EL ERROR Y LA ILUSIÓN DEL PODER POLITICO

Por Quirino Velázquez 

Tiempo de contar…

“El hombre que ha cometido un error y no lo corrige comete otro error mayor” -Confucio- “Salvo el poder, todo es ilusión” -Lenin-

EL ERROR Y LA ILUSIÓN
DEL PODER POLITICO

Los hombres y las mujeres cometen, inevitablemente, errores; y son movidos, irremediablemente, por diversas ilusiones. Cierto, error y la ilusión son constitutivos de la condición humana. Pero el error y la ilusión también aterrorizan, porque comportan y en su momento hacen evidente, el mal cálculo, la desviación, el descontrol, la imperfección, el fracaso. Sobre todo, cuando golpean directamente el ego de los que apuestan por tener todo el control posible, todo el poder posible.
En la política, tanto desde su teoría como desde la práctica, evitar el error y la ilusión es sinónimo de tener pericia para mantener el control y poder político. Se entiende que no errar significa saber, sistematizar, hacer bien las cosas, tener oficio, alcanzar el éxito. Por su parte, prevenir la ilusión garantiza que el manejo del poder es racional, basado en datos concretos, comprensivo de todos los factores que juegan en el campo político. Comprender al error y la ilusión como fuente de conocimiento de la política, permite comprender al poder.
La cara de la demagogia es la hipocresía, la perfidia y la irresponsabilidad vuelta forma de gobierno. Si partimos del hecho de que ejercer el poder es el arte de equilibrar intereses y manejar civilizadamente los conflictos, la demagogia cierra la posibilidad de incorporar a los actores de otros equipos y abre con ello el ánimo de exterminio hacia los que no comparten
la ilusión demagógica. Si la clase política no reconoce en sus aliados, en sus adversarios y en los propios ciudadanos, los factores de su propio poder, es porque cree que tiene la suficiente fuerza para subordinarlos completamente, su voluntad es de imposición, de negación del otro. Su ilusión es la eliminación total del conflicto democrático, en aras de controlar el poder, por medio de una democracia ilusoria.
El poder es un gran generador de errores e ilusiones, los teóricos y los políticos que así lo entienden concluyen que ante lo inevitable del error es necesaria la continua revisión de las acciones y la capacidad para la retroacción: sacar a tiempo la pata que se ha metido, evitar lo más posible, no el error en sí mismo, sino que se desaten todas sus consecuencias.
Ante la ilusión, sobre todo ante la ilusión de mantener definitivamente el poder, ese sueño íntimo de toda esencia política, se interpone la cruel historia: que en política el éxito nunca es definitivo, que cualquier estrategia tiene cegueras y omisiones que la pueden llevar al fracaso, que todo grupo en el poder perece.
El poder político es una serie de equilibrios, no un objeto a poseer. Lo cual implica que no puede concentrarse todo el poder en una sola mano, porque tener el poder significa constituirse en el eje de una compleja balanza de intereses.
En la democracia el juego es más complicado, porque se incluye una diversidad de intenciones y de voluntades. Todas ellas entran en acción y nunca son estáticas, siempre se mueven, se generan alianzas o se deshacen, se incorporan nuevos actores, se excluyen otros y se introduce así, inevitablemente, lo inesperado. De ahí que el éxito nunca sea seguro, ni siquiera para el ganador del juego.
En muchas ocasiones, el anhelo de poseerlo todo, de controlarlo todo, termina desequilibrando al propio hombre de poder. Este queda atrapado en lo que Edgar Morin llama “las estratagemas de la razón” y consiste en que aquel político que intenta controlarlo todo, termina descontrolando el sistema. Su razón, por muy calculada que parezca, escapa hacia la irracionalidad y su acción, por muy planeada que esté, se divide hacia propósitos no deseados. Buscando tener el poder, para obtener algún resultado previsto, pierde el rumbo y pierde el poder.
Debido a lo anterior, los hombres políticos experimentados en sus propios errores e ilusiones asumen la terrible verdad: el éxito y la derrota nunca es definitivo. Y al asumir esto, se transforman en verdaderos educadores políticos, dejan de ser demagogos, hablan desde la realidad del poder, no desde su ilusión.
Embriagados del error y la ilusión, pocos políticos planifican el fracaso, ya que esto es percibido como una aberración. La aberración de aceptar la derrota. No obstante, los hombres de poder que incorporan y vuelven consciente para sí mismos la realidad política no tienen más remedio que aceptar que el fracaso es una posibilidad muy común.
Bien lo dicen el reconocido filósofo y pensador chino Confucio: “El hombre que ha cometido un error y no lo corrige comete otro error mayor”; y tambien el político, filósofo, revolucionario, teórico político y comunista ruso Uliánov Vladímir Ilich conocido como Lenin: “Salvo el poder, todo es ilusión”.

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