Tlajomulco colonial: la voz de su gente

Por Octavio Guevara

Martes 19 de febrero de 2019

En esta undécima entrega ‘‘¿Embarazos imaginarios?’’, con el aporte de Rey Orozco, hablaremos de un extraño caso de parto que movilizó a las autoridades en Tlajomulco. Una carta llegó al convento del pueblo cabecera, en mayo de 1776, proveniente del alcalde Juan Lucas y de los regidores Gerónimo Gaspar, Pedro Juan y Manuel Benito, indios del pueblo de Cajititlán. Esta vez no eran peleas, infidelidades o violencia, sino una mujer sospechosa.
Según refirieron, Marta Susana, esposa de Pedro Martín, de Cajititlán, había parido un 30 de junio de 1774. Iba del pueblo hasta una huerta, en un rancho, y parió entre unos nopales en donde se buscó a la criatura, pero no se encontró. Más tarde, el 16 de mayo de 1776, volvió a parir. Acudió María Manuela a casa de Marta, para darle cuidados, y al llegar vio una lumbrada ‘‘con un bulto patente, la que nos confundió haberlo quemado su criatura’’. Acudieron las autoridades e interrogaron a Marta, respondiendo que ‘‘malparió’’ y llevó a la criatura con la partera. Al negarlo la partera, se volvió a interrogar a Marta y dijo que la enterró en la iglesia, pero tampoco se encontró, y finalmente dijo haberla tirado a la laguna.
El cura hizo comparecer a los esposos. Marta confesó haber malparido a un ‘‘hombrecito como de una cuarta de grande […] el que dejó en el propio lugar, tanto por no dilatar la comida que a su marido llevaba como por lo mucho que la atormentaban los continuos y recios dolores que le daban, y lo mucho que le faltaba que andar’’; que su marido salió a buscar a la criatura sin éxito, ‘‘pero que hubo sobrado tiempo para que los animales se lo hubieran comido’’; que lo que vio Manuela en el fuego era pescado bagre y más cosas, y que estaba arrepentida de haber mentido a las autoridades.
Pedro Martín confesó no haber encontrado a la criatura ni sangre, en el posible lugar de parto, pero sí vio a su mujer llegar ‘‘con el color demudado y despidiendo mucha sangre’’; que su mujer tenía 4 o 5 meses de preñez; que vino una partera 3 o 4 veces, pero que aunque ‘‘le iba creciendo la barriga a su mujer […] no le hallaba criatura alguna en el vientre’’. Pese a la denuncia, el marido manifestaba ‘‘que él siempre estaba y ha estado enteramente satisfecho de la ninguna malicia de su mujer’’. Se mandó llamar a Antonia Francisca, india partera de Cajititlán, de 62 años, y declaró haber revisado la preñez: que ‘‘hallaba bulto, pero ni en modo de criatura ni menos en el lugar donde debía haberse formado’’ y conoció ‘‘claramente no ser criatura lo que tenía en el vientre’’.
Sin más acusaciones, se cerró el caso. Dos partos mal logrados nos dicen que la mujer tenía dificultades para procrear, pero haber abandonado a sus criaturas indica alguna alteración. Con el testimonio de la partera y el marido, era posible que la mujer padeciera ‘‘pseudociesis’’ (embarazo imaginario que presenta los síntomas de uno real), pues tenía los síntomas, pero nunca se encontró a los niños que trajo al mundo; la labor de parto se dio en temprana gestación y, a juzgar por su marido, no era una mujer de malicia capaz de abandonar a sus hijos. Vemos, estimado lector, cómo reaccionó la sociedad, sin el avance en medicina que permitiera diagnosticar una enfermedad en Marta Susana. Lamentablemente, el desconocimiento de las enfermedades se resuelve en la sociedad juzgando al enfermo de loco o despiadado. ¿Cuál sería el estado de salud de Marta?

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