Tlajomulco colonial: la voz de su gente

Por Octavio Guevara

Domingo 27 de enero de 2019

En esta octava entrega ‘‘suegros difíciles’’, estimado lector, veremos un tema que no necesita de mucha búsqueda en nuestros tiempos actuales, para darse cuenta que aún persiste y sigue siendo la causa de numerosos divorcios y peleas en el hogar. Con estos casos que nos presentará Rey Orozco podremos detectar el control de parentesco ejercido por los padres de familia, que se gesta en cualquier sociedad de cualquier época, y las consecuencias diversas que dependieron de las decisiones tomadas por los implicados en el matrimonio.
Vimos en entregas pasadas cómo el indio cacique Gregorio Tejeda se opuso a que su hija fuera comprometida en matrimonio. Por otro lado, Manuel Aragón, indio de Tlajomulco, se oponía a que su hija se casara con alguien de una casta inferior a ella, pero no lo logró. No se necesitaba ser rico para discriminar a alguien, bastaba pertenecer a alguna de las castas para ser víctima o victimario en la humillación. A suegros imprudentes o racistas, debe sumarse otra causa de infelicidad: la violencia del varón hacia la mujer. Recordemos el triste caso de Rita Quiteria de Herrera, del rancho de las Tinajas, quien escapó 7 veces de su hogar a causa de los malos tratos recibidos por su esposo. Veamos ahora un caso más de violencia en el hogar, pero con otro agente causante muy conocido.
En septiembre de 1777, llegó a manos de Fray José Alejandro Patiño una carta escrita por Juan Nicolás, indio de Tlajomulco y de oficio cantor (¡Un oficio más de época virreinal!), acusando a su esposa, María Josefa, de haberse escapado de su casa sin darle motivo durante un prolongado tiempo. Una vez detenida, solicitaba ‘‘que diga a Vuestro Padre mi mujer cuál es la causa, o qué motivo ha habido, para que me hubiera querido dar una puñalada cuando se huyó’’. Ante la delicadeza del asunto, Fr. Patiño ordenó realizar un ‘‘careo’’ (interrogatorio) entre la pareja.
María Josefa confesó que huyó, pero ‘‘que el motivo fue por haberla azotado su marido’’ y negó haber querido asesinarlo: ‘‘que no, que ni aún lo ha pensado’’. El marido no respondió más, dando por terminado el careo, y se les exhortó en los deberes del matrimonio, prometiendo ambos perdonarse ‘‘cualesquiera agravios y que se irían, juntos y gustosos, a vivir en paz a su pueblo, añadiendo la mujer que, respecto a que no gusta vivir en la casa de sus suegros porque suelen ser causa de que se quiebre la paz, pedía que su marido le pusiese casa aparte’’. Todo indica que la causa principal fue la constante e imprudente intervención de los suegros de María Josefa. El marido aceptó y la depositó temporalmente en casa de un vecino, por lo menos hasta que esos suegros se aliviaran de su enfermedad.
¡Nada raro al día de hoy! Un matrimonio debe atender sus problemas en la privacidad más adecuada, sin el maltrato y con un diálogo de calidad. De lo contrario, pasa lo que siempre ha sucedido: el hombre golpea a la mujer, ella se va, el hombre la acusa falsamente, se reconcilian, etc. Por eso mismo, siempre ha sido indispensable que las parejas recién casadas vivan en autonomía de sus padres. Es así, estimado lector, que nos preguntamos ¿Qué tanto hemos cambiado?, ¿Conoce usted a suegros similares?, ¿Verdad que no estamos tan lejos de la época Virreinal?

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