Tlajomulco colonial: la voz de su gente

Por Octavio Guevara

Lunes 11 de febrero de 2019

En esta décima entrega ‘‘Miedo a los indios. Parte II’’, continuamos con la aportación de Rey Orozco sobre la carta de inconformidad del cura de Tlajomulco Fr. Joaquín Ciprian del Rivero, en 1727, respecto a las acusaciones que hizo en contra de los indios caciques Maraver y Letrado. No eran quejas recientes: a su antecesor también le hacían pasar ‘‘repetidas pesadumbres’’ y el oidor de la Real Audiencia ya los había ‘‘pegado a las rejas de la cárcel y les mandó dar muchos azotes… cuya sentencia fue destierro de dicha familia de toda esta comarca’’.
La sentencia no se cumplió, lamentando Fr. Joaquín: ‘‘cuando en todos los demás indios he tenido mucho consuelo por su docilidad, solo esta familia me ha dado mucho quehacer por su dureza, pues ni con halagos ni con amenazas puedo sujetarlos a la doctrina y régimen cristiano de los demás’’. Decepcionado porque los indios ya le habían pedido perdón, confesaba a su superior la persistencia de ese mal: ‘‘lloro en ver que todos estos dichos indios tiran solo a darme guerra y a dar inicuos ejemplos a esta feligresía’’.
¿Cuáles malos ejemplos daban los caciques a la feligresía, que hicieron llorar a Fr. Joaquín? Felipe Letrado se había casado 6 años antes, y desde entonces: ‘‘no he conseguido que se vele ni aún que venga a misa los domingos y fiestas, de un rancho distante menos de legua, donde vive acosado y solo sale a los cabildos de sus hermanos’’. Marcos Letrado: ‘‘se fue a media Cuaresma a Tierra Caliente, sin cumplir con la Iglesia, y hasta ahora no ha parecido’’. Lucas Letrado había robado a una doncella de Zacoalco y, conociendo el delito, huyó a Guadalajara con ayuda de su padre ‘‘que para no pagar derechos parroquiales, vivirían amancebados, y hasta hoy no se si él, su mujer y sus hijos han cumplido con la Iglesia’’. Luis Vázquez de Maraver estaba ‘‘por los pueblos, hecho caudillo, poniendo escuelas de sus engaños… con detrimento de su alma y con escándalo común de esta feligresía, que me llega al corazón’’. Además ¡Mandó que un indio bautizara a su hijo, evadiendo la figura del sacerdote! El cura escribió a su superior: ‘‘fue necesario enviar a mi fiscal a traer a la criatura y bautizarla, y si no lo hago así, hasta ahora quizá no fuera cristiana porque en opinión de su padre ya estaba bautizada’’. Estresado, furioso e impotente pedía al Obispo: ‘‘provea el remedio a tan patente daño espiritual y temporal…o me mande que, con una copia de esta consulta, me presente en la Real Audiencia para que con su decreto extrañe de toda esta comarca a tan perjudicial familia. Quizá en otra parte, su obstinación indómita vivirá humilde y con más probable seguridad de sus almas’’.
La solución que propuso el cura es la misma que aplicaba el gobierno a quienes consideraba peligrosos: el destierro. Los indios caciques seguían influyendo en sus comarcas, al grado de poder movilizar a pueblos enteros con causas tomadas como justas, en este caso el librarse de impuestos. ¿Será que el temor a los indios fue el motivo por el cual no desterraron a estas conflictivas familias? Es evidente, en este descontrol de la Iglesia sobre sus feligreses, que así como los Maraver y Letrado no cumplían los mandatos de la Iglesia pese a los férreos castigos, de la misma forma perduraron las tradiciones y el legado del pasado prehispánico en el Tlajomulco virreinal, y hasta nuestros días.

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