PUNTOS DE LA CORRUPCIÓN

Por Quirino Velázquez 

Sábado 02 de febrero de 2019

“SI NO PELEAS PARA ACABAR CON LA CORRUPCIÓN Y LA PODREDUMBRE, ACABARÁS FORMANDO PARTE DE ELLA” -Joan Báez-

La legitimidad y popularidad del Presidente Andrés Manuel López Obrador está en niveles que soportan, hasta ahora, cualquier cosa. El País presenta focos rojos de todo tipo, en seguridad, economía e insatisfacción social, pero él está sin gota de mancha. Todos los días se para frente a la nación y recuerda, sin importar el tema, que el pasado estuvo infectado por la corrupción, y que todos los males que se arrastran se deben a los ladrones que saquearon las arcas nacionales para su beneficio y el perjuicio de las mayorías. Cada mañana, López Obrador machaca a la sociedad, a su manera, lo que fue la corrupción de anteriores gobiernos. Y la sociedad beligerante responde con virulencia, tomando al gobierno de Enrique Peña Nieto como referencia. La furia contra esa administración se contrapone con el respaldo de la gente a López Obrador.
Sí, la corrupción durante el sexenio del presidente Peña Nieto fue terriblemente notoria. Están los casos de gobernadores acusados y sometidos a proceso por desvío de recursos, peculado y enriquecimiento (en el caso de Jalisco seguramente Aristóteles para allá va porque pruebas sobran). Los ejemplos de impunidad, conflictos de interés, saqueos y abusos cometidos en la administración anterior que tocó a la casa (blanca) presidencial y a secretarías de Estado, gobiernos estatales y municipales, a familiares y a sus amigos, en un capitalismo rampante y clientelar ante la complacencia y debilidad del neófito Peña Nieto, que solapó a propios y a extraños y fue impotente ante la presión de sus queridos (acuérdense de Gaviota e hijas). De corrupción nunca quiso oír y ni hacer nada en su contra. EPN fue un vulgar corrupto al igual que sus dos antecesores.
Enseguida les cuento algunos puntos sobre ese flagelo nacional:
Primer punto: Para combatir la corrupción hay que ir a las causas y no sólo castigar los efectos. Por difícil que sea, es preciso erradicar las fuentes de los negocios que se hacen con los recursos de la nación. De nada sirve pescar “peces gordos” mientras las aguas en las que nadan permanecen intactas. En este sentido, las decisiones tomadas por el presidente López Obrador en contra del robo de combustibles merecen todo nuestro respeto y respaldo.
Segundo punto: La corrupción se origina en la captura de los espacios, los puestos, las decisiones y los recursos públicos. Quienes insisten en que la corrupción es sinónimo de la impunidad confunden la entrada con la salida: por supuesto que debe castigarse a quienes cometen delitos, pero lo fundamental es evitar que los corruptos se adueñen de los dineros y los medios de la nación. En dos palabras: la corrupción es captura y es imperativo diseñar una política de Estado para liberar a México de sus secuestradores. Esto es, de quienes ocupan los cargos públicos para hacer negocios. La batalla que ha emprendido el presidente de la República apunta en esa dirección y es digna de aplauso, pero debe profundizar y sostenerse a lo largo del tiempo. Que nadie, nadie (ni tirios ni troyanos, ni panistas ni priistas) vuelva a apropiarse de lo que es de todos.
Tercer punto: La corrupción sucede casi siempre en redes. En ellas hay servidores públicos que promueven, ceden o se someten a los negocios compartidos con quienes operan desde fuera de las instituciones. Esto ha sido cierto para el indignante pillaje de la distribución de los combustibles y sigue siéndolo para la asignación de contratos de obras públicas, la compra de medicamentos y consumibles de las administraciones públicas, el otorgamiento de licencias, la aprobación de proyectos, etcétera. Erradicar la corrupción no equivale solamente a castigar a quienes encabezan o participan en esas redes, sino a desmontarlas desde el origen. Romper los eslabones de esas cadenas reclama inteligencia institucional: saber dónde nacen, por dónde pasan y dónde terminan, para cortarlas de tajo. Tras las decisiones tomadas en estos días, el gobierno de México debe seguir adelante para conjurar el riesgo de que esas redes vuelvan a cometer el mismo delito y avanzar en la cancelación paulatina de todas las demás.
Cuarto punto: Combatir la corrupción reclama la mayor transparencia, para que todo el mundo comprenda cuál es la causa y cuál es la consecuencia. No hay batalla que no tenga costos y por eso es necesario contar con solidaridad y el respaldo de la mayoría. Si el presidente López Obrador no estuviera informando de cada paso en esta batalla en contra de los depredadores de Pemex, habría menos posibilidades de éxito. Los rumores y las trampas articuladas por los corruptos suelen ser muy eficaces para someter al Estado. Resulta fundamental entender que la transparencia no equivale al combate a la corrupción, pero es una de sus armas más poderosas.
Quinto punto: El combate a la corrupción, bien entendido, reclama mucha eficacia administrativa para disminuir los costos políticos y sociales de cada una de las decisiones tomadas. Una vez puesta en marcha la estrategia de recuperación de los espacios capturados por las redes de corrupción, es preciso que el gobierno ofrezca garantías de continuidad y mejora en la operación cotidiana de los bienes y los servicios que ofrece. En este caso, la batalla emprendida contra el robo de combustibles ha tenido el evidente e indiscutible defecto de la ineficacia en el abasto de gasolinas. Pero nadie debe confundir la gimnasia con la magnesia.
Sexto punto: Cancelada la fuente de los negocios, hay que castigar a quienes forman parte de las redes de corrupción. Nunca al revés. Pero esa tarea todavía está por venir.
Bien aplica la frase de la cantante, compositora y activista estadounidense, cuya música folk contemporánea incluye canciones de protesta o de justicia social, Joan Báez: “SI NO PELEAS PARA ACABAR CON LA CORRUPCIÓN Y LA PODREDUMBRE, ACABARÁS FORMANDO PARTE DE ELLA”.

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