Tlajomulco colonial: la voz de su gente

Por Octavio Guevara

Sexta entrega: mujeres y libertad negada.
Hablar de la libertad de las mujeres, estimado lector, es una manera de incentivar esa lucha. Innumerables mujeres fueron y siguen siendo víctimas de la violencia que se gesta en una sociedad cerrada, tradicional: ‘‘esa es la cruz que debes cargar’’, se le dice, malinterpretadamente, a la mujer que debe aceptar la sumisión ante situaciones que agreden su estado de bienestar.
Esto no es nuevo. En febrero de 1777, Manuel Gómez, vecino del rancho de Las Tinajas (cerca de Buenavista), acusaba a su mujer, Rita Quiteria de Herrera, de haber huido de su hogar ‘‘sin más motivo que ser su costumbre, como lo ha hecho en siete ocasiones’’. Era una mujer ‘‘de color trigueño, alta, de proporcionado cuerpo, muy picada de viruelas, con un diente menos de los de arriba [chimuela], con bastante cabello’’; había huido con ayuda de un joven mulato. Molesto, el marido pedía que hicieran comparecer a su mujer, en una carta petitoria enviada al P. Fray José Alejandro Patiño.
Pronto encontraron a Rita, cerca del pueblo de Santa María del Oro, remitiéndola hasta Santa Anita, donde quedaría en depósito (resguardo en una casa) en la espera de su declaración. En tiempo de Cuaresma, el marido envió un escrito donde decía que ‘‘por ser este tiempo de perdonar agravios, para que Dios me perdone mis pecados, le perdono a mi amada esposa, Rita Quiteria, el agravio que me hizo de habérseme huido […] ofendiendo a Dios, nuestro Señor, y a mí, pues mi ánimo es hacer con ella vida maridable, sin darle mala vida ni boquearle cosa alguna de este agravio’’.
El P. Patiño hizo saberlo a Rita, quien contestó ‘‘que no se fiaba de su marido porque pudiera matarla o darle un golpe; que mala vida siempre le ha dado, por lo que ha ídose de su compañía en varias ocasiones […] que los trapos de ropa que tiene los ha hecho de su sudor y trabajo, que no ha sido hombre su marido para dárselos, que para juntarse con él ha de asegurar […] que se portará con ella con buen tratamiento’’.
Luego se supo que Rita sufría violencia física y verbal, por eso huyó. Llegó el acuerdo ‘‘justo’’: ambos debían mirarse con amor, sin faltarse al respeto, cumplir con las obligaciones del matrimonio y acudir al P. Patiño para intervenir en sus problemas. En el trayecto a su nuevo hogar, comenzaron a pelear; el tío de Rita la despreció y, aprovechando que quedó desamparada por su familia, Gómez decidió remitirla a la Casa de Recogidas de Guadalajara, mientras él haría su nueva vida en su tierra natal: la villa de Lagos. Había faltado a su palabra.
Pensamos en la vulnerabilidad de las mujeres durante esa época. Rita sería feliz de haber conocido los institutos u organismos que hoy existen en pro de las mujeres, pero en su tiempo solo le alcanzó para huir 7 veces de un marido que, sin darle el sustento, la maltrataba. Disfrutó un poco de libertad, pero ‘‘prófuga de la justicia’’, y, despreciada por su propia familia, fue abandonada a su suerte o a la decisión de otro. Con estas líneas compartidas por Rey Orozco, ¿Acaso la Historia no nos grita que seguimos estancados? Conocer situaciones similares a la de Rita indica retraso en nuestra sociedad. Nunca ha sido normal la violencia, y el silencio, su principal aliado, permite la supervivencia de este mal. ¡Rompamos con el silencio ante la violencia! Ese debe ser nuestro propósito para este año 2019.

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