo.
Si bien, en sentido estricto, no las necesita para gobernar, Adres Manuel López Obrador haría bien en buscar los beneficios que las oposiciones, aunque exiguas, pueden brindarle para mejorar la calidad de su gobierno. Como escribió Jeremy Bentham en su Ensayo sobre táctica política, “la oposición, con todos sus esfuerzos, lejos de causarle daño a la autoridad puede ayudarle. […] El gobierno puede estar mucho más seguro del éxito general de una medida, y de su aprobación pública, luego de que esta ha sido discutida por todos los partidos con la nación como testigo”.
Más allá de sus innegables habilidades políticas, López Obrador necesita oposiciones que le corrijan y le cobren sus errores. Que lo mantengan alerta. Que lo hagan entrar en razón cuando se encapriche en implementar políticas improvisadas o contraproducentes, cuando haga nombramientos desafortunados o cuando se vea tentado a mirar hacia otro lado cuando sus leales se ensucien las manos. Por el bien de su gobierno y de México, AMLO necesita una oposición que lo interpele y le impida caer en el engaño o la autocomplacencia; que le exija no solo que haga cosas buenas sino, sobre todo, que las haga bien.
Bien lo decía el estadista ingles Benjamín Disraeli: “NINGÚN GOBIERNO PUEDE MANTENERSE SÓLIDO MUCHO TIEMPO SIN UNA OPOSICIÓN TEMIBLE”.

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