TODO LO QUE SE HIZO ANTES ES MALO

Por Quirino Velázquez 

Martes 19 de febrero de 2019

“En política lo importante no es tener razón, sino que se la den a uno” -Konrad Adenauer-

El actor, humorista y escritor estadounidense Groucho Marx, con ese humor tan afilado e ingenioso que le caracterizaba, decía que solo se sentaría a la mesa de un político “si paga él”. Al igual que el cómico, son muchos los personajes históricos, más o menos ilustres, que quisieron opinar y hacer una sátira sobre ese extraño “perro del hortelano” que es el político. Considerados como pilares fundamentales de cualquier sociedad, la política y los políticos ocupan un papel más que significativo en la vida del ciudadano.
En efecto, la política está en todas partes y es causa y consecuencia de los cambios sociales y económicos de todo el mundo. La política es un juego complejo y retorcido que afecta a todo el mundo lo quiera o no. Y aunque a veces resulte complicada de entender, aquí van algunas reflexiones sobre el personaje político mexicano más célebre de estos tiempos.
Empezaré contándoles que la vuelta al presidencialismo está reconcentrada en Andrés Manuel López Obrador. No es la institución sino el personaje. No es que el líder social se haya investido con el ritual del poder, sino lo opuesto: el líder social ha llenado de contenidos inéditos a la figura presidencial hasta el punto de hacer imposible que cualquier otro individuo desempeñe el mismo papel o que cualquier otra institución pueda contrapesarlo. El escenario de la política mexicana está ocupado por una sola persona y un solo discurso. No hay nada ni nadie más.
Por su parte, el líder ha decidido escribir una nueva historia de México. Bajo su mando, se habrá acabado todo lo malo y habrá nacido todo lo bueno: borrón y cuenta nueva. Desde su mirador, no hay una sola institución que resista la crítica (excepto el Ejército y la Marina), porque todas fueron cómplices por acción u omisión de los pésimos resultados que entregó el periodo neoliberal. No hay nada que rescatar del pasado inmediato, porque todo está corrompido. De modo que hay que volver a empezar. Todas las instituciones y todas las leyes están amenazadas de muerte moral.
No sucede lo mismo con las personas: en el equipo caben todos los individuos que estén dispuestos a comprometerse con la trasformación moral convocada, aunque hayan sido parte del siniestro pasado neoliberal. La consigna es saber perdonar, pero jamás olvidar. De modo que quien sea capaz de negarse a sí mismo para sumarse al proyecto del líder, podrá ocupar un lugar en la 4° Transformación. Pero en esa lógica no hay viceversa: nadie tiene derecho a esgrimir una trayectoria impecable ni esperar el reconocimiento del líder, mientras no acepte que todo lo que hizo lo hizo mal, maliciosa, ingenua o perversamente. Este es el imperativo categórico del nuevo gobierno de México: todo lo que hace es mejor porque es bueno; y TODO LO QUE SE HIZO ANTES ES MALO, sin excepción.
Las evidencias que respaldan ese imperativo categórico son contundentes. Cierto, México es uno de los países más violentos, más desiguales y más corruptos del mundo. Es verdad que el modelo económico que se instauró al final del siglo pasado y lo que va de éste, hasta la llevada de AMLO, benefició solamente a los más ricos y empobreció a los más pobres. El peor ejemplo es que una sola persona (Carlos Slim, ese ícono de la audacia egocéntrica) sigue obteniendo tantos ingresos equiparables a los ingresos de la mitad de la población (según los datos de Oxfam). Es cierto que la estrategia para combatir la inseguridad no hizo sino incrementarla hasta legar al terror. Y es innegable que a lo largo del siglo XXI la corrupción dejó de ser una anomalía tolerada y utilizada por el sistema político, para volverse el corazón del sistema (recuerden a los gobernadores, todos, tremendamente corruptos). Nadie sensato podría negar esos hechos ni la razón que le asiste a López Obrador para combatirlos.
Sin embargo, AMLO es una sola persona. No es un régimen ni un sistema. Es un individuo con tres rasgos geniales que, una vez más, nadie podría negar sin tropiezos: su propia trayectoria de intransigencia, sutil transigencia y perseverancia como líder social; su lectura puntual de los agravios emocionales (subrayo esta palabra: emocionales) cometidos en contra de los más pobres; y su gran capacidad de comunicación política con las masas. Gracias a esos tres rasgos, ha acumulado más legitimidad política que nadie en la historia reciente de México. Pero aún así, es una sola persona. Y un régimen político que quiere cambiarlo todo no puede sostenerse a lo largo del tiempo con un solo individuo.
Tendrá o no razón López Obrador de actuar así, pero no puede clonarse (ni revivir o rencarnar en otro como en la novela de televisa “Amar a muerte”) ni su sola voluntad puede volverse administración pública cotidiana y profesional. ¿Hasta cuándo podrá resistir el país esta dinámica personalísima? ¿Cuándo, cómo y con quiénes comenzará ese proyecto a convertirse en cosa de Estado y no sólo en liderazgo individual, aparato político y consigna masiva? Nadie lo sabe y, quizás, AMLO tampoco.
Sin duda al presidente de México le aplica la frase del político alemán, primer canciller de la República Federal de Alemania, Konrad Adenauer: “En política lo importante no es tener razón, sino que se la den a uno”.

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