Tlajomulco colonial: la voz de su gente

Por Octavio Guevara

Primera entrega: ‘‘Pretender a una mujer’’.
Consumar el amor en una unión legal entre dos personas, estimado lector, ha sido complejo a lo largo del tiempo. Para llegar al matrimonio, el noviazgo en esta época parecería un chiste al día de hoy, otras veces ni siquiera existió entre algunos sectores sociales. De la mano de Rey Orozco, nos remontaremos hasta el siglo XVIII en el pueblo de Tlajomulco y un rancho cercano a él: el actual Lomas de Tejeda, según Orozco.
En octubre de 1777 se presentó Lázaro Bernabé Gutiérrez con el ánimo de demandar a su supuesta prometida, quien, luego de haber aceptado el matrimonio en su ‘‘entero juicio y libertad’’, se desistía ahora de casarse. Era común que esta situación provocara querellas que se resolvían ante las autoridades eclesiásticas locales. ¿Francisca, con tan solo 13 años de edad, hija de un indio cacique, estaba enamorada de un hombre mayor?
Prosiguiendo con los hechos asentados en la versión de Gutiérrez, que luego fueron desmentidos algunos por la prometida, debió ser muy romántico el momento en que le propuso matrimonio: en el cementerio de la iglesia, el día de San Juan. Fue un singular novio: dudando del ‘‘sí acepto’’, insistía en seguirle preguntando lo mismo siempre que la veía, en casa de sus tías o en la propia casa del padre de Francisca. De ella recibió muestras de cariño: le fueron peinados y tejidos sus cabellos, le tomó la mano, oraron, le dio de cenar frijoles y carne de cerdo. ¿Qué podía ser peor? No haber pedido la mano de Francisca ante su padre, haberla buscado tan descaradamente en su época, y obsequiado dinero y una cruz de plata y… haber mentido, según la pequeña de ¡13 años!
La familia de un cacique, como la de Gregorio Antonio ‘‘El Tarasco’’ Tejeda, procuraba resguardar el honor, asegurando un porvenir fructífero por medio del control sobre el parentesco de sus hijos. Y siendo así, ¿Cómo le cayó la noticia de que su hija se encontraba ‘‘en depósito’’ (resguardo de una mujer en una casa, para cuidar su honor) y comprometida en matrimonio? ¿Qué sintió, como padre de familia, cuando supo los hechos narrados por Gutiérrez?
Furioso, envió su parecer a las autoridades, sobre que ese hombre se valió de: ‘‘medios tan torpes que él mismo asienta haber puesto, para la consecución de dicho matrimonio con mi hija, entrándose a mi casa de noche, con el riesgo de exponerse a que yo lo viera y que pudiera darle un golpe…porque el referido es ladrón de mi honra, que así se ha atrevido a destruirla; y bien se conoce (hablando con el debido respeto) que dicho Gutiérrez no es hombre de bien, pues no se valió de persona que me hubiera pedido a mi hija, que es el modo lícito con que se tratan estos negocios’’.
Ante el enredo y la contrariedad de argumentos, las autoridades decidieron ponerle fin al asunto, preguntando a ambos si querían casarse, respondiendo que no. ¡Tanto alboroto para nada! Lo único que ganó Gutiérrez fue la prohibición de acercarse al rancho de Gregorio Tejeda. Sin embargo, esta situación es una de tantas ocurridas en aquellos ayeres, donde pudimos ver el tipo de cariño, lugares románticos, suegros difíciles, obsequios nada sencillos, etc. Sin lugar a dudas, el presente ofrece mejores condiciones para llevar a cabo un noviazgo y ya no es delito decir ‘‘sí quiero casarme contigo’’ y luego arrepentirse.

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