Balas, disparos, villancicos y luces de navidad

Por Víctor Hugo Ornelas

En 1914, en Europa Occidental se desataba la Primera Guerra Mundial, en esos días el sonido de los cañones, disparos y gritos de los soldados rompían entre las ráfagas de viento, que era helado, seco, calaba en los huesos y entumecía los dedos de las manos.
La noche del 24 de diciembre, en uno de los frentes, un silencio estremecedor sorprendió a los soldados del imperio británico, por alguna extraña razón, los alemanes, que se encontraban en un campamento cercano dejaron de disparar sus cañones. Pasaron 10, 15, 30 minutos y no hubo un solo estruendo.
Los británicos se preguntaban unos a otros qué era lo que ocurría y también dejaron de disparar, de pronto, a lo lejos, percibieron que se encendieron unas luces de colores y que las siluetas de soldados alemanes avanzaban hacía ellos cantando villancicos, pero para hacerlo todavía más extraño, entonaban esas canciones en inglés y no en germano, es decir, los alemanes avanzaron hacía sus enemigos de guerra cantando en su idioma.
En principio, los británicos pensaron que se trataba de una trampa y apuntaron directamente al cuerpo de los alemanes, que, por su parte, siguieron caminando sin detener el paso ni los cantos. Cuando estos últimos se encontraban lo suficientemente cerca para poder apreciarlos perfectamente, los soldados británicos se dieron cuenta que no estaban armados, en ese momento, tenían la oportunidad perfecta para acabar con el enemigo, para eliminar a un campamento completo y apuntarse una victoria para seguir avanzando en la guerra, sin embargo, ocurrió lo que en nuestros tiempos podría catalogarse como algo mágico.
Los soldados ingleses y escoceses soltaron sus fusiles y caminaron hacía los alemanes para acompañarlos en el canto, se abrazaron e iniciaron una especie de intercambio de regalos, cada uno de los soldados buscaba entre sus cosas cigarros, algo de whisky, alguna manta, distintivo o cualquier cosa que regalar al enemigo.
Incluso organizaron un partido de fútbol que de acuerdo a algunos registros en cartas escritas por los soldados, ganaron los alemanes por marcador de 3 a 2 y que concluyó con un abrazo entre los contendientes.
Pero no todo fue fiesta esa noche, después del partido de futbol, los intercambios, abrazos y villancicos, los soldados de ambos bandos se dieron el tiempo para permitir a sus enemigos recuperar los cuerpos de los soldados caídos y brindarles una ceremonia luctuosa y como ellos decían, cristiana sepultura.
Después de lo mencionado, durante el 25 de diciembre no se disparó una sola bala en ese frente, pero para el 26 las cosas tuvieron que continuar su rumbo y aunque los soldados se negaban a atacar a quienes una noche antes abrazaron y regalaron objetos, lo tuvieron que hacer.
Un año después, el 24 de diciembre de 1915, según el diario del capitán Lain Colquhoun, perteneciente a las guardias escocesas, él se encontraba haciendo guardia en su frente cuando de pronto llegó un soldado alemán y le pidió una tregua navideña, Colquhoun, que desconocía la historia de alemanes y británicos de 1914, se negó a la tregua propuesta por su enemigo, quien entonces le pidió unas horas para enterrar a sus muertos, petición a la que el capitán accedió y que con el paso de los minutos propició de nuevo una serie de intercambios de presentes y abrazos entre tropas enemigas, algo que meses más tarde lo llevó a la corte marcial, aunque no lo castigaron más allá de un regaño por poner en riesgo a sus soldados.

¡Feliz Navidad!

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