Bienvenido a Caji”#$%@!

Por Víctor Hugo Ornelas

El pasado fin de semana Cajititlán fue sede de un episodio que simplemente no puede tener cabida en un espacio que cada fin de semana pretende consolidarse como el gran atractivo turístico que ofrece Tlajomulco para las familias del Área Metropolitana de Guadalajara, pero la realidad es que esa estampa es un botón de muestra del primitivo comportamiento que como municipio mostramos cada año en diversos puntos del territorio.
En todo el año, Cajititlán ha sido noticia estatal por tres cosas, la fiesta de los Reyes, el Medio Maratón y la riña campal de hace unos días, es decir, el espacio que debe servir como marca para el municipio y atraer turistas, no está proyectando esa vocación simplemente porque la estrategia es tan pobre, que el pleito entre unos borrachos resulta más relevante que cualquier evento que se realice de manera habitual.
Lo que ocurrió fue una riña que retrata el nivel de violencia que permea en la sociedad y también muestra de manera perfecta una clara falta de autoridad en todos los sentidos, así como la complacencia de una masa espectadora que sacia su morbo capturando con el lente de su dispositivo móvil esa conducta que sin analizarlo en ese momento, está generando un daño importante para la localidad.
El hecho de llegar a los golpes simplemente habla de la falta de valores como el respeto y la tolerancia, un comportamiento retrograda disfrazado de valentía que nos aleja de la posibilidad de razonar y resolver problemas empleando el razonamiento y la serenidad, nos demuestra que la violencia se mantiene como la alternativa ante la incapacidad de diálogo.
Por otra parte, es claro que en Cajititlán no se está aplicando de manera adecuada la supervisión en el cumplimiento de los reglamentos, el consumo de alcohol tiende a ser desmedido, incluso no resulta complicado encontrarse con grupos de menores de edad ingiriendo bebidas que no debieron haber llegado a sus manos, pero que alguien les vendió de manera irresponsable.
La presencia de la policía puede llegar a inhibir este tipo de situaciones, pero también otras como el vandalismo, el cual es común en el malecón, que presenta mobiliario maltratado, roto y lleno de grafitti. Por supuesto que esa presencia, de manera adecuada, también puede prevenir episodios como el del pasado fin de semana, el problema es que no existe, no se percibe y el mensaje que se ha mandado es que no hay garantía de seguridad para las familias que contemplan esta ribera como el destino para pasar un día del fin de semana.
Cualquiera que vaya a Caji un fin de semana se puede dar cuenta que no hay orden en la operación de los negocios, no se aplica un criterio uniforme para la instalación de puestos que pueda generar armonía visual y resultar atractivo para los visitantes, no hay autoridad administrativa que vigile de manera adecuada el cumplimiento de las disposiciones municipales, en cada esquina se violan normas de protección civil y tengo mis dudas de que se cumplan disposiciones sanitarias.
Cajititlán es la joya de Tlajomulco en materia turística, pero es una joya que se mantiene manchada por el lodo que no logran sacudir quienes tienen la responsabilidad de hacerlo, la promoción turística de este espacio se ve limitada en ideas e inversión, basta recorrer sus calles para que la idea de convertirlo en pueblo mágico nos parezca absurda.
Las “áreas de oportunidad” como le suelen decir los gobiernos a las cosas en las que están fallando, son muchas y deben ser atendidas para lograr esa idea que desde hace muchos años se ha planteado para esta población, no basta con recibir a 3 mil o 4 mil personas cada fin de semana, no basta con que los comercios logren buenas ventas, esas son modas que se terminan de la noche a la mañana, más cuando existen episodios como el del fin de semana.
Ninguna acción para atender un tema como el ocurrido se puede tomar como una exageración, por el contrario, debe considerarse como una llamada de alerta no solo para este lugar sino para todos en los que se hace fiesta, donde hay grupos de personas que no entienden el sentido de las mismas y salen desbocados a embrutecerse a más no poder, donde ya hemos visto situaciones que estuvieron a nada de convertirse en desgracia.
De alguna manera estos festejos, este aglutinamiento de personas, se convierte en un reto para las autoridades municipales, que en el caso de las actuales, tienen la oportunidad de demostrar que tienen el control de la situación y que no están rebasados, que pueden mandar un mensaje de orden y respeto tan solo con hacer lo que les toca, mientras los ciudadanos deben pensar en hacer lo propio.

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