Tlajomulco colonial: la voz de su gente

Por Octavio Guevara

Tercera entrega: ‘‘españoles de hacienda: ser Miranda’’
En esta ocasión, estimado lector, con la aportación de Rey G. Orozco, daremos vida al inmueble esquelético de la hacienda de La Concepción del Valle a través de la familia Miranda, una de las más antiguas de ese lugar. La hacienda, por su condición de explotación agropecuaria, recibía a trabajadores y sus familias provenientes de lugares tanto cercanos como lejanos. Tal es el caso de nuestros protagonistas: por letra de ‘‘don’’ Marcelino Antonio Miranda Flores, hijo de Antonio y Ana Josefa, podemos conocer esta historia familiar.
Imagine tener que dejar amigos y familia, para mudarse de hogar a kilómetros de distancia; pero imagine un peregrinar en diligencias, si bien les fue, o a pie, si el asunto no daba para más. Marcelino nació en San Gerónimo de Aculco (Aculco de Espinoza, Estado de México) entre 1773 y 1774, luego vivió en la hacienda El Sabino, Obispado de Valladolid (Morelia, Michoacán), y más tarde en Tepatitlán hasta 1785 o 1786, cuando llegó a La Concepción en compañía de su padre. Si a ese peregrinar le agregamos que llegaron en ‘‘el año del hambre’’ (desastre en las cosechas), concluimos que fue un alivio encontrar un hogar que diera cobijo y alimento seguro.
En el seno de una familia española (americanos), Marcelino aprendió a leer y escribir, ¿Dónde? Seguramente en algún colegio de parroquia, o en clases particulares con sus padres. ¿Qué ventajas traería esto? Sumado a que eran la ‘‘gente de razón’’, obtuvo un puesto envidiable en su época, el de mayordomo de hacienda, con un sueldo de 4 pesos. En septiembre de 1794, se casó con doña Josefa Álvarez y procrearon varios hijos, siendo el primogénito don Ignacio Miranda (1797), quien se casó con Micaela Gómez, en 1830, y tuvieron por hijo a José María (1834), quien contrajo nupcias, en 1875, con Micaela Solórzano. De esta unión nació Donaciano Miranda Solórzano (1882), quien desempeñó el cargo de Comisario de Policía de hacienda. De sus hijos, entre ellos Ireneo (1921), aún sobreviven hasta la segunda (hijos), tercera (nietos) y cuarta generación (bisnietos).
El legado español en la familia les otorgó, además del estatus social, la posibilidad de ascender a puestos menos desgastantes en una hacienda. No fueron todos los españoles beneficiados, en esta ocasión los Miranda procuraron enseñar a sus hijos a leer y escribir, empadronar habitantes, redactar oficios y correspondencia. También, Donaciano mantuvo en pie la tradicional ‘‘pastorela’’, misma que desapareció hacia los años 80 del siglo XX. En unos años, la familia habrá cumplido el aniversario 250 de su llegada, con grandes retos en un mundo donde ya es común saber leer y escribir. Afortunadamente, la Historia nos da a elegir entre seguir el legado o abandonarlo, o establecer un legado propio y transmitirlo a las futuras generaciones. Ser Miranda es cuidar un patrimonio y heredarlo a los hijos, para tener mayores posibilidades de ascender y evitar el peregrinar entre las penurias.

octavio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s